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Aproximación a la Filosofía de la praxis

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Por Raúl Serrano | Director de teatro
Nota cedida por el CEFMA*

Desde siempre, desde los más remotos tiempos registrados por la historia, y más aún, desde los inasibles retazos de relatos que sobreviven a todas las prehistorias, el hombre, por su sola condición de humano, pretendió, de un modo u otro, conocer el principio primero del que dependía todo lo que lo rodeaba. Fue más allá todavía: quiso conocer incluso lo invisible, la causa ignota, el fundamento de lo existente, aquello que estaba más allá de la física palpable, y que, sin embargo, era (de “ser”) en el sentido filosófico del término. Indagó, supuso, imaginó, razonó, especuló todo lo que pudo. De aquella inquietud provienen todos los mitos, las religiones, las metafísicas, las filosofías y hasta las ciencias mismas. Y si desde el comienzo alguien pudo ponerse a pensar, era obviamente, porque estaba ya en condiciones de hacer lo necesario para sobrevivir y le sobraba algo de tiempo.

En efecto, uno de los rasgos que diferencian al animal del “proto-hombre” es el hecho de que este último comienza a poner distancias entre él (como sujeto) y lo meramente natural y biológico, entre él y lo necesario para la pura sobrevivencia. Así, de a poco, y desde su naturaleza misma, va creando con su hacer un mundo más a su propia medida, un mundo de instrumentos, de cosas y de hechos materiales y espirituales. Con ese conjunto de respuestas comienza la cultura, o sea, no solamente lo indispensable para la satisfacción de las necesidades biológicas sino también para las necesidades creadas, ya humanizadas. En eso consiste justamente la hominización: en el tratar de comprender “los por qués” de todo para poder luego utilizar esos conocimientos y experiencias en actos transformadores. Empieza así una práctica indagatoria, creativa. La efectiva historia humana: esos saberes que son la construcción de un mundo ahora hecho para el hombre mismo.

Debido al desarrollo relativo (histórico) de sus vínculos con lo que lo rodeaba y con los otros, el hombre primitivo fue respondiendo a aquellas preguntas iniciales de modo diverso. Y mientras lo va descubriendo, con su hacer mismo, lo va teorizando también variadamente. Sus explicaciones cambian: primero quizás le dio “un ánima” a las cosas, a cada cosa; luego otorgó poder a serpientes emplumadas, o a águilas o cualquier otro animal devenido en tótem. También y posteriormente, quiso elevar uno solo de esos elementos pensados a la categoría de fundante y por eso determinó que el origen de todo se hallaba ya sea en el aire, en el agua, o en el apeiron. Llegó, en épocas remotas, hasta imaginar el átomo -apenas entrevisto- como la causa original de todo.

Apareció luego, en Europa (el centro de la Historia para algunos demasiado egocéntricos), “la filosofía”, es decir el amor por el conocimiento en sí mismo. Fue un modo del saber que pretendió comprender el mundo sin necesidad de los dioses ni de explicaciones sobrenaturales. Una teoría que fue avanzando conjuntamente con la formulación de las ciencias, las diversas ciencias y saberes de las cuales, al comienzo, no supo distinguirse. Y surgieron así los grandes sistemas filosóficos: Platón y su idealismo extremo, Aristóteles más inclinado a un saber cercano a las ciencias empíricas. Y otros muchos. Todos en aquella “infancia de la humanidad” como la llamó Marx a la época griega. En medio de esta proliferación de respuestas teóricas, el sujeto mismo iba cambiándose a sí mismo.

Es imposible y no es el motivo de esta nota, hacer un resumen de todos esos intentos de explicación, pero, en el decurso de los siglos fueron apareciendo, siempre al compás del desarrollo social y en relación con él, sistemas filosóficos variados, complejos que intentaron buscar la explicación: verdaderos edificios del pensamiento, todos ellos tras la búsqueda del fundamento único. Algunos inclinados hacia un espiritualismo idealista, otros, por el contrario con enfoques materialistas aunque de una manera todavía un poco torpe e ingenua (mecanicistas, en general, como los principales saberes de aquellas épocas.)

