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Lecturas escogidas (1) | Fidel, guerrillero de todos los tiempos

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Inauguramos en este portal como aporte a la cultura una serie de notas cedidas amablemente por el Centro de Estudios y Formación Marxista Héctor P. Agosti.

Nos tomamos la licencia de utilizar una frase para todas estas presentaciones semanales de lecturas escogidas;  el consejo que le daba Fidel a los cubanos: “¡No crean, lean!”.

Por Atilio Boron

Hablar sobre Fidel a pocos meses de su muerte requiere de un laborioso esfuerzo psicológico. Tal vez una pequeña anécdota personal ayude a comprender lo que estoy diciendo. Había participado de la Conferencia de la Asociación Americana de Juristas que tuvo lugar en la Universidad de La Habana y estaba en esa ciudad cuando falleció el Comandante. Era cerca de la medianoche y preparaba mi maleta porque a las cuatro de la mañana debía presentarme en el aeropuerto para emprender mi viaje de regreso a la Argentina, de donde había partido casi tres semanas antes en un largo periplo que me llevó por varios países de Centroamérica y el Caribe. Distraídamente había encendido el televisor sin prestar mayor atención a lo que decían los periodistas que estaban en pantalla. De pronto se interrumpió la transmisión y, si previo aviso, se escucharon los primeros compases de “La Bayamesa”. Quedé petrificado, temiendo que algo malo estaba ocurriendo. Lo primero que pensé fue en una agresión de Estados Unidos, un manotazo final lanzado por Obama para “resolver el problema cubano” y dejarle servida en bandeja la isla rebelde a su sucesor. Al aparecer Raúl y escuchar que iniciaba su discurso diciendo que “con profundo dolor comparezco para informar a nuestro pueblo” recién en ese momento un relámpago cruzó mi mente y se me ocurrió pensar que quizás había pasado algo malo con el Comandante. Que se hubiera agravado su condición, que hubiera ocurrido un accidente y que estaba en terapia intensiva. Pero ¿morirse Fidel? Imposible, jamás. ¿Cómo se iba a morir si Fidel era la personificación viviente de Nuestra América? Su deceso equivalía a que alguien anunciara que un tremendo cataclismo geológico había arrasado con esta parte del mundo, ahora sumergida para siempre en las profundidades de los dos océanos que la flanqueaban. Así lo entendí al ver por primera vez a Fidel en Santiago de Chile, en la calurosa tarde del 10 de Noviembre de 1971 cuando, parado en un auto descapotable al lado de su amigo y camarada Salvador Allende, lo vi pasar a marcha lenta, por la avenida Costanera, junto a miles y miles de santiaguinos. Lo tuve allí, a menos de dos metros saludando a quienes habíamos ido a recibirle con desbordante emoción, y al hacerlo, al dirigir su mirada y su saludo al grupo de estudiantes con quienes compartía ese inolvidable momento, tuve la sensación de que quien estaba frente a nosotros no era un hombre, un simple mortal, sino uno de aquellos héroes de la mitología griega, un Aquiles u Odiseo que emergía en el Caribe e irrumpía con su uniforme verde olivo en el Chile de Allende para ver con sus propios ojos lo que luego, en su célebre discurso en la Universidad de Concepción, definiría certeramente como “el inicio de un proceso revolucionario.” Esa percepción juvenil de un Fidel inmortal, un Fidel América Latina y el Caribe, un Fidel Tricontinental, marcada a fuego en mi juventud, se desmoronó pocos segundos después cuando, continuando su alocución, Raúl anunció el fallecimiento del Comandante. Sólo allí tomé conciencia de que este “ser de otro mundo” también lo era de éste, y era mortal. Que había sobrevivido a 638 tentativas de asesinarlo y que sin embargo algún día tendría que morirse. Pese a eso era una noticia inesperada; más probable era el anuncio de que Obama había emitido una orden ejecutiva declarando que Cuba era una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos que la muerte de Fidel. Claro, todo revuelto en mi cabeza porque mi parte racional y consciente sabía que esto iba a ocurrir, y que noventa años eran muchos y su salud estaba muy quebrantaba. Pero aún así, en esa medianoche habanera del viernes 25 de Noviembre, ni se me ocurría pensar en ello. Pensé en una agresión gringo o en una enésima estratagema para acabar con la revolución. Nunca en la muerte de Fidel.

