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En presencia de una crisis del modo de producción

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Por Mariano Ciafardini1

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A partir de la pandemia de coronavirus han aparecido y seguirán apareciendo muchos pronósticos políticos y económicos sobre los grandes cambios que se cernirán sobre la humanidad “una vez pasadas las cuarentenas mundiales” y luego de ¿millones? de muertos. También aparecen algunas opiniones en cuanto que nada cambiará demasiado y las comparaciones con situaciones de crisis anteriores, en las que, luego de la crisis, no se registró ningún cambio estructural, es decir que tales crisis fueron funcionales al sistema capitalista mismo.

¿Aumento del control social?

Antes de entrar al tema de fondo de esta nota debemos responder a quienes, ven oscuras nubes en el horizonte, no por los resultados de la pandemia, sino por el avance del hipercontrol social con pretexto de la misma (básicamente se refieren a China y a sus capacidades tecnológica para identificar y ubicar uno por uno on line a la mayoría de sus mil quinientos millones de habitantes, lo que por otra parte es verdaderamente una proeza tecnológica impresionante). A esto hay que contestar que, en principio, no existen sociedades (al menos desde los orígenes de las primeras civilizaciones) que estén exentas de control. Las propias formas de organización de sociedades de miles o millones de personas, formas sin las cuales estas serían inviables, son, en sí mismas, formas de control.

Que a algunos de nosotros nos haya tocado vivir en sociedades divididas en clases pero, dentro de ellas, en el sector de las clases “acomodadas” y que, por lo tanto, no hayamos tenido que sufrir el horroroso y denigrante control perpetuo que sufren, en forma directa, las clases “subalternas” y la brutal falta de libertad que implica el tener que levantarse todos los días a conseguir, en desesperante inmediatez, el alimento diario de ellos y de su familia, nos puede hacer pensar erróneamente que el capitalismo es una sociedad sin controles y con márgenes de libertad. Pero un mínimo grado de observación y reflexión saliéndonos de nuestra situación de clase (poniéndonos en el lugar del otro) nos permite ver que esto no es así en absoluto. Además debe decirse que aunque alguien en estos tipos de sociedades de clase se sienta “incontrolado” y plenamente libre, porque hace lo que quiere y/o lo que “sus principios” le indican, eso que “quieren hacer” y esos “principios”, que posee, le han sido inculcados por el medio familiar y social en el que se desarrolló y en ellos fue formateado y moldeado, por años de trabajo de las agencias de control del sistema sobre su cabeza filosófica y política pensante. Y hoy, esas agencias y todo su mundo de redes, desde las familiares, escolares, mediáticas policiales y un largo etc., siguen influyendo sobre él y sobre nosotros. La cuestión es hasta qué punto somos conscientes de la existencia de estas formas de control, sutiles algunas y no tanto otras, y de la manera que operan sobre nosotros, ya que ahí empieza la verdadera libertad. No vamos a debatir acá sobre el añejo tema de libertad versus determinismo, pero, en todo caso, respecto de la cuestión del control, más que plantear la falsa dicotomía entre sociedades con control e imaginarias sociedades de grandes espacios de libertad individual (que no existen, ni nunca existieron), el debate serio y útil sería aquel acerca de cuáles son las formas concretas de control social, quien las implementan, a quienes representan esos que las implementan y a qué intereses y propósitos responde la estrategia general de control de que se trate.

En el diario digital Sputnik del 8/4/20 bajo el título Destacan el inevitable aumento de control se señaló que “Los sistemas de control y vigilancia a ciudadanos de cualquier país siempre han existido y solo se irán reforzando, señaló a Sputnik el representante del Centro de Innovación Skolkovo en China, Evgueni Kosolápov… Siempre hemos estado bajo control, observados. Cualquier Estado, sea China o Corea, localizará a una persona, si lo necesita. Hubo control y lo hay, era lento, en una caja de cambios manual, ahora está pasando a una caja de cambios automática, es un proceso inevitable». Y se agregó: “Sin embargo, el experto declaró que por ahora solo con respecto a Corea del Sur se puede hablar de un sistema de control digital total sobre la ciudadanía en el contexto del coronavirus”. Aun así ¿hubiera sido preferible que Corea del Sur no utilizara el sistema de reconocimiento por considerarlo “orwelliano”, y hubiera renunciado a contener la pandemia del modo rápido y eficaz como la controló?