La sociedad, sus industrias y sus culturas, es decir, la verdadera creación y producción humana totalizadora, recorría un camino de complejidad creciente, escribía su propia historia y se inventaba a sí misma. La sociedad crecía como producto del trabajo humano y, a la vez, iba creando un hombre cada vez más humanizado en el sentido de su relación con la naturaleza: es alguien que ya no depende ciegamente de ella y que comienza a someterla en su propio beneficio.

A la barbarie inicial, a la comuna primitiva, como incipientes estructuras sociales, le fueron sucediendo: la sociedad esclavista, la feudal, el capitalismo renacentista y luego el colonial para desembocar en los imperialismos capaces ya de repartirse al mundo. ¿La causa de ese desarrollo? Sin duda que uno de sus motores principales fue el crecimiento de las técnicas productivas. Pero eso ocurrió junto con la división en clases, la especialización de los trabajos y las luchas que las desigualdades sociales siempre provocaron. Esos conflictos llevaron a la aparición del estado en sus diversas formas, dieron lugar a las relaciones de producción diversas, a su apropiación por parte de unos pocos y al crecimiento del conocimiento. Eran las ciencias mismas que comenzaban, lentamente al principio, a ponerse al servicio de la producción.

A mediados del siglo XIX, el capitalismo, también producto del quehacer social había alcanzado, sobre todo en Inglaterra, un grado de desarrollo que le permitió convertirse en el modo social dominante. Inglaterra, entonces, mostraba al mundo no solamente su capacidad productiva y agresiva sino, y sobre todo, sus enormes contradicciones, internas y externas, propias del sistema productivo capitalista que iba mostrando ya su verdadero y descarnado rostro. Por un lado, un puñado de burgueses con su creciente acumulación de riquezas, y por el otro, y como su consecuencia necesaria, la aparición de una clase proletaria, cada vez más numerosa y explotada, trabajadora y creadora de la riqueza misma, y simultáneamente, cada vez más empobrecida y desposeída. El capitalismo, generaba y genera esa paradoja: a mayor riqueza, mayor pobreza. Era (y es) el modo de producción cada vez más dominante: ahora global. Pero ¿cuál era su mecanismo secreto que hacía que aquellas diferencias sociales fueran tan evidentes, y sobre todo inevitables? ¿Cuáles eran las causas ocultas y misteriosas que ocasionaban los contrastes y los conflictos?

Carlos Marx, emigrado a Inglaterra por sus simpatías para con las luchas de los trabajadores, quiso saberlo. Y sin abandonar sus vínculos con las peleas reales de la clase explotada y sin perder su vínculo con las organizaciones existentes, se sumergió en la British Library, el lugar que acumulaba las cifras y los datos todavía inconexos pero reales, datos de esa civilización que se estaba desarrollando cada vez con más fuerza. Fueron centenares las horas que Marx dedicó a sus estudios e investigaciones. En sus reflexiones iba de las estadísticas a los cálculos matemáticos, de la historia a la lógica y de allí, nuevamente, a la filosofía, de la política a las tareas organizativas. Todo a la vez bullía caóticamente en aquel cerebro que Engels llamó “el mayor de su siglo”. Y de a poco, el joven alemán fue encontrando los motores, las causas y sus consecuencias del objeto estudiado. Hoy podemos decir que Marx se sentó frente a su colosal tarea recurriendo, como herramientas, especialmente a tres vertientes culturales de las que hizo buen uso. Es decir, las utilizó superándolas. Marx, como instrumentos conceptuales tomó básicamente tres corrientes: el materialismo francés del siglo XVIII, los aportes a la teoría económica de Smith y de Ricardo, y sobre todo, la maravillosa dialéctica hegeliana a la que le dio vuelta: la puso “patas para arriba”, como suele decirse.

