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Las ciencias médicas en el pensamiento humanista de José Martí

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Por Marlene Vázquez Pérez* / Especial para Con Nuestra América

Desde La Habana, Cuba

Hay un precepto martiano escrito a propósito de los pintores impresionistas franceses, que por su contenido ético puede servir de línea de conducta no solo para los artistas, sino para cualquier ciudadano responsable, sobre todo en lo que concierne al ejercicio de su profesión u oficio: “Cada hombre trae en sí el deber de añadir, de domar, de revelar. Son culpables las vidas empleadas en la repetición cómoda de las verdades descubiertas.”[1]

El cubano alabó siempre sin reservas a todos aquellos que abrieron caminos para el desarrollo de la ciencia de su época. La medicina y otros saberes emparentados con ella, como la bioquímica y la microbiología, estuvieron siempre en su centro de atención, seguramente por lo que contribuían remediar los padecimientos y dolores humanos.

Consideraba que los profesionales debían estudiar continuamente, pues el conocimiento es inabarcable. En el caso de los médicos esa responsabilidad y consagración al estudio debe ser aún mayor, porque de ello depende la vida del ser humano. Debían descubrir, innovar, y para ello era necesario una gran valentía y dedicación al trabajo.

Una de las personalidades relacionadas con las ciencias médicas que más admiró Martí fue, sin duda alguna, el célebre químico y biólogo francés Louis Pasteur. Como se sabe, este hombre fundador abrió al mundo una nueva ciencia, la microbiología, y entre otros muchos aportes demostró la teoría de los gérmenes como causantes de enfermedades, inventó el proceso para combatirlos que lleva su nombre, la pasteurización, y desarrolló vacunas contra varias patologías, incluida la rabia.

Así lo describió Martí, en prosa agradecida: “[…] Pasteur, encorvado sobre los átomos, ha vivido penetrado de asombro de las maravillas de la obra viva […][2]

En las páginas de la Sección constante, para La Opinión Nacional, de Caracas, informó Martí a los lectores latinoamericanos sobre los diversos descubrimientos del francés, y tanto reconoció el aporte de este a la salud humana, que lo llamó reiteradamente “médico”, cuando su formación no era esa exactamente, y lo elogió como un sabio de grandes méritos.

Estimaba entre otros investigadores y profesionales de la salud al galeno español Jaime Ferrán y Clúa, no solo por sus muchos saberes, sino por haber probado en sí mismo y en sus familiares la vacuna contra el cólera, la cual extendió luego por otras regiones de su país. Debido a su tenacidad y vocación de servicio, pues tuvo que vencer muchos obstáculos para poner en práctica sus ideas, se refirió a él como el “[…] bravo valenciano Ferrán […]”.[3]

Por razones parecidas apreciaba al cubano Tomás Romay, quien introdujo en Cuba la vacuna contra la viruela, y fue además una de las mentes privilegiadas del pensamiento ilustrado en la Isla.

Especial cariño sentía Martí hacia quien fuera su médico en los Estados Unidos, el matancero Ramón Miranda y Torres. Hombre sabio, dueño de un corazón noble, fue fundador y presidente de la Sociedad de Beneficencia Hispano-Americana de Nueva York, en la cual prestó incalculables servicios a los cubanos y latinoamericanos de escasos recursos y colaboró en todo lo relacionado con la independencia de Cuba.

Sostuvieron intercambio epistolar con frecuencia, y en varios de sus escritos Martí elogió la sabiduría y bondad de Miranda. Particularmente interesante en este sentido es un texto de 1892, publicado en  Patria, se refiere al Congreso Panamericano de Medicina, próximo a celebrarse  en Washington,  en septiembre de ese mismo año.

Enemigo de toda tentativa de dominación continental, Martí comienza el texto refiriéndose a este asunto, pues siempre deja claro cuáles son las diferencias irreconciliables entre las dos Américas. No obstante, con su sagacidad habitual, considera oportuno colaborar en cuestiones de ciencia:

En la política de América, es riesgosa la idea de política del continente, porque con dos corceles de diferente genio y hábitos, va mal el carruaje. Pero la ciencia es toda una, y conviene todo lo que junte a los pueblos, si la amistad no llega a la funesta e imposible unión de caracteres que han de chocar y padecer, en los métodos y en los intereses de una obra que sólo en lo final de la libertad puede ser común, y en lo real contemporáneo no lo es. Está bien, porque es de amistad natural y útil, el Congreso Panamericano de Medicina, que se reunirá en Washington en septiembre de 1893, y para los cubanos es un honor que nuestro médico Ramón L. Miranda haya sido ya, con toda anticipación, escogido como Secretario de la Sección de Patología Interna en el Congreso. El de Miranda es mérito tranquilo, que dura y se reconoce.[4]

Le interesa destacar el mérito de Miranda, que ha logrado relevancia profesional en el país norteño, y en ese cónclave su prestigio trascendería  hacia otras regiones del continente. En el párrafo siguiente comenta y elogia la valía profesional y humana de los hermanos Guiteras, descendientes del insigne pedagogo Eusebio Guiteras, autor de valiosos libros de texto para le enseñanza en la Cuba del siglo XIX, y maestro él mismo. De esa estirpe digna y laboriosa escribe:

Y otro honor para los cubanos es que una de las autoridades prominentes del Congreso, y el alma de él acaso, sea Juan Guiteras, uno de los tres médicos que en los Estados Unidos ilustran este nombre criollo. Los Guiteras son hombres de veras. A los padres no los olvidaremos los cubanos, que en ellos aprendimos a leer, en sus libros de lectura, y en su Historia de Cuba, y en su traducción de la Eneida. De los tres hijos, uno: Juan, es primero en Washington, y persona mayor en la medicina del ejército: otro, Daniel, es médico favorecido de la Armada, y muy buscado por su discreción y cultura: Ramón, el otro, tiene pocos pares entre los médicos enérgicos y elegantes de New York.[5]

Y concluye su valoración de ese encuentro mencionando otros nombres ilustres de cubanos y puertorriqueños dedicados a la medicina en Nueva York, entre los que cabe destacar los siguientes:

[…]Aquí está Luis, probado en la guerra, y en su práctica larga de familias; Henna, cuyo nombre es ya elogio; Agramonte, que abrió heridas, y las cura; Portuondo, ayer predilecto de la Universidad, y hoy de su clientela; Quesada, que en el hospital se ganó con su mérito un puesto permanente; Sauvalle, que trae nombre que obliga; Amábile, hermano activo del que cayó en Cuba al besar la tierra libre; López Victoria, el borinqueño culto; Ponce de León, que levanta casa en Brooklyn; Álvarez, que se sabe toda la cirugía; Párraga, que abrió nido en la roca; Osorio, empeñado en curar pobres; Sarlabous, en quien rebosa el noble corazón. Tenemos nobles médicos.[6]

Como es usual en Martí, la calidad ética de los elogiados enaltece su crédito profesional, algo que debe ser del conocimiento de los lectores de Patria, en esos años previos a la guerra, en que lo urgente era preparar las conciencias para el heroísmo y fortalecer la autoestima de nuestra familia de pueblos frente a las tentativas detractoras y dominadoras de los Estados Unidos.

Quiero detenerme un instante sobre este particular. Cuando el lector avisado lee “Vindicación de Cuba”, encuentra en la respuesta de Martí a las difamaciones yanquis sobre los cubanos, argumentos relativos a la capacidad profesional y al espíritu de trabajo de muchos emigrados que se abrieron camino en las urbes estadounidenses. Cuando escribió en 1889 su carta dirigida a TheEveningPost, dijo:

En New York los cubanos son directores en bancos prominentes, comerciantes prósperos, corredores conocidos, empleados de notorios talentos, médicos con clientela del país, ingenieros de reputación universal, electricistas, periodistas, dueños de establecimientos, artesanos. El poeta del Niágara es un cubano, nuestro Heredia. Un cubano, Menocal, es jefe de los ingenieros del canal de Nicaragua.[7]

De suma utilidad en el presente es el pensamiento estratégico en materia de ciencias médicas que poseía Martí. Hoy, cuando toda la región de las Américas, y el planeta todo, se ven abocados a la lucha contra una pandemia de dimensiones y peligrosidad colosales, urge hallar vías de colaboración comunes, porque común es el enemigo al que nos estamos enfrentando. No es sensato ni ético pensar en intereses mercantiles, de dominación política o militar, en momentos en que miles de seres humanos mueren diariamente. Detrás de esa tragedia cotidiana está, ciertamente, la fuerza de esa enfermedad, pero también, en gran medida, la desigualdad social, el racismo, la xenofobia, la falta de todo sentido humanista. El mundo debe cerrar filas frente a la injusticia, el mercantilismo y la desidia de los poderosos. El pensamiento humanista de Martí, sin dejar de ser del siglo XIX, tiene mucho que decirnos en ese sentido ya avanzado el siglo XXI.

 *Directora del Centro de Estudios Martianos.

[1] JM: OC, t. 19, p. 303. Las siglas indican las Obras completas de Martí en 27 tomos de las que hay varias ediciones similares.

[2] JM:OC, t 15, p. 453.

[3] JM: OCEC, t. 22, p. 137. Las siglas indican las Obras completas, Edición Crítica de Martí en proceso editorial por el Centro de Estudios Martianos de La Habana.

[4] JM: Patria, 26 de marzo de 1892  OC, tomo 5, p. 343.

[5] Ibídem.

[6] Ibídem.

[7] JM: “Vindicación de Cuba.” OC, t. 1 p. 239.