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La crisis total, en busca de la esperanza sin optimismo

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Por Enoch Adames / Desde Ciudad Panamá

Pese a las grandes incertidumbres que genera la crisis que nos aplasta, tiene su racionalidad. Se mueve en distintos niveles y espacios; y se desarrolla con diferentes lógicas. Es lo que llamaríamos una crisis total. La importancia de esta aproximación no solo tiene relevancia académica (teórica), también es de la mayor transcendencia para el análisis sociopolítico, y para la acción intencionada. Para ello es necesario construir la perspectiva adecuada, ya que la crisis por su naturaleza multidimensional se expande en una temporalidad que hace confusa su comprensión.

Una frase que sintetiza el momento actual la elaboró el teórico italiano de la política Antonio Gramsci, al expresar que la crisis surge justamente cuando: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Acertada frase que nos permite dar cuenta de que en épocas de grandes cambios –cambios de transición–, la historia en construcción da lugar a grandes acontecimientos que por su naturaleza son de caos e incertidumbre. También de altruismo y perversión.

La crisis total

La crisis pandémica del Covid-19 no solo ha tenido consecuencias sociales; ha afectado a diversos sectores, tanto de las economías a nivel mundial, como local. Componentes enteros de la producción, circulación y consumo han sido impactados. Cadenas enteras de suministros, transportes aéreos y marítimos se han visto drásticamente reducidos.

Sobre lo político, la pandemia ha puesto sobre la mesa la cuestión de la eficacia de nuestras instituciones, como también las políticas públicas que viabilizan el accionar del Estado con la sociedad. Ha hecho crujir todo el sistema de participación-representación en que descansan las mayorías de nuestros sistemas políticos o regímenes de gobierno. Sus partidos políticos se han visto sobrepasados, por burocráticos e inoperantes.

De ahí que la crisis nos proporcione la perspectiva del papel del Estado en esta coyuntura, mostrando que una cosa son las retóricas neoliberales del estado mínimo y otra cosa son las realidades sociales y comunitarias. La sociedad civil, su nivel asociativo o autorganización pueden ser referentes muy importantes en la capacidad de movilización ciudadana en momentos de desastres. Sin embargo, cuando se trata de una catástrofe de las dimensiones del Covid-19 (soporte institucional, concentración de recursos, organización y traslado del personal sanitario, etc.), es el Estado el que sale al frente, no el mercado. No hay espacio público o privado que haya escapado a los efectos disolventes de la pandemia.

La crisis en niveles

Un recuento de los niveles de complejidad en que se desenvuelven nuestras sociedades, dará cuenta de la naturaleza sistémica de la crisis:

-Abate el espacio doméstico (la casa, la familia, la “parentela”), espacio privado por excelencia, desarticulando su componente afectivo emocional; también el de la reproducción de la vida material doméstica.

“Están convergiendo factores de una complejidad nunca vista, en una transición que tiene toda la forma de una ‘tormenta perfecta’ y que nos pone en una bifurcación de hierro: o nos salvamos todos o nos hundimos todos”.

-Atraviesa el espacio de la producción-circulación (la fábrica, la empresa, el comercio), lugar de las relaciones capital-trabajo, desarticulando los aspectos formales y relativamente estables de esa relación: desempleo masivo.

-Aplasta el espacio del mercado y del consumo, esfera del “cliente-consumidor”, reduciendo el acceso a bienes y frenando drásticamente la llamada “demanda efectiva” de la economía, llevándose por delante la actividad informal.

-Arrasa con el espacio comunitario (ámbito de lo popular, lo étnico, la clase), que se expresa en la calle, en el barrio, en el gueto, en el corregimiento, la región, atomizando las relaciones sociales y disolviendo tradiciones festivas familiares sociales y comunitarias.

-Comprime el espacio asociativo, el de los sindicatos, gremios, asociaciones, “partidos”, movimientos, donde el ciudadano afirma diversos intereses. Comprime porque atomiza a sus integrantes, recluyéndolos en espacios domésticos.

-Y por último, crea condiciones para una redefinición de hegemonías y espacios de poder de naturaleza geopolítica en el ámbito del llamado sistema-mundo, donde se articulan de manera combinada y desigual los Estados-nación.

El sombrío pronóstico

Nouriel Roubini, economista y profesor de la Universidad de Nueva York (NYU), tiene el mérito de haber predicho el colapso financiero global de las  hipotecas en Estados Unidos, a raíz de la caída de Lehman Brothers en 2008. A juicio de N. Roubini, estamos en el escenario de una recesión mucho más profunda que la que impulsó la llamada “burbuja inmobiliaria” de 2008. Debido a la gravedad de la crisis, N. Roubini identifica 10 amenazadoras tendencias que por su peligrosidad pueden crear esta “Gran Depresión”.

-Se relaciona con el déficit, deuda e incapacidad de pago (default) que la emergencia del Covid-19 va a producir. Será el enorme déficit fiscal, más la insolvencia de ingresos en hogares y empresas a nivel privado, que se harán insostenibles.

-Hace referencia al incremento del gasto público de los sistemas de salud (sanitarios) y la presión hacia una cobertura médica universal y de otros bienes públicos.

-Se vincula con la creación de un inmenso excedente en los mercados de bienes (máquinas y capacidad productiva no utilizada) y mano de obra (desempleo a gran escala). Es el derrumbe de precios de materias primas (el petróleo, entre otros) y metales preciosos.

-Se identifica con la pérdida de valor de la moneda y el aumento de las tasas de interés, resultado de la “inmensa acumulación de deudas”. A esto se suma un acelerado proceso de “desglobalización acelerada y de un renovado proteccionismo”.

-Se expresa en el brusco y determinante salto hacia la digitalización y la automatización de la economía en general, donde millones de individuos perderán el empleo o trabajarán con menores remuneraciones. A este nivel, N. Roubini predice la profundización de las grandes disparidades de ingresos y riqueza de la economía del siglo XXI.

-El proceso de desglobalización: se impondrá como resultado de la crisis de la pandemia, un fuerte proceso –ya en marcha– hacia “la balcanización y la fragmentación”. Se acentuarán políticas proteccionistas y restricciones al movimiento de capitales, tecnología, recursos, mano de obra, información y conocimiento.

-Tendencia de un contenido político cultural. A juicio de N. Roubini, se producirá una avanzada antidemocrática que tendrá como caldo de cultivo el desempleo y la desigualdad a gran escala. La xenofobia y el autoritarismo prenderán en sectores medios y de trabajadores. La restricción a la migración será parte de la retórica dominante.

-La intensificación del enfrentamiento geoestratégico entre EE.UU. y China.

-Además de una escala de guerra fría que involucrará a EE.UU. y China; pero alcanzará también a Rusia, Irán y Corea del Norte.

-Por último, la crisis medioambiental de la cual el Covid-19 es resultado. Cambio climático, desastres producto de la acción humana, abuso de los sistemas naturales. Todo como consecuencia de la interconectividad de un mundo globalizado, que causan más daño que una crisis financiera.

Corolario final

Están convergiendo factores de una complejidad nunca vista, en una transición que tiene toda la forma de una “tormenta perfecta” y que nos pone en una bifurcación de hierro: o nos salvamos todos o nos hundimos todos. Sin embargo, el cambio tendrá que hacerse desde una política que, a diferencia de un optimismo basado en la fe, deberá estar fundada en la esperanza, que solo el conocimiento científico de la realidad nos permitirá transformarla.

*El autor es sociólogo. Académico de la Universidad de Panamá.