De aquellas primeras cifras y números fueron apareciendo relaciones entre los hombres y las cosas, entre los procesos de trabajo y sus ordenamientos, entre los esfuerzos de los trabajadores y el señalamiento de aquellos que recogían los beneficios. La frialdad de la economía comenzó a mostrarse vinculada, cada vez más necesariamente, a la vida de los que la producían y de los que se beneficiaban al fin. De los datos, confusos en un principio, emergieron tendencias. Y Marx pudo hallar, explicar y probar ciertos procesos, en el tiempo y ciertos vínculos espaciales. Determino la necesaria historicidad de las relaciones de producción…es decir, ¡señaló los hechos reales que producían a la sociedad misma!! Pudo probar científicamente aquel dictamen latino que decía Primum vivere, deinde filosofare (Primero vivir y luego filosofar). Formuló sus teorías estudiando la vida real en sus relaciones más prosaicas y desdeñadas hasta entonces por los sabios y filósofos. Por vez primera el despreciado trabajo humano ocupó su lugar germinal. Desde sus números y leyes halló los vínculos de la totalidad social: el lugar de la producción económica y su relación con el mundo que él mismo llamó “superestructural”, el de las teorías, el de las creencias, el de las ideas. Encontró que también ellas tenían un nexo genético con las relaciones de producción. El caos inexplicable, de a poco, encontró sus nexos esenciales y puso ante los ojos de la humanidad sus mecanismos hasta entonces ocultos, y ocultados. Desde aquel momento, los explotados pudieron comprender su situación real y, en consecuencia, pudieron organizar sus luchas para liberarse.

Hasta la aparición de Marx los filósofos buscaban sustancias, entes trascendentes, o si no la “fisicalidad” propia de la materia. En cambio Marx enunció relaciones, vínculos procesales, la historia como proceso y su lógica inherente. La filosofía, hasta entonces, o bien era idealista o bien torpemente materialista. Marx, en cambio, al ser consecuentemente materialista estableció los vínculos existentes entre las ideas y los hechos reales y los naturales. Así, en los horizontes del pensamiento se fue dibujando un nuevo modo de concebir al mundo, una nueva manera de la ontología. Ya no fue concebida como algo estático y al margen de la historia, ya no como algo exterior propio de dioses o de seres superiores y opuesto al hombre mismo en su finitud, sino como algo producido y en cuyo seno aparecía la humanidad misma, a la vez como productor y como producto. Y junto a esa desmitificación de lo real, también las teorías y los pensamientos pisaron suelo firme sin perder nada de su espiritualidad.

El desorden inconexo de batallas y de reyes, de épocas buenas y malas que hasta entonces había sido la historia, se pudo organizar en un proceso totalizador y con sentido inmanente que se originaba en la producción efectiva y real de la vida. Comenzó, por eso, a superarse el dualismo imperante entre espíritu y materia a partir de una mirada monista que, sin embargo, no excluía ni al espíritu ni a las ideas sino que indicaba su génesis real, su relación, invirtiendo la prioridad hegeliana concedida al Espíritu. Ya sabemos que en el filósofo alemán idealista la realidad empírica también era tenida en cuenta, pero invertida. La realidad en Hegel –dice Sánchez Vázquez– “estaba considerada como un predicado de la Idea o del Estado en cuanto encarnación de ella”.

¡Esta nueva manera revolucionaria de ver las cosas, que trajo Marx, fue lo que resultó de aquellos encerrones en la Biblioteca Británica! Un cambio radical en el modo de comprender el mundo y la historia hizo irrupción en la filosofía. Marx dijo que hasta aquel entonces, los filósofos habían intentado solamente explicar al mundo y de lo que se trataba era de cambiarlo, justamente para poder explicarlo. La filosofía, hasta entonces, había ignorado, esencialmente, el papel cumplido por el trabajo humano. Y este punto de vista erróneo e interesado se explica porque se hacía filosofía, sobre todo, desde la mirada de las clases dominantes y explotadoras y ociosas.

