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De la tierra a la Luna

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Por Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

Desconocemos si el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, leyó alguna vez la novela de Julio Verne cuyo título hemos tomado prestado para este texto; más aún, dudamos, con toda franqueza, que siga practicando el sano ejercicio intelectual de la lectura, por mucho que con sus acciones y discursos el mandatario parezca transfigurarse en un personaje del Gun Club con el que Verne, allá en 1865, retrató críticamente la obsesión del naciente imperio norteamericano por el poder de las armas como instrumento civilizatorio. Pero, al igual que los miembros de aquella ficticia sociedad de artillería que creó el escritor francés, Trump también proyecta sus sueños de dominación y los apetitos imperiales más allá de las fronteras terrestres. Así consta en la Orden ejecutiva sobre el fomento del apoyo internacional para la recuperación y el uso de los recursos espaciales, una suerte de edicto imperial que firmó el presidente el pasado 6 de abril.


En el documento, divulgado en el sitio web de la Casa Blanca, se declara a “la Luna, Marte y otros cuerpos celestes” como objetivos de investigación científica espacial y de la recuperación y uso de sus recursos, “incluyendo agua y ciertos minerales”. Acto seguido, desmarca a los Estados Unidos del marco legal del derecho internacional que rige “las actividades de los Estados en la exploración y el uso del espacio ultraterrestre”, en concreto, del Acuerdo que rige las actividades de los Estados en la Luna y otros cuerpos celestes, aprobado en 1979 por la Asamblea General de la ONU; y en consecuencia, Trump proclama que “los estadounidenses deberían tener derecho a participar en la exploración comercial, la recuperación y el uso de recursos en el espacio ultraterrestre, de conformidad con la ley aplicable. El espacio exterior es un dominio legal y físicamente único de la actividad humana, y Estados Unidos no lo ve como un bien común global”, por lo que alentará iniciativas públicas y privadas para la explotación de tales recursos. Es decir, una declaración de intenciones colonizadoras en toda regla, que se completa con sus planes de realizar una nueva misión lunar en 2024.

Las voces de rechazo a estas pretensiones de la Casa Blanca no se han hecho esperar. Rusia, por ejemplo, se apresuró a calificar de inaceptable cualquier intento de privatización del espacio exterior y sus recursos. Como explicó el analista Andréi Súzdaltsev, de la Facultad de Economía y Política Mundial de la Escuela Superior de Economía de Moscú, “EEUU desde hace más de un decenio emprende intentos por extender al mundo entero su legislación, la que a su juicio es ideal, sosteniendo que todos los Estados deben cumplir las decisiones que toman los organismos judiciales estadounidenses, lo que es en sí una agresión jurídica y una actitud imperial«.

Ahora, el presidente que quiso comprar Groenlandia; el que juega al ajedrez geopolítico con chantajes comerciales, o con sanciones y bloqueos genocidas a naciones soberanas como Cuba, Irán o Venezuela; el que afirma, sin sonrojarse, que el calentamiento global es un invento de China para socavar la industria manufacturera estadounidense; el que levanta muros inhumanos en la fronteras, y bromea con la idea de construir fosos con serpientes y cocodrilos, mientras separa a niños migrantes de sus familias y los recluye en campos de concentración; y en definitiva, el mandatario que hace menos de un año escribía -convencido- en su red social favorita que Marte es parte de la Luna, apunta sus baterías al desarrollo del capitalismo monopólico en el espacio.

En tiempos de cacería de votos y de cortinas de humo para esquivar el fracaso de la gestión del gobierno federal ante la pandemia provocada por el COVID-19, el circo de la democracia imperial soporta casi cualquier espectáculo. Pero la humanidad, que atraviesa horas oscuras, no está para soportar cuatro años más de gobierno demencial de ese engendro del racismo y el supremacismo que se ha enquistado en Washington. Ojalá el pueblo estadounidense ponga punto final a la aventura de Trump en las elecciones de noviembre, aunque la alternativa del candidato demócrata Joe Biden, ahora que Bernie Sanders declinó sus aspiraciones presidenciales, tampoco invita al optimismo.