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Comunicar para SobreVivir y la Terapia de Shock

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Entre el botón rojo y la prensa amarilla se debate la posibilidad de publicar fotos de las víctimas de Covid.

Por Darío Giavedoni. Licenciado y Profesor en Comunicación. 

Según las estadísticas, la Pandemia aumenta día a día en nuestro país y las políticas sociales aplicadas desde el Estado no alcanzan para pararla. El presidente de la sociedad Argentina de Terapia Intensiva decía esta semana que mientras desde la clase política se afirma que se están haciendo las cosas bien y que por eso los resultados van mejorando, los trabajadorxs de la salud ven en carne propia que el sistema sanitario es insuficiente, que los profesionales están desbordados y que la sociedad parece no reconocerlo.

En ese contexto algunos especialistas resaltan la necesidad de cambiar la política comunicacional, que en primer lugar se enfocó en resaltar el heroísmo de los trabajadores de la salud, y pasar a un grado más extremo de intencionalidad editorial en el mensaje. En España e Italia, por ejemplo, los medios de comunicación difundían a alcaldes exclamando que no sabían qué hacer y gritándole a la gente que tome todas las precauciones para quedarse en casa.

En ese sentido, El sociólogo Daniel Feierstein destacó la semana pasada en pagina12, que ante cualquier crisis dos importantes sistemas de defensa psíquica operan a nivel colectivo en la sociedad: la negación y la proyección.  A cualquier persona le resulta difícil aceptar la posibilidad de su propia muerte, y a cualquier sociedad le pasa lo mismo ante un genocidio, por lo que el primer reflejo es la negación. El doctor en Ciencias Sociales argumentó que los mensajes de las autoridades, tal como «estamos bien, la situación está controlada, ya pasamos lo peor, la semana que viene baja, el sistema de salud va a resistir, y no habrá colapso», lo único que hacen es ratificar el síntoma de negación. Por esos motivos el sociólogo recomienda lo que él llama la terapia del Cagazo, que no es otra cosa que decir directamente lo que los trabajadores de salud gritan en cada ocasión en que se les pone un micrófono enfrente, “no podemos más, quédense en sus casas, podrían morirse ustedes y sus seres queridos”.

Hace años la activista canadiense Naomi Klein explicó otra “terapia social” en su libro La Doctrina del Shock. (Klein ya había saltado a la fama cuando publicó No Logo, al que Kevin Johansen le hizo una canción). Allí cuenta cómo diversos gobiernos imperialistas realizaron “reformas” drásticas en países periféricos bajo efectos de shock, con los que se aseguraron el poder de los recursos naturales. Empezaron con el golpe de estado en Chile, y siguieron con Argentina, incluyendo la guerra de Malvinas, hasta la invasión a Irak.  La Doctrina del Shock sirvió para ejecutar el saqueo sistemático del sector público después de un desastre, y los medios de comunicación hegemónicos fueron herramientas para justificarlo, con fakenews, campañas de desprestigio, imposición de agendas, desinformación, y todo lo que actualmente podemos ver qué pasa en Bolivia, después del golpe de estado a Evo .

No queremos alarmar aquí con la posibilidad de una dictadura. Si bien siempre hay que estar en guardia y el debido análisis no puede desarrollarse en esta notita, lo que intentamos hoy es pensar si cabe la necesidad de un shock comunicativo para salir de la pandemia. ¿Esa terapia puede servirnos si la utilizamos desde el pueblo? ¿Una comunicación más directa con datos duros de los infectados que aumentan después de cada marcha anticuarententena? ¿Sería ético incluir fotos de las víctimas mortales?  Una de las guerras imperialistas más atroces como la de Vietnam, terminó porque la sociedad  norteamericana veía regresar los ataúdes de los soldados muertos en combate. No fue el uso del napalm, ni todas las tecnologías del crimen hasta ese momento conocidas, ni las innumerables torturas y matanzas a poblaciones inocentes en el lejano oriente lo que sensibilizó a la sociedad “americana”,  sino ver que regresaban los cuerpos sin vida de sus “compatriotas”.

¿Será acaso esa terapia de shock la que nos queda para parar la pandemia? ¿Podemos ver imágenes horrorosas en los paquetes de cigarrillos pero no en la televisión? ¿Acaso no terminamos con la negación de la dictadura embanderándonos bajo las fotos de lxs desaparecidxs? ¿Serán las fotos de los cuerpos o de cuando estaban vivas las víctimas las que necesitamos ver para creer como sociedad que no es una fakenews esta cuarentena? ¿Y si las victimas dieran el consentimiento de publicar sus fotos?

Hoy vivimos la etapa de la historia que la influencia de los medios de comunicación es más importante que nunca, y el aislamiento social profundiza esa dependencia. Es una gran batalla la que debemos dar, pero no imposible.

Atravesamos décadas en que el discurso de la posmodernidad instaló la mentira de que no había verdades, de que la clase trabajadora no servía para nada, que la historia no evolucionaba y que intentar mejorar este mundo era una estupidez. Luego vino la Posverdad a hacernos creer que no había mentiras, y que todo lo creíble aunque ficticio debe ser considerado como cierto. Ramos Chávez, definió la posverdad como aquello que tomamos como verdad aunque sabemos que es mentira, ¿Y acaso no nos suenan así el “ya bajará la curva”, » la situación está controlada”, “ya pasamos lo peor”, “la semana que viene baja”? ¿Acaso esas frases no suenan tan parecidas al “estamos mal pero vamos bien” de la década menemista, que asustan más que cualquier foto de un fallecido?

Dicen que la verdad es la única revolucionaria y sanadora, entonces solo la podemos comunicar a cara lavada, tapándonos la boca pero sin callarnos nada. Porque a la mentira de la Posmodernidad la destrozamos sabiendo que una vida, una muerte, un pueblo con hambre, y un país con necesidad de sanar son inmensas verdades, que son las personas y la clase trabajadora las que mueven la economía mundial y sin ellas el sistema no funciona. A la farsa de la Posverdad le decimos a la cara que todas la fakenews de recetas falsas contra el virus terminan siendo mortales (por acción u omisión) son mentiras, mentiras que matan. Y porque ya hace meses aprendimos que a la Pospandemia vamos a tener que meterle mucho trabajo, mucha honestidad y muchas flores.