¿Por qué? Para responder a esto hay que partir de una premisa empíricamente constatable: Fidel era un personaje “de otra galaxia”, sin duda. Tenía más que ver con los grandes héroes de la historia de la humanidad que con el común de los mortales. Sus pares eran Espartaco o los héroes del Olimpo griego, no otros. Fidel era el arquetipo de eso que Hegel llamaba un “personaje histórico-universal”, o sea, alguien que percibe las cosas de este mundo apenas se insinúan en el horizonte; que sabe hacia dónde marcha el mundo y hace del logro de este objetivo su razón de ser. Alejandro, César y Napoleón fueron grandes hombres porque desearon y lograron hacer algo grande, jamás cayendo en nimiedades, fantasías o ilusiones. Asumieron el desafío de su tiempo, sintetizaron magistralmente las luchas sociales de su época y tuvieron éxito en su empeño. Fidel lo asumió en plenitud. Sabía que Martí había dejado un inmenso legado político y doctrinario, del cual se nutrió para comprender cuál sería el destino de Nuestra América si tal como el Apóstol lo expresara en su póstuma e inconclusa carta a Manuel Mercado, no se impidiera “a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Por eso, para Fidel, Martí fue el autor intelectual del asalto al Moncada y sabía que había que seguir haciendo lo que aquél hizo hasta el punto de pagar con su vida ese intento.

Pero asimismo Fidel se sabía heredero de la gesta, también inacabada, de Simón Bolívar, destinada a hacer de los pueblos de Nuestra América “una sola y gran nación”. Fidel emprendió ese proyecto dotado de una rarísima combinación de inteligencia y voluntad. Pocos años más tarde, con el triunfo de la Revolución, su figura tuvo un crecimiento exponencial. No exageramos un ápice si decimos que fue uno de los dos únicos gobernantes de la región (el otro fue Hugo Chávez Frías) que llegaron a dejar una impronta indeleble en la política mundial. Producto de las circunstancias históricas, fundamentalmente la Guerra Fría y la enfermiza obstinación que el gobierno y la burguesía de Estados Unidos tienen para apoderarse de Cuba ya desde finales del siglo dieciocho, la marca de Fidel caló con más profundidad en el escenario global. Téngase en cuenta que Cuba fue protagonista de la mayor crisis militar a lo largo de toda la historia de la Guerra Fría: la así llamada “crisis de los misiles”, en referencia a la instalación de cohetería soviética en Cuba en respuesta a una similar operación que Estados Unidos había realizado en Turquía. Como es bien sabido Fidel se opuso al retiro de los cohetes soviéticos con un argumento impecable: la Unión Soviética tenía derecho a defenderse. Estaba amenazada en su frontera meridional por el despliegue militar norteamericano en Turquía y la Sexta Flota de Estados Unidos apostada en Nápoles, y le asistía toda la legalidad del mundo para contar con una fuerza de disuasión a un centenar de millas de la Florida. Desgraciadamente el Kremlin no lo escuchó.

Veamos: ¿qué otro jefe de estado alcanzó alguna vez la proyección internacional de Fidel? Incluso aquellos gobernantes de países con gran población, como Brasil o México; o poseedores de grandes territorios, como Brasil y Argentina; economías más avanzadas, como las de estos tres países, aún en estos casos no hubo ninguno, absolutamente ninguno, que pudiera rivalizar con la influencia que el Comandante ejerció en el ámbito de la política mundial. En el pasado, desde el comienzo de nuestra vida como repúblicas independientes hasta promediar el siglo veinte los políticos y gobernantes latinoamericanos y caribeños carecían por completo de la posibilidad de ser actores cuya presencia brillase en el tinglado internacional. Después de la Segunda Guerra Mundial algunos lo hicieron, pero sin trascender el ámbito regional: Juan D. Perón y Getulio Vargas en Sudamérica; Luis Echeverría Álvarez en Centroamérica. Y, más cerca de la actualidad, ni Lula o Dilma, ni Néstor o Cristina Kirchner, para ni hablar de los devaluados presidentes mexicanos, tuvieron una gravitación internacional que se acercara, aunque sea de lejos, a la de Fidel.