Así Marx no solo encontró una respuesta a los problemas ontológicos y sociales, sino que los vinculó al propio quehacer transformador, revolucionario y señaló a sus protagonistas. La explicación descendió de las alturas de la trascendencia incognoscible y se instaló en los trabajos cotidianos por la sobrevivencia. Habría que agregar, a la luz de la dialéctica marxista misma, que el estudio de un fenómeno, de un objeto cualquiera (en este caso la sociedad) resulta posible sobre todo cuando el mismo ha llegado a un grado de madurez en el que se muestran plenamente todas sus relaciones internas. Marx en Londres, y con los datos de la Biblioteca Británica, tenía este objeto ante sí: era el capitalismo del Imperio Británico que había llegado al esplendor de su poder dominante. ¡Y Marx se puso a descifrarlo!

En verdad, Marx nunca expuso de modo sistemático cuáles eran sus puntos de vista filosóficos. Pero tras su monumental obra, cupo a quienes lo siguieron, el intento de formular una respuesta metodológica y ontológica propia a las concepciones del genial pensador, tal como podía desprenderse de la lectura atenta de sus principales obras. Así procedieron muchos filósofos posteriores que se hicieron cargo de su herencia e intentaron una cierta sistematización: citaremos, entre ellos, a Lenin, Gramsci y Lukacs. Surge, de modo coherente, una visión filosófica centrada en el trabajo creador humano, en la praxis real. Y ese enfoque hoy es comúnmente conocido como la “filosofía de la praxis”.

Empecemos con algunas de sus ideas con el fin de aproximarnos a lo esencial de este enfoque filosófico.

En primer lugar, Marx rompe con la oposición abstracta que comúnmente se establece entre la práctica y la teoría. Especialmente ahora aparecen como estrechamente vinculados los procesos del trabajo (es decirla práctica) y los del conocimiento (es decir la teoría). Conocer algo ya no es para Marx solamente pensarlo idealmente, de manera puramente especulativa, sino por el contrario, resulta que son los procesos productivos, los procesos genéticos, la práctica en general los que ofrecen el material necesario, el punto de partida y la piedra de toque para la reflexión. La práctica pasa a ocupar así un lugar activo en el proceso del pensamiento. Ya no es solamente el resultado pasivo de algo que transcurre fundamentalmente en las cabezas de los hombres. ¡No! La práctica pasa a ser el punto de partida de cualquier reflexión y también, el momento en que se puede comprobar la justeza de lo pensado. Por eso, el error, en el proceso de conocimiento no es algo ajeno y exterior sino un momento en un proceso dialéctico que va y viene entre el pensamiento y la práctica. Al igual, por supuesto, que el conocimiento verdadero que se va acumulando y transmitiendo.

Tradicionalmente la teoría es vista como un procedimiento puramente ideal y la práctica se presenta allí tan solo como la consecuencia inerte de los procesos mentales que serían los que resuelven los más intrincados problemas. Para la dialéctica materialista concebida por Marx, en cambio la práctica es un momento constituyente y esencial de los procesos de conocimiento. La práctica es el punto de partida y, a la vez, el modo estricto de comprobación de la veracidad de cualquier teoría. Se establece un ir y venir fecundo entre los niveles teóricos y prácticos, que van variando, evolucionando, justamente en función de esos mismos procesos activos. De este modo hay que hablar de la praxis como estando en la base de los procesos transformadores, creadores y que, a la vez proporcionan el conocimiento debido. De ahí que para conocer verdaderamente haya que transformar. La mera observación, la reflexión pura no bastan.

Además, esta dialéctica que se establece permite comprender lo que de otro modo se muestra como simples oposiciones excluyentes. La relación efectiva, por ejemplo, entre sujeto y objeto deja de ser solamente antagónica para mostrar además su conexión y vínculo inevitable. No existe sujeto activo que no tenga su objeto, y a la vez, el objeto solamente lo es por la existencia de un sujeto. Lo mismo ocurre con otras oposiciones que aparecen en las consideraciones metafísicas. Por ejemplo las que hay entre la teoría y la práctica, entre el individuo y la sociedad, etc.