¿Cuándo termine la pandemia?

Otro tema al que hay que referirse previamente es el de la suposición expresa o implícita en muchas de las opiniones predictivas a las que nos referimos acerca del final de la pandemia. Se hacen pronósticos afirmando que lo que se predice, para bien o para mal, va a tener lugar: “cuando pase la pandemia”. Como si en determinada fecha más o menos próxima el coronavirus vaya a desaparecer por completo y el mundo pase a quedar indemne de resurgimiento de contagios, nuevas olas, mutaciones o aparición de otros virus tan o más “virulentos” que este.

Habría que decir, en principio, que hay que usar con cuidado, o relativizar, eso de “cuando acabe la pandemia…”, en tanto que ésta, (nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio) se podría afirmar, que no va a acabar por mucho tiempo, al menos no en forma definitiva. Aunque disminuyan sensiblemente los casos de COVID 19, producidos por el virus SARS cov2, estas posibles infecciones, de propagación mundial, que ya habían empezado antes, como el SARS, el Ébola o la gripe A, no son más que formas en que se expresa el peligro latente de contagio mundial de enfermedades transmisibles en una humanidad con siete mil millones de habitantes, que apunta a llegar a los diez mil millones, y todos interconectados y en desplazamiento permanente. De lo que nos estamos dando cuenta es de que hemos transformado al mundo en un “mundo pandémico” y de lo que se ha de tratar, de ahora en más, es de como modificamos nuestras formas de vida para neutralizar y superar los efectos sanitarios que se generan. Thomas Wright miembro principal de la Brookings Institution, en su artículo Estirando el orden internacional hasta su punto de ruptura, con el que, en términos generales, discrepamos de su visión en cuanto a las posibles salidas de la crisis económica, dice, sin embargo, ciertamente, que “El mayor error que pueden cometer los analistas geopolíticos puede ser creer que la crisis terminará en tres o cuatro meses. Es muy probable que, una larga crisis pueda estirar el orden internacional hasta su punto de ruptura. Incluso después de que haya una vacuna disponible, la vida no volverá a la normalidad. COVID-19 no fue un cisne negro y no será la última pandemia. Un mundo nervioso cambiará permanentemente. Nunca antes un solo evento había cambiado la vida de todos simultáneamente y tan repentinamente”. Es decir, es un evento único en toda la historia de la especie humana, como al fin y al cabo lo es la globalización y la actual densidad demográfica, y, de aquí en más, lo consecuente sería que se sigan produciendo situaciones que tampoco hayan sido experimentadas anteriormente en la historia conocida. En el anteriormente citado diario digital Sputnik otro titular reza “El american way of life podría estar tocando su fin. Ese, y gran parte de los estilos de vida del globo. El culpable: el coronavirus. El autor de la afirmación: el editor de la revista Technology Review, Gideon Lichfield, una publicación que está estrechamente ligada el archifamoso Instituto Tecnológico de Massachusetts [MIT]”.

Hay científicos, por ejemplo, que relacionan esta alta potencialidad de los virus a diseminarse, con la producción industrial de animales para el consumo (reportaje a la investigadora del grupo de acción sobre Erosión tecnología y concentración, Silvia Ribeiro, en el diario argentino Página 12 del 3 de abril), práctica industrial que, por el momento, es inimaginable de poder abandonarse así como así, sin desencadenar un problema alimentario de proporciones gigantescas que causaría muchas más muertes que cualquier pandemia. Un simple ejemplo del desafío frente al que nos encontramos.