Es que el cubano desde los inicios de la revolución hizo de la contundente y muy fundada denuncia del imperialismo y del internacionalismo dos de sus inclaudicables banderas. Apoyó de modo decisivo la lucha por la liberación de Argelia del yugo colonial francés. El 27 de junio de 1961 fue el único país del hemisferio occidental que reconoció al gobierno argelino en el exilio. Pero la solidaridad cubana fue más lejos. En el Encuentro con los Intelectuales, celebrado en La Habana el 11 de Febrero del 2012, Fidel habló de cómo la Revolución Cubana se las ingenió para hacerle llegar pertrechos militares a los rebeldes argelinos mismos que, a la postre, resultaron decisivos para el exitoso remate del proceso emancipador. Por eso el gobierno argelino decretó ocho días de duelo nacional al conocerse la noticia del deceso del Comandante. No fue menor sino más completo y duradero el apoyo que La Habana le prestó al pueblo vietnamita no sólo durante la guerra sino también antes y después. No es casual que la desinteresada colaboración de Fidel con la heroica lucha del pueblo vietnamita sea reconocida por todos en ese país. Cuando tuve la suerte de visitarlo, en 2009, pude experimentar en carne propia lo que Fidel representaba para los vietnamitas. Al andar por las calles de Hanoi y otras ciudades más pequeñas mucha gente que por mis rasgos faciales inferían sin duda que era occidental se acercaban y acompañándose con un gesto de interrogación en sus manos, me decían: ¿Fidel, Fidel? Claro, preguntaban por Fidel, el aliado inconmovible, el amigo que les ayudó en la guerra y en la paz, a pesar de la permanente amenaza que se cernía sobre Cuba por su generosa temeridad de ayudar a un pueblo que estaba siendo masacrado por una guerra de agresión de una virulencia jamás vista. No es casual que la última actividad pública del Comandante, pocos días antes de su deceso, hubiera sido recibir al presidente de la República socialista de Vietnam. Y lo mismo cabe decir de la estrecha relación mantenida por la Revolución Cubana con las luchas del pueblo palestino. Cuba es el único país latinoamericano y del Caribe que no mantiene relaciones –ni diplomáticas ni de cualquier otro tipo- con Israel, contumaz verdugo de los palestinos. Su intransigente apoyo a la causa de ese pueblo maltratado y brutalmente oprimido, y su total rechazo a la ocupación israelí le granjearon la gratitud de los palestinos.