El sujeto cognoscente resulta así activo en la realidad y no meramente contemplativo o especulativo. Y este modo de plantear las cosas nos permite comprender las relaciones y las diferencias entre el lenguaje, el pensamiento y la realidad nombrada, así como sus necesarias relaciones. La dialéctica -en lugar de una lógica más bien aristotélica- toma su lugar como método del pensamiento y uno de sus principios es la unidad y la lucha de los contrarios. La oposición pura y excluyente a la que lleva la lógica aristotélica es posible, sobre todo porque se trata del puro pensamiento. Allí, en la abstracción los conceptos especulativos se excluyen unos a otros. Pero en la complejidad de lo concreto, visto como la suma de múltiples relaciones, es necesaria la dialéctica para comprender su realidad contradictoria.

Todos estos pasos y conquistas, resultan de una filosofía de la práctica real de los hombres. Se trata de la nueva filosofía de la praxis.

El conocimiento, así pues, es el resultado de la actividad humana, de la práctica y de la teoría que va surgiendo de modo necesario. La pasividad contemplativa, meramente intelectual, no alcanza para sustentar los conocimientos verdaderos.

Además, luego de todas estas consideraciones y, como un modo de superar al antiguo materialismo, aparecen ahora dos tipos diferentes de objetividad, de realidad. Por una parte, por supuesto, se constata la realidad y la objetividad de lo natural existente. Pero por otra parte, y de modo fundamental para la comprensión de lo humano, se establece la existencia de la realidad social, producida ella misma por la actividad humana y que no puede confundirse con la objetividad de la materia natural. Esta nueva objetividad social debe ser estudiada como central en la comprensión del mundo y con sus legalidades propias. Así pues, el último Lukacs habla de la “Ontología del ser social” introduciendo una categoría filosófica de suma importancia.

La novedad que Marx explica es que hasta aquel momento la actividad, como tal, había sido entrevista tan solo como actividad espiritual, intelectual. Y por eso había sido esencialmente manejada por los idealismos. La actividad, la praxis había sido despreciada y desconsiderada en su forma de trabajo real. ¿Por qué? Justamente Marx encuentra la explicación histórica en el hecho que estos enfoques habían sido explicados en épocas en las que el trabajo manual era cosa de las clases inferiores, sometidas. El trabajo era para los esclavos o bien para los seres inferiores. Marx, en cambio, lo comprende de otro modo y lo coloca en la cima y como la causa de la humanidad misma. No se queda allí. Luego de señalar su decisivo rol antropológico, lo estudia históricamente hasta llegar a los momentos en que se enajena y se convierte en enemigo de la humanidad, como en el caso del trabajo explotado en el capitalismo.

Hemos enfocado a la filosofía de la praxis, sobre todo, en su aspecto más vinculado con la teoría del conocimiento. Sin embargo, el concepto constituyente de esta praxis puede ser hallado en la definición del trabajo. Así pues el mundo no es solamente un objeto destinado a ser conocido, sino y sobre todo exige ser convertido en aquel movimiento que transforma lo natural en objetos propios de un mundo humanizado, y que ya en la sociedad más evolucionada plantea la posibilidad de su transformación revolucionaria.

El trabajo, considerado desde el marxismo, es una actividad auto-fundante de lo humano pues en su afán por modificar la realidad que lo circunda, el hombre no solo la transforma sino y sobre todo, se transforma a sí mismo, se humaniza.

El trabajo es visto como una actividad teleológica, es decir, que prevé una finalidad que tiene que ser cumplida y que, en primera instancia, ya se le aparece, al sujeto, como algo pensado, imaginado. El hombre al ejercer su fuerza sobre la materia intenta transformarla en el sentido de lo entrevisto y esta actividad lo lleva a elegir los medios, las herramientas y los procedimientos apropiados para lograr sus propósitos. En esta tarea práctica hay un ir y venir constante entre lo pensado (la teoría) y lo hecho (la práctica) de modo tal que ambas instancias se van enriqueciendo y contradiciendo en el mismo proceso dialéctico. En esta actividad fundante que es el trabajo, el hombre va ideando instrumentos, teorías, conocimientos y hasta se construye a sí mismo como sujeto humano.

Marx en sus escritos sostiene que lo que diferencia al trabajo humano de la actividad del animal más industrioso –pone como ejemplo la abeja – es que el hombre posee ya, de antemano, en su cabeza una idea de lo que pretende y esta idea influye en su comportamiento casi como si se tratara de una ley objetiva, a respetar, casi como si fuera una ley de la naturaleza. La práctica, justamente, es la que lo obliga a corregir los momentos fallidos y de este modo endereza la acción y fundamenta el aprendizaje. Aparece la experiencia, el conocimiento, el saber hacer.

El pensamiento y el objeto real sometido a transformación no recorren procesos arbitrarios e independientes. No en cualquier momento de su realidad el objeto es aprehendido por el pensamiento, y a su vez éste último también tiene un recorrido procesal. Se va desde el objeto concreto al objeto pensado, y este último nivel se halla en proceso y va adquiriendo concretez en la medida en que aprehende la totalidad de los movimientos genéticos y de las contradicciones internas del objeto.

Engels, con posterioridad, escribió una obra muy ilustrativa acerca del papel del trabajo. Escribió un artículo cuyo título ya basta para resumir su contenido: “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. Este es el modo antropológico en el que aparece el trabajo dentro de la filosofía marxista. Esta es otra de las aplicaciones de la filosofía de la praxis.

Cabe agregar que el hombre no solamente modifica a los objetos naturales sobre los que se enfoca, no solamente se modifica a sí mismo, sino que además puede modificar su relación efectiva con los demás hombres y con la sociedad, ya que esas relaciones son también productos históricos. Hablamos pues de una praxis política.

Es por todo lo que venimos sosteniendo que la filosofía de la praxis nos permite superar aquellas aproximaciones marxistas que Sánchez Vázquez llama “ontologizantes” y que partían de indagar las relaciones entre la materia y el espíritu. Tampoco puede reducirse la filosofía de la praxis a una teoría del conocimiento ni a una explicación antropológica. El pensamiento marxista, al relacionar la práctica transformadora con el pensamiento, permite abordar adecuadamente cada una de estas instancias sin confundirlas. Y es por eso que si bien muchos de los conceptos aquí expuestos pueden hallarse en los trabajos iniciales de Marx (los “Manuscritos Económico-filosóficos”, “La ideología Alemana” o las “Tesis sobre Feuerbach”) es en su obra máxima “El Capital” en donde podemos apreciar de modo más concreto y desarrollado, su mirada sobre el trabajo. Allí el análisis se hace concreto e histórico y hasta sistemático. Marx reflexiona concretamente sobre la manera en que el hombre (el ser) se constituye a sí mismo y a los demás mediante una actividad que comprende a la sociedad toda. Y lo analiza y lo explica criticando la sociedad capitalista de su época. Es el surgimiento de una nueva manera de hacer filosofía, aunque haya que deducirla a partir de aquel escrito crítico sobre la economía política. Hay que deducir la filosofía de la praxis no solamente desde la lógica de El capital sino también de otros textos, esos sí más cercanos al pensamiento filosófico.

Finalmente debiéramos hacer mención aquí al criterio de sistema que en Hegel era cerrado y tenía su culminación en el imperio alemán y en su gobierno, mientras que en Marx se puede entrever la formulación de un sistema abierto a todos los conocimientos y prácticas de la época.

No se puede y no ha sido mi propósito, ni tampoco se halla entre mis reales posibilidades, estudiar en detalle la filosofía de la praxis creada por Marx, y enriquecida por muchos de sus seguidores. Mi intención ha sido, solamente, permitir un atisbo a su compleja problemática y favorecer un posterior trabajo en profundidad. Espero haber cumplido con mi modesto objetivo.

Fuente: CEFMA