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América Latina en la cresta de la ola

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Por Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

“Hace dos meses, los Estados Unidos representaban el 75% de los casos de COVID en nuestra región. La semana pasada los Estados Unidos reportaron poco menos de la mitad de los casos en la región, mientras que América Latina y el Caribe registraron más del 50% de los casos, y sólo Brasil reportó alrededor de un cuarto de ellos” (www.news.un.org, 07-07-2020): estas declaraciones de Carissa Etienne, directora de la Organización Panamericana de la Salud, dimensionan la magnitud de la crisis sanitaria y social a la que se enfrentan los países latinoamericanos, y que podría empeorar en las próximas semanas, pues como explica esta funcionaria, no estamos en una segunda ola pandémica sino que permanecemos en la primera, en franco crecimiento del número de contagios y fallecimientos.

En este marco, se multiplican los llamados de expertos y organismos internacionales para diseñar y poner en funcionamiento políticas públicas que atiendan a la protección de los sectores más vulnerables de nuestras sociedades, la provisión de servicios básicos (salud, agua, electricidad, educación), el resguardo de los derechos de los trabajadores, y la disminución del impacto sobre la actividad económica de las empresas públicas y privadas. A todo esto, habría que sumar también la necesidad de garantizar la provisión de alimentos a la población y redoblar esfuerzos en la lucha contra el hambre, toda vez que la derrota de la enfermedad provocada por el coronavirus es algo que no se vislumbra en el corto plazo.

En este sentido, vale destacar un informe publicado recientemente por la CEPAL en el que llama a los gobiernos a considerar una serie de propuestas y acciones para evitar que la crisis del COVID-19 se transforme en una crisis alimentaria. Para los especialistas de CEPAL y la FAO que elaboraron el documento, existen dos grandes medidas que ya deberían discutirse en la región: la primera, “la entrega de un bono contra el hambre a toda la población en situación de pobreza extrema”, que tendría “un costo estimado de 23.500 millones de dólares, equivalentes al 0,45% del PIB regional”; y la segunda, el apoyo financiero para los productores y trabajadores del sector agrícola,  mediante líneas de créditos blandos y bonos de inversión productiva. Medidas importantes, urgentes sin duda alguna, pero cuyo eventual cumplimiento añadiría una enorme presión a las ya delicadas condiciones de las economías latinoamericanas.

En este informe, una vez más, CEPAL introduce una reflexión sin la cual no es posible realizar ejercicios de interpretación de las respuestas regionales a la crisis sanitaria, ni analizar los posibles escenarios de futuro: “La pandemia ha mostrado la importancia de la cooperación entre países, entre organismos internacionales y entre los sectores público y privado. El intercambio de experiencias entre países permite compartir buenas prácticas y evitar errores. La cooperación y coordinación entre organismos internacionales puede ayudar a responder a las necesidades de apoyo planteadas por los países”.

A la vista del desmantelamiento de la arquitectura múltiple y diversa de la integración regional, que emprendieron los gobiernos de derecha en el último lustro, y que sacrificó en el altar de sus prejuicios ideológicos a la UNASUR, MERCOSUR y la misma CELAC, parece evidente que América Latina no dispone hoy de esos mecanismos de diálogo y concertación de las respuestas sanitarias, económicas, sociales y médico-científicas, que nos permitan superar una crisis cuyas consecuencias se prolongarán en el tiempo.

Después de más de una década, a inicios del siglo XXI, en la que nuestra América fue capaz de soñar un futuro distinto y de construir instituciones y mecanismos que nos permitieran dar pasos conjuntos, fraternos y solidarios, hacia el objetivo de una región más unida y comprometida con el destino de su gente, hoy vivimos una realidad completamente distinta. Fuerzas internas y externas nos instigaron para conjurar contra nosotros mismos y contra nuestros legítimos anhelos de construir alternativas y caminos propios (véase, por ejemplo, el deleznable papel que han cumplido la OEA y el Grupo de Lima en la agresión a Venezuela), y el panorama que tenemos en la actualidad es el de una región desguazada, que se mira con desconfianza, con sus puentes políticos dinamitados y, por lo tanto, incapaz de articular iniciativas para el bienestar de sus pueblos.

Casi abandonados a nuestra suerte, y en manos de fuerzas regresivas que han salido de sus cavernas en los últimos años para asaltar -por las buenas o por las malas- los gobiernos de prácticamente todos los países, América Latina entra, en soledad, a navegar por el que quizás sea el momento más delicado de la pandemia del COVID-19.  Ojalá pronto podamos dejar atrás esta pesadilla; y sobre todo, ojalá que, al final, seamos capaces de aprender las dolorosas lecciones que quedarán como legado de esta travesía.