Por si lo anterior fuera poco, la Cuba revolucionaria desempeñó un papel crucial en otro de los grandes escenarios del conflicto internacional: Sudáfrica. La intervención cubana en Angola fue decisiva para derrotar al régimen racista de Pretoria. Este, en conjunción con Washington, había fraguado una “guerra civil” en Angola –modelo que luego se aplicaría en Libia y, posteriormente, en Siria- en la cual participaban activamente las tropas de Zaire (hoy República Democrática del Congo), del ejército sudafricano y de dos bandas mercenarias angoleñas organizadas, armadas y financiadas por Estados Unidos a través de la CIA con la cooperación de Israel. La ayuda militar y logística cubana fue decisiva para inclinar la balanza a favor de Angola. La Unión Soviética, a la cual Cuba estaba ligada por múltiples lazos económicos, no veía con buenos ojos la intromisión cubana en África. Es más, muchos dizque analistas internacionales enterados del envío de la primera misión cubana a Angola se apresuraron a pronosticar el inmediato retorno de esas tropas ante una terminante orden de Moscú. Nadie sabe si esa orden existió o no. Lo que sí sabemos es que Cuba no era un «proxy» soviético y permaneció en Angola hasta la total pacificación de la región. La soberanía cubana jamás estuvo constreñida por lazos comerciales, ni antes ni ahora. Allí, en la localidad de Cuito Cuanavale, se libró la más larga batalla en la historia del África Subsahariana. Esa fue, según Nelson Mandela, la “Stalingrado africana” que sentó las bases de la emancipación de Namibia y disparó el tiro de gracia en contra del “apartheid” sudafricano. A lo largo de los más de tres meses de batalla, entre diciembre de 1987 y marzo de 1988 Fidel siguió día a día, hora tras hora, los acontecimientos en el teatro de operaciones y su conducción estratégica resultó crucial para la victoria. Mandela reconocería este papel fundamental de la ayuda cubana cuando, en la Conferencia de Solidaridad Cubana-Sudafricana (1995) diría que “los cubanos vinieron a nuestra región como doctores, maestros, soldados, expertos agrícolas, pero nunca como colonizadores. Compartieron las mismas trincheras en la lucha contra el colonialismo, subdesarrollo y el “apartheid”. Jamás olvidaremos este incomparable ejemplo de desinteresado internacionalismo”. Y ese fue el tono que predominó en los discursos pronunciados en el gran acto de despedida de las cenizas de Fidel el 29 de Noviembre del 2016 en la Plaza de la Revolución. Tanto los jefes de Estado de Sudáfrica como de Namibia recordaron que los cubanos no llegaron a esos países en busca de oro, diamantes o petróleos. Vinieron, dijeron ambos, a colaborar en nuestras luchas por la independencia. Y lo único que se llevaron fueron sus muertos, poco más de 2600.

Esta extraordinaria gravitación de Fidel era consecuencia de sus excepcionales condiciones como líder político. Gracias a su inteligencia, a su fina intuición, y a su inagotable curiosidad intelectual tenía la capacidad para percibir los acontecimientos futuros cuando estos se hallaban en estado germinal. Era, para usar la imagen que Lenin transmitiera sobre Rosa Luxemburg al enterarse de su asesinato, un águila que volaba más alto que el común de los mortales, percibía los datos del mundo real antes que los demás y su vista era más aguzada y podía ver más lejos. Hay dos ejemplos rotundos entre tantos otros. En la Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, 1992) advirtió, en un brillante discurso de siete minutos, que la humanidad era “una especie en peligro” ante el deterioro de las condiciones medioambientales que habían hecho posible la aparición de la vida humana en el planeta. Formuló esta advertencia ante la sonrisa socarrona y el escepticismo de eminentes mediocridades como Fernando Collor de Melo, Patricio Aylwin, Carlos S. Menem, Alberto Fujimori, Rafael Caldera, George Bush padre, Boris Yeltsin y Felipe González. Como un águila que vuela alto y ve lejos advirtió veinte años antes que los demás la gravedad del problema del cambio climático, que hoy está en la boca de cualquier político o gobernante, por torpe o rústico que sea. Lo hizo cuando el clima ideológico mundial estaba inficionado por el desenfrenado optimismo sobre el futuro de Estados Unidos y el supuesto triunfo de la globalización neoliberal. Cuando en la metrópolis imperial saludaban con suicida anticipación el advenimiento del “nuevo siglo americano” precipitado por la desintegración de la Unión Soviética y el coro polifónico del mundo académico y de los medios entonaba con fervor la melodía del “fin de la historia” Fidel en Río decía lo que nadie podía creer y anunciaba lo que nadie quería escuchar. Que en realidad sí podría haber un “fin de la historia”, pero no el que pregonaban los mandarines del imperio sino porque era la propia especie humana la que se encontraba en peligro. Un verdadero y apocalíptico final de la historia causado por el capitalismo.