También se habla de rebrotes de la pandemia actual como lo señala el doctor Zhang Wenhong, quien encabeza la lucha contra el coronavirus en la ciudad de Shanghái, quien asegura que dentro de medio año el mundo se verá obligado a resistir un nuevo brote del covid- (publicado en Sputnik el 14 abr 2020)

Parece que habrá, entonces, que convivir un largo tiempo con los virus y con las fluctuaciones de la cantidad de infectados y consecuentemente con cuotas de muertos por esas infecciones. Con lo que, lo más probable es que de ahora en más debamos empezar a vivir en semi-cuarentenas permanentes, tratando de evitar, todo lo que se pueda, las aglomeraciones y utilizando al máximo las posibilidades del teletrabajo y de las reuniones on line y obviamente de la comunicación interpersonal on line (esto último ya se venía haciendo, pero ahora tendrá que ocupar un lugar más exclusivo). Hasta el barbijo se transformará, tal vez, en parte de la indumentaria cotidiana de la nueva realidad a la que nos abismamos. Cuando se dice que la vida tal como la conocimos hasta ahora no va a seguir así, se está hablando, entre otras cosas, de esto. No se puede seguir transportando gente amontonada, ni aglomerarse para ver espectáculos o por simple divertimento, al menos ya no de la forma en que se ha venido haciendo hasta ahora. Estamos entrando en la era de la comunicación virtual en serio. Resuena la letra de la canción de la banda argentina de rock Los Redonditos de Ricota, acerca de que: “el futuro ya llegó” y “llegó como vos no lo esperabas…todo un palo, ya lo ves”. (Todo un Palo. 1987. Del cielito records)

Ante todo esto y aunque sea obvio, hay que señalar que de ninguna manera esto quiere decir que se haya acabado ni la acción, ni las manifestaciones, ni la institucionalidad, ni la teoría o la investigación política, ya que la política es básicamente la fuerza (y la confrontación) de las ideas y esta fuerza, hoy, tiene muchísima importancia dado que, de acuerdo a la corrección con que hagamos, la caracterización de la situación y los pronósticos sobre lo que irá sobreviniendo, mayor o menor será la capacidad de las acciones que se lleven a cabo para superar la misma. Además, estas ideas tienen hoy muchos medios de manifestarse y expandirse exponencialmente que no implican necesario “amuchamiento” (y que son en todo caso tan o más eficaces que las acciones con contacto físico). Aunque también es obvio que, cuando las circunstancias ameriten la congregación física, está tendrá, inexorablemente, lugar más allá de cualquier pandemia, o de cualquier control social, aunque se trate de cientos de miles en las calles, con máscaras y antiparras caseras.

Pero ya no habría, al menos no rotundamente, un “cuando termine…”. Lo nuevo ya empezó, y empezó de esta manera, así que vayamos adecuándonos, y buscando las formas pertinentes de acción política, porque llegó para quedarse.

¿Continuidad del capitalismo?

Entrando ya si al abordaje del tema que se adelanta en el título de este trabajo, vemos que algunos opinan, ante la crisis económica agravada o acelerada por la pandemia, que lo que está en la picota es el neoliberalismo o el “capitalismo como lo conocimos hasta ahora” y deslizan la necesidad de importantes “reformas”, con lo que queda en claro que, según ellos, capitalismo va a seguir habiendo, solo que hay que mejorarlo. Y esto sobre la base “empírica” de que hace mucho que existe y que otras veces que se predijo su caída esta no fue tal y que hubo otras crisis y el capitalismo salió de ellas incluso “fortalecido”.

Quienes así piensan imaginan en muchos casos un regreso a una forma generalizada de estado benefactor o intervencionista renaciendo al estilo Europa o EEUU de la posguerra, (como si la historia no hubiera transcurrido y se pudiera volver hacia atrás solo deseándolo a partir de la desesperación). Aquí también hay una cierta falacia en la proposición ya que, si ese intervencionismo estatal, se está imaginando en una forma autónoma de intereses privados y para todos los países y regiones del mundo (absolutamente todos) y no solo para los países industrializados (como lo fue en el SXX), lo que se está imaginando, en realidad y aunque se evite expresarlo, es un sistema mundial que ya no podría denominarse capitalista y al que le vendría más ajustado el término de socialista (no socialdemócrata) o en tránsito al socialismo.

También hay pronósticos que anuncian la desaparición del capitalismo, pero lo hacen con superficialidad. Slavoj Zizek es sin duda un erudito y a él debemos que se haya mantenidos las referencias a Marx e incluso a Lenin y Mao aun en los más oscuros tiempos de la verborragia postmoderna y, también le debemos, precisamente, las refrescantes diatribas contra ese pensamiento obscurantista de esta última modernidad. Es un rock star de la filosofía, como se definiera él mismo hace ya un tiempo. Gusta impactar con sus afirmaciones provocativas y generalmente lo logra. Esta vez lanza la opción (de segunda mano) de “barbarie o comunismo reinventado”. Si lo hubiera dejado en los desadjetivados términos de Engels o Rosa Luxemburgo hubiera sido poco original, pero, al menos, oportuno. Sin embargo, hubo de agregar lo de “reinventado” con lo que vació la famosa fórmula propuesta, ya que, en tanto no defina (y no lo hace) en que consiste tal “reinvención”, la alternativa se transforma en: barbarie o algo (“alguna forma”) que está en la cabeza de Zizek pero que no dice qué es, ni siquiera agrandes rasgos.

El capitalismo ha llegado a su fin (es decir al momento en que la humanidad le pondrá fin)

El problema con que se enfrenta el mundo capitalista terminal es el de su modo de producción en sí. Este modo de producción, en su fase neoliberal global, de hecho, favorece, cuando no genera directamente, estas pandemias y muchos otros males “colaterales”, pero el principal perjuicio que genera es la pobreza y la exclusión social crónicas y crecientes, y la alienación individual, la violencia bélica y social y la destrucción del equilibrio ecológico del planeta. Las “relaciones de producción” que el capitalismo, en su etapa financiera neoliberal, impone y necesita están “trabando el desarrollo” de las “fuerzas productivas” en el estricto sentido marxista de los términos.

Entendiéndose, como debe hacerse, que, hoy por hoy, “desarrollo de fuerzas productivas” implica ya, directamente, desarrollo de las condiciones de vida humana, sustentable, sin exclusiones y en armonía con el hábitat, se llega a la cuenta que el capitalismo, en su forma actual de neoliberalismo, no solo obstruye esta posibilidad, que es real teniendo en cuenta el desarrollo científico técnico (con los recursos actuales podría vivir toda la población del planeta con sus necesidades básicas satisfechas y oportunidades de desarrollo individual para todos), sino que, en principio, altera el desempeño de las fuerzas productivas humanas al imponer pautas de consumo (y por ende de producción) sectoriales, irracionales, innecesarias y superfluas y dejar fuera del consumo básico a más de la mitad de la población global. Y finalmente las destruye con las muertes masivas de seres humanos en guerras, migraciones forzosas y pandemias, y destruye la fuente misma de los recursos, es decir el planeta.

Para un ejemplo concreto de esta irracionalidad en el momento actual está la decisión de EEUU de desfinanciar nada menos que a la Organización Mundial de la Salud en medio de una pandemia o de incitar a la culpabilización de China en lugar de unirse con ella para la lucha contra un mal del que EEUU es el principal afectado. Impactante es al respecto la lectura de esta nota de Sputnik del 14.04.2020, cuyos párrafos esenciales reproducimos: “La pandemia se expandió a la velocidad del avión porque las grandes transnacionales y del mundo financiero no quisieron interrumpir sus negocios a tiempo. Donald Trump y Boris Johnson subestimaron la enfermedad, hasta que el primer ministro británico terminó en cuidados intensivos. Las grandes fábricas de Bérgamo, en Italia, se negaron a dejar de producir. Confindustria, la patronal industrial italiana, lanzó el 28 de febrero una campaña con el hashtag #YesWeWork», «Bergamo non si ferma», y continuaron la actividad hasta el 23 de marzo, cuando el brote ya hacía estragos, forzando a los trabajadores a realizar paros y huelgas para obligar a cerrar las fábricas, a pesar de lo cual numerosas actividades fueron exentas. En el corazón financiero del mundo, Nueva York, con 20 millones de habitantes, la cuarentena solo se hizo efectiva el 22 de marzo, cuando ya iban más de 7.000 contagios. «Disculpen nuestra arrogancia como neoyorquinos -dijo el gobernador Mario Cuomo el 2 de marzo-, creemos que tenemos el mejor servicio médico del mundo justo aquí en Nueva York. Cuando se compara lo que pasó en otros países con lo que pasa aquí, no creemos que vaya a ser tan malo», dijo”.

Capitalismo “al palo” parafraseando a la Bersuit

Es claro que cuando decimos que todos podríamos vivir bien y en equilibrio “biosférico” estamos suponiendo una inconmensurable reducción de gastos superfluos y lujos y modificaciones esenciales en las pautas de consumo, en tanto que, sin ese presupuesto, no se puede pensar en darle casa, vestimenta, educación, salud y comida a todos, pues el mismo planeta no lo aguantaría. Por cierto, que, para que un mundo sin excluidos, en términos reales, sea posible, habrá que asumir algunas formas de planificación demográfica, pero ello no puede hacerse hasta que no se supere la dialéctica del señorío y la servidumbre que atraviesa desde hace milenios la civilización ya que, sino, en lugar de planificación demográfica humanitaria se puede caer en privación del derecho reproductivo raciales y clasistas.

Hemos llegado al momento en que es necesario sustituir globalmente este modo de producción (y de vida) por otro superior, como ya lo había anunciado Marx, porque ahora se empiezan a dar las condiciones leninistas en cuanto a que: “los de arriba no pueden y los de abajo no quieren” mantener el sistema actual. Al respecto hay que decir que por primera vez en el seno del propio mundo capitalista se están poniendo jurídicamente en duda la naturaleza de las relaciones de propiedad y los principios mismos de la propiedad privada al plantearse la necesidad urgente de hacer prevalecer lo público sobre lo privado. Ya se habla de impuestos a las grandes fortunas, se ordena a grandes fábricas de automóviles producir respiradores y las estrategias gubernamentales se ven cada vez más dispuestas a avanzar contra cualquier interés privado si la urgencia lo requiere.

En cuanto a las formas de organización social (y las inevitables formas de “control social”) que vendrán a reemplazar a las existentes, debemos decir, ante todo, desde un punto de vista materialista histórico, que para el marxismo los sistemas socioeconómicos tienen, precisamente, historicidad, es decir tienen comienzo y fin. Eso lo sabemos (los que queremos saberlo seriamente) a partir, por lo menos, desde Vico o Hegel, y los marxistas lo sabemos ya con más precisión desde obras como La Ideología Alemana (1853) y los Grundrisse (publicados en 1939) y el propio Manifiesto del Partido Comunista (1848).

Es cierto que Lenin vaticinó el fin del capitalismo a partir de que este entró en su fase imperialista (1880 circa) y, es de suponer, que él esperara (nunca lo dijo) que, con el desarrollo mundial de la revolución, a partir del triunfo bolchevique en Rusia (1917), que, a más tardar, para las décadas del 30 o del 40 de ese siglo XX, se hubiera ya extendido, definitivamente triunfante, por todo o casi todo el planeta o, al menos, sobre los países más industrializados. Por eso hablaba del “imperialismo” como fase superior del capitalismo en el sentido de segunda y última.

Curiosamente, o no tanto, en las décadas del 30 y el 40 lo que se desarrolló fue el fascismo, con el que los grandes capitales europeos (incluidos los de los países “antifacistas”) pusieron drásticamente fin a la posibilidad de una expansión de la revolución socialista a toda Europa y consolidaron el aislamiento económico mundial de la URSS y de la República Popular China.

Pero ahora sí, se puede saber, teniendo a nuestra disposición los datos provenientes de la misma consecución histórica desde aquellos tiempos hasta nuestros días, que las etapas del capitalismo no eran dos (capitalismo de libre competencia e imperialismo) sino tres (precisamente el número dialéctico): 1 capitalismo de libre competencia (1400-1870/80), 2 imperialismo (1890-1985/90) y 3 (y último) globalización neoliberal y financiera (esto lo hemos desarrollado en nuestro Globalización tercera -y última- etapa del capitalismo. Ediciones Luxemburg 2011). Por lo que, desde nuestro punto de vista, la crisis del neoliberalismo, que tanto se anuncia ahora, pandemia mediante, implica la finalización de todo el sistema capitalista como modo de producción y no solo de su connotación neoliberal, advenida en los 80/90. Algunos autores que también lo ven así son Wim Dierckxsens y Walter Formento. En la página de internet del primero, afirman que: “Lo que se nos viene encima es una crisis de una magnitud que solo se ha visto en dos ocasiones en los últimos dos mil años. La primera fue entre los siglos IV y VI (entre los años 300 y 500 dc), cuando el Imperio Romana y el esclavismo desaparecieron y surgió el feudalismo. Y el segundo momento vino con el declive del feudalismo y el surgimiento del capitalismo a partir del siglo XVI (año 1500), cada una con su propia racionalidad económica”.

La crisis del sistema es anterior a la pandemia

Hay que aclarar que este fin de ciclo no está, obviamente, determinado por la pandemia, la que es un efecto totalmente (¿?) coyuntural, sino que se veía venir desde mucho antes, por lo menos desde la crisis de 2008, de la que, dicho sea de paso, el mundo no había salido todavía cuando se inició la pandemia, y no ha salido hasta ahora. Es decir que esta es una crisis dentro de aquella crisis. La debacle se avecinaba. De hecho, uno de los desencadenadores de la crisis financiera y de las bolsas de valores fue la actual crisis del petróleo, que según Dierckxsens y Formento se desarrolló: “como forma de una guerra por la energía y la producción real, una guerra geopolítica para mantener dividida a Europa. Para que la Unión Europea pos-Brexit anti-globalista no consolide su articulación con Rusia y el multipolarismo BRICS”.

Y esa crisis del petróleo trae de su mano una crisis monetaria que como lo señalan los mismos autores lleva “a una fragilidad muy elevada al esquema de moneda de reserva mundial Dólar-Petróleo, impuesto por las corporaciones multinacionales norteamericanas en 1973” pero “Ahora, la crisis del patrón monetario Dólar-Petróleo ha ingresado en otra crisis… Una crisis donde se pone de manifiesto concretamente que el patrón monetario impuesto por una correlación determinada de poder mundial 1950-1973 también ha llegado a su fin y con él el sistema financiero…” (página de Wim Dierckxsens de internet).

Estás crisis energéticas, comerciales y monetarias no fueron generadas por la pandemia, sino que la precedieron y fueron, y son, síntomas de la crisis general financiera y económica del sistema, que ya no tiene posibilidad de recuperación bajo las reglas que lo llevaron a la situación en la que se encuentra.

Las supuestas recuperaciones económicas post 2008 de las grandes economías capitalistas (entre las que, obviamente, no incluimos a China) se produjeron, no a partir de aumentos reales de la producción, ni de una reorganización de la misma, sino de emisiones monetarias gigantescas con el llamado quantitative easing. Es decir, no se solucionó la crisis, sino que se “pateó la pelota para adelante”, ¡dándose créditos a sí mismos mediante la emisión monetaria y de valores en forma descontrolada! Emisión que ni siquiera se dirigió al sector productivo o al consumo, si no, exclusivamente, al financiero.

Hoy se ha vuelto producir, principalmente desde la FED y el tesoro norteamericano, una emisión descomunal de billones (millones de millones) de dólares, nunca antes vista (hay que reconocer que esta vez sí se destinó una parte al consumo y a sectores productivos, aunque sin demasiada planificación) pero ya no alcanza, las bolsas podrán (fieles a su naturaleza cortoplacista) fluctuar, y hasta tener avances, pero su caída definitiva es imparable.

Si consideramos entonces al proceso histórico del capitalismo dividido en etapas y aceptamos la hipótesis de que estas etapas son tres, podemos afirmar que ahora sí, nos encontramos en el final, de la última etapa, de toda la progresión histórica del sistema capitalista y, los efectos que están a la vista, son solo el comienzo de todo un período de transición a un nuevo modo de producción y de nuevas formaciones económicos sociales en el pleno sentido marxista que tiene estos términos.

El “leninismo” actual

Sin embargo el advenimiento del socialismo mundial (ni socialdemocracia, ni estado benefactor, que son reliquias del siglo XX) no se va a dar a partir de marchas triunfales de ejércitos liberadores, ni de guerrillas victoriosas accediendo al poder, ni de guerras civiles en las que gana el bando “bueno”, sino a partir de la evidente superioridad para afrontar la crisis de los países con gobiernos en manos de Partidos Comunistas (especialmente China, pero también Vietnam, Cuba y Corea del Norte) o de gobiernos “populistas” (no por casualidad aborrecidos por las grandes burguesías) y, además, por el alzamiento cívico y los pronunciamientos electorales de los pueblos del tercer mundo y de los mismos países capitalistas centrales, contra las políticas de los grupos financieros globales y demás elementos parasitarios de la sociedad .Pero toda esta pluralidad y diversidad de agentes locales y globales, institucionales y populares deberán actuar en una sinergia de complementariedades, solidaridades y acoplamientos de fuerzas, constituyéndose así en un único gran sujeto político internacional con expresiones propias nacionales. Todo este en conjunto complejo conforma hoy el sujeto histórico revolucionario (así lo expusimos en nuestro El sujeto histórico en la globalización Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación 2015).

Con respecto a la superioridad China frente a las crisis económicas o sanitarias John Ros investigador principal del Instituto Chongyang de Estudios Financieros, Universidad Renmin de China señalo en su artículo La vida humana está por encima de la economía en una pandemia, que: “El mejor desempeño de China ante los EE. UU., tanto en la crisis de 2008 como en el brote de Covid-19 significará un cambio geopolítico a favor de Beijing. Mientras más tiempo continúe Estados Unidos con su desastrosa respuesta pandémica, mayor será el cambio. La pandemia tiene un curso global claro. A pesar del brote de coronavirus que comenzó en China, Beijing lo ha controlado rápidamente: el número de casos de transmisión nacional se redujo a prácticamente cero a fines de marzo. En los Estados Unidos y Europa occidental, por el contrario, el número de casos aumenta vertiginosamente sin un pico a la vista.” Y que “En los últimos 12 años, el mundo ha pasado por dos enormes pruebas globales: la crisis financiera internacional y la pandemia de coronavirus. En ambos, China ha superado por mucho a Estados Unidos. Esto conducirá necesariamente a un cambio importante en la geopolítica a favor de China. Mientras más tiempo continúe Estados Unidos con su actual respuesta desastrosa al coronavirus, mayor será ese cambio.”

Hay que tener en cuenta que, lo más probable, es que las grandes economías del capitalismo neoliberal occidental, no implosionen abruptamente ante la crisis (y esto es bueno pensando sobre todo en las personas que habitan dichos países) sino que, de la mano de liderazgos cada vez más centralizados, de corte industrialistas, neo-roosveltiano o desarrollistas, con planes keynessianos, pero, con una, seguramente creciente, participación y control popular (de rendiciones de cuentas), vayan sentándose a la mesa del tablero mundial, con el bloque de aquellos otros países, que hoy aparecen como la alianza estratégica de China con Rusia (pero que son mucho más que eso). Y lo que se empezará a discutir, y a acordar, en este nuevo espacio (adopte la forma que adopte) serán, inevitablemente, nuevas formas de organización mundial de lo político y lo económico, que habrán de implicar necesariamente la planificación económica y la reformulación de las pautas productivas pero principalmente las de consumo y por alianzas exclusivamente interestatales (sin participación ni directa ni indirecta de intereses privados), contemplando fundamentalmente la redistribución de la riqueza en orden a los intereses primarios de todos los habitantes del planeta y del planeta mismo, sin exclusión de nación alguna.