El otro ejemplo de su extraordinaria clarividencia lo proporciona su “descubrimiento” de Hugo Chávez. Como se recordará, una vez indultado el bolivariano realizó una gira por varios países de América Latina y el Caribe. No le fue nada bien en ese recorrido, y muy pocos lo recibieron porque venía precedido por una fama de golpista que la prensa hegemónica se encargó de subrayar en cada etapa de su desplazamiento. Pero cuando el 14 de Diciembre de 1994 llega a La Habana, punto final de su periplo, al pie del avión y para tremenda sorpresa de Chávez (preguntó a los sobrecargos qué alto dignatario venía en el vuelo) lo estaba recibiendo Fidel en persona. A diferencia de tantos otros políticos y gobernantes latinoamericanos y caribeños al líder histórico de la Revolución Cubana no le pasó desapercibida la enorme potencialidad política encerrada en la figura de ese joven militar venezolano. Como un fino escultor que ante la agreste tosquedad de la roca imagina la obra maestra que brotará de su labor, Fidel percibió claramente que en Chávez había encontrado el acompañante perfecto, al imprescindible mariscal de campo que él, como estratega general, necesitaba para llevar a buen puerto su epopeya libertadora. Este encuentro dio origen a un dúo irresistible que cambió la historia latinoamericana y produjo la aplastante derrota del ALCA, el más importante proyecto que el imperio le tenía reservada a Nuestra América para todo el siglo veintiuno.

Político, estadista, estratega militar, Fidel fue además un notable intelectual. En el ya mencionado Encuentro del 2012, que se prolongó durante nueve fecundas horas, el Comandante nos repetía, una y otra vez: “Vine a escucharlos a ustedes, a aprender de ustedes” cada vez que algunos de nosotros le formulaba una pregunta. Por supuesto que las contestaba, haciendo gala de una información tan detallada que nos sumía en la perplejidad. Contestaba brevemente nuestras preguntas, porque su deseo más profundo era escuchar a sus interlocutores, a aprender de ellos. ¿Cuántos jefes de estado tienen esa misma humildad? Pocos, en realidad muy pocos. No exageraríamos un ápice si dijéramos que era una de las personas mejor informadas del mundo. Lo demostró a lo largo de más de cincuenta años y una vez más en esa notable reunión del 2012. Lector incansable, como Chávez; dotado de una curiosidad inagotable que transitaba desde la historia, la política y la economía hacia las nanociencias, la ingeniería genética y la astrofísica. Una de las imágenes imborrables es la de Fidel sentado en la primera fila de los eventos organizados por Casa de las Américas, la ANEC, la Feria del Libro, la Oficina de Estudios Martianos o durante la Asamblea General de CLACSO, en Octubre del 2003, tomando notas de cada una de las presentaciones, siguiendo atentamente las exposiciones y, a menudo, pidiendo la palabra y, de manera respetuosa no exenta, a veces, de una pizca de humor para relajar la tensión del expositor, formular alguna pregunta o hacer un comentario siempre sensato y casi siempre explorando derivaciones e implicaciones de lo que había sido dicho que habían pasado desapercibidas casi para todos los demás. Y siempre lo hacía desde la humildad, jamás procurando subestimar al otro sino más bien todo lo contrario. Demostrando con su actitud el respeto que tenía por las opiniones ajenas.

Fidel nos deja un inmenso legado, que enriquece el que nos dejaran Bolívar, Martí y los “padres fundadores” de la Patria Grande. Que nos legaran el Che, los dos Camilos (Cienfuegos, el cubano, y Torres, el colombiano) y más recientemente Chávez. Paradojalmente, su muerte lo inmortaliza. Su influencia, como la de los nombrados, no hará sino crecer con el paso del tiempo. Mientras subsista el capitalismo y el imperialismo continúe sembrando destrucción y muerte a su paso las enseñanzas de Fidel irán creciendo en importancia. Nos enseñó -en línea con las ideas de Martí y, posteriormente, con las reflexiones de Antonio Gramsci- que la batalla de ideas es un terreno decisivo de la lucha por la liberación de nuestros pueblos. Martiano y marxista a la vez hizo suyo el apotegma del Apóstol que decía que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”. Y ya desde finales del siglo pasado venía diciendo que el neoliberalismo había fracasado en lo económico y en lo político; que no había hecho crecer nuestras economías ni demostró ser capaz de redistribuir progresivamente los ingresos y la riqueza. Y que las políticas neoliberales estaban destruyendo la credibilidad y la legitimidad popular en las democracias. Si cuando lo decía era un profeta predicando en el desierto y sin nadie que lo escuchara, un cuarto de siglo después la biblioteca especializada está repleta de estudios y tesis doctorales que confirman lo que Fidel, como siempre, vio mucho antes que los demás. Hoy hablar de democracia ya es un despropósito. ¿Dónde? En Europa, donde la Führer alemana le ordena al gobierno griego que desconozca el resultado de un plebiscito y proceda en un sentido exactamente contrario al votado por el pueblo? ¿En Estados Unidos, donde la competencia electoral fue sustituida por la competencia entre los “fund raisers” que se encargan de conseguir donativos -ilimitados ahora por una decisión de la Corte Suprema- subordinando por completo el debate de ideas y de alternativas políticas por los resúmenes de las cuentas bancarias? Aquella premonitoria crítica de Fidel a las “democracias realmente existentes” hecha cuando en América Latina cundía la embriaguez por las promesas de la “transición democrática” que, como era de esperar, se vieron completamente frustradas es hoy moneda corriente de cualquier analista político. Todos hoy hablan de la crisis de la democracia, pero se cuidan de decir que quién primero dio la voz de alerta fue el líder cubano.

Pero si el neoliberalismo fracasó en estas dos dimensiones: la económica y la política, Fidel señalaba que obtuvo una rotunda victoria en el terreno de las ideas. Y que este predominio en el decisivo terreno de las creencias, las actitudes, los valores; en lo que establece lo posible y lo deseable a la vez que arroja por la borda lo que se considera imposible o quimérico, el neoliberalismo halló su clave de bóveda para sostener un edificio de mentiras –o la estúpida expresión posmoderna actual: “posverdades”- que terminaron desarmando ideológicamente a grandes sectores de nuestras sociedades que hicieron suyas las premisas y los valores de sus explotadores y terminaron votando por sus representantes políticos en Argentina, en Bolivia en el referendo del 21 de Febrero del 2016, o consintiendo la ilegal e inconstitucional destitución de Dilma Rousseff en Brasil. Va de suyo que esta tarea hubiera sido imposible sin la fenomenal concentración de los medios de comunicación de masas en manos de un puñado de gigantescos oligopolios controlados, directa o indirectamente, por el imperio y cuyos tentáculos y cuyas ramificaciones son claramente discernibles en América Latina y el Caribe. Por eso el llamamiento de Fidel a extremar nuestros esfuerzos para librar esa batalla en el terreno de las ideas, las sensibilidades y el imaginario de nuestras sociedades. Y de ahí el consejo que le daba a los cubanos: “¡No crean, lean!”.