Los ya citados Dierckxsens y Formento) ven asimismo que: “la Gran Formación Social Emergente (con China como epicentro y el tándem chino-ruso como motor) propone reconectar el capital ficticio a la economía productiva, redes de comercio, inversiones en infraestructuras y aprovechamiento de la energía en curso, de cara a una transición energética. Y generar una Zona de Estabilidad, en definitiva, para posibilitar una alternativa post crisis al mundo con miras a una posible transición posiblemente gradual al post-capitalismo… o sería nada de extrañar que Trump y Xi Jinping logren un acuerdo para que con China formen un frente internacional para afrontar el coronavirus…. No habrá duda entonces, que Xi Jinping está en posición en óptima de negociar con Trump quien ya tuvo comunicación telefónica con el presidente de China. Putin, Trump y Xi Jinping ya están hablando de sentarse después de las elecciones en Estados Unidos, y decidir las nuevas reglas del juego para este mundo post crisis.”

Por qué no pensar entonces que, una transición hacia el post-capitalismo, será, inevitablemente, “desigual y combinada”, con avances profundos en algunos terrenos como la des-financiarización de la economía, la des-mercantilización de la sanidad y la seguridad social, (por ejemplo) en primer término e, inmediatamente, abordando (conscientes de las resistencias de la gran burguesía financiera mundial y teniendo en cuenta las correlaciones de fuerza), el control del casino financiero mundial, la estatización de la industria farmacéutica (para que los medicamentos dejen de ser una mercancía producida en función de su rentabilidad), y de las industrias estratégicas y los medios de comunicación, amén de la recuperación pública de los llamados “recursos naturales” (bienes comunes, en realidad).

Es decir que las bases del socialismo mundial se podrían empezar a construir a partir de grandes acuerdos internacionales, de nuevo tipo, que involucren principalmente, aunque no exclusivamente, a las grandes potencias económicas mundiales junto a los líderes de las grandes religiones y a organismos como las propias Naciones Unidas y otros actores de relevancia global. Acuerdos, de nuevo tipo, que tengan por objeto ir eliminando la concentración hiper-multmillonaria de capital en manos de propietarios-decisores individuales o de grupos elitistas como son los grupos financieros globales actuales (es decir ir desposeyendo a los “super” ricos), ir eliminando esta vez en serio y definitivamente, de la faz de la tierra, a la pobreza y la inaccesibilidad a los recursos naturales en la que todavía está gran parte de la población mundial, e ir construyendo así una sociedad mundial “medianamente acomodada”.

De todos modos, hay que estar alerta frente a llamamientos a constituir formas de “gobernanza global” que en realidad lo que pretenden es institucionalizar el control mundial de la política y la economía mundiales en forma directa por los grupos financieros internacionales. Hay que saber distinguir los intentos globalizadores suicidas, provenientes de la alienación política neoliberal, del llamado sincero a una construcción de una globalización solidaria, inclusiva, racional en el consumo y la producción ecológica y, finalmente, socialista.

¿Qué hacer?

Lo que nos toca como sujetos políticos responsables, individuales, es difundir y explicar , desde nuestras organizaciones, la idea de que están hoy dadas las condiciones para el cambio estructural revolucionario, incluso a nivel mundial, y empujar la formación de bloques intergubernamentales a niveles regionales y mundiales, reclamando que el primer orden del día de la primera jornada de funcionamiento de estos entes internacionales y regionales sea tratar la cuestión acerca de cómo empezar a implementar las bases de los cambios estructurales post capitalistas y socialistas. Obviamente todo esto habrá que hacerlo sin dejar de luchar por las reivindicaciones concretas de cada sector laboral o social, en cada lugar concreto, porque el hecho de que estén dadas las condiciones para el gran cambio que hemos siempre soñado no quiere decir que tal cambio vaya a producirse por la ley de la gravitación universal.

NO SE TERMINA SOLO EL NEOLIBERALISMO SE ESTÁ TERMINANDO TODO EL CAPITALISMO COMO MODO DE PRODUCCIÓN. (ESTO DEBE ENTENDERSE PARA IDEAR CON SUFICIENTE DETERMINACION LAS FORMAS DE ACCIÓN PERTINENTES PARA EMPUJAR EL CAMBIO)

1 Doctor en Ciencias Políticas. Área de Estudios sobre China – CEFMA