Termino diciendo que el riquísimo legado político y doctrinario de Fidel exalta una serie de principios y valores fundantes de todo proyecto y toda estrategia de izquierda. La unidad, en primer lugar. Unidad para superar la fragmentación y dispersión de esfuerzos de todo el campo popular, anti-imperialista y anticapitalista a menudo desangrado en interminables polémicas internas que impiden sitiar la ciudadela de nuestros enemigos. Debates anacrónicos en la actualidad, por importantes que pudieran haber sido hace un siglo. Unidad en la diversidad, como se plasmó en el Movimiento 26 de Julio, en la Unidad Popular chilena de Salvador Allende, o en el PSUV venezolano, el MAS boliviano o la Alianza País ecuatoriana. Unidad que no suprime las diferencias pero que busca reconciliarlas para plantar un bloque unificado frente a un enemigo que busca aplastarnos y arrojarnos al basurero de la historia. Segundo, socialismo, como objetivo irrenunciable a partir de la constatación de que el capitalismo es lo que es, y que, apelando a una expresión que mi compatriota Jorge Luis Borges utilizaba para caracterizar al peronismo, “es incorregible”. Es un sistema que nos lleva al holocausto ecológico y social, y que destruirá el planeta y la humanidad. En consecuencia, ante el capitalismo intransigencia total pero remarcando además que hoy el socialismo es más necesario que nunca y, por lo tanto, la lucha antiimperialista más imprescindible e impostergable que nunca antes. Un rasgo definitorio de nuestra época es que las condiciones objetivas para el tránsito hacia esa forma civilizatoria superior que es el socialismo están madurando aceleradamente, pero no ocurre lo mismo con las condiciones subjetivas, con el estado de la conciencia y el imaginario popular cuyo retraso en relación a las primeras es tan ostensible como lamentable. Tercero, la solidaridad, expresada en el internacionalismo de la Revolución Cubana y también en el ámbito de la moral revolucionaria. Lo primero es muy conocido. Fidel apoyó sin excepción todas las luchas de liberación nacional de América Latina y el Caribe, África y Asia. Y posteriormente lo hizo enviando médicos, maestros instructores deportivos y especialistas en diversas áreas. En la actualidad Cuba tiene unos 48.000 médicos y profesionales de la salud instalados en los sitios más apartados e inhóspitos de 67 países. Pero esa solidaridad y compañerismo fueron también rasgos del Comandante en su calidad de jefe del 26 de Julio. Durante la travesía del Granma una fuerte ola sacudió a la embarcación y Roberto Roque, segundo capitán y piloto del yate, cayó al mar. Era noche cerrada y la marejada era muy fuerte. Sin embargo Fidel no vaciló un minuto y ordenó regresar hasta dar con el caído, a pesar de que el combustible era preciosamente escaso. Muchos de los guerrilleros ya lo daban por perdido, pero Fidel insistió en su búsqueda hasta que dio con él y Roque fue rescatado sano y salvo. ¿Cuántos jefes militares habrían hecho lo mismo en esas condiciones? Muy pero muy pocos. Pero Fidel lo hizo. Fidel era único.

Fidel ha muerto, pero no se ha ido. Seguirá por los siglos como una fuente de inspiración para todas las rebeldías. Nosotros, en la izquierda, no tenemos a nuestra disposición el fenomenal arsenal de empresas, instituciones, universidades, “tanques de pensamiento”, medios de comunicación y redes diplomáticas con que cuenta la derecha. Pero, en cambio, tenemos algo de lo cual esta carece: la fuerza moral que brota de figuras ejemplares, como Fidel, Chávez, el Che, los dos Camilos y tantos otros. Y esos personajes tienen una virtud excepcional: lejos de que sus luces se extingan con su muerte, brillan cada vez con más fuerza en el firmamento político latinoamericano y caribeño. En la segunda mitad del siglo veinte la derecha tuvo un puñado de grandes políticos de proyección mundial: De Gaulle, Churchill, Kennedy para nombrar los más relevantes. ¿Qué queda de ellos? Estatuas, monumentos, alguna que otra biblioteca con sus nombres pero nada, absolutamente nada más. Su recuerdo se fue disipando con el paso del tiempo. En Nuestra América, ¿quién se acuerda hoy de dos gobernantes a los que Washington encumbró como las “alternativas democráticas” de la Revolución Cubana? Hablamos de Eduardo Frei Montalva, en Chile, con su famosa (y decepcionante) “revolución en libertad”, misma que, como era de esperar, fracasó y abrió las puertas al triunfo de Salvador Allende en 1970. Y también de Luis Muñoz Marín, gobernador de Puerto Rico, que la Casa Blanca exhibía para demostrar que podía haber algo mucho mejor que Cuba en el Caribe. Ni el uno ni el otro dejaron nada a su paso y fracasaron sin atenuantes. Parafraseando a Fidel, podemos afirmar que la historia no los absolvió sino que su veredicto fue aún más cruel: los olvidó. El Che, en cambio, adquirió luego de su muerte una gravitación excepcional, que no cesa de crecer, superior a la que tuvo en vida. Quienquiera que luche contra la injusticia y la opresión encuentra en la imagen del Guerrillero Heroico un símbolo que transmite sin ambigüedad alguna su mensaje de rebeldía. En Latinoamérica pero también en Asia, África, Medio Oriente y, también en Europa y ahora, de a poco, en Estados Unidos. Y lo mismo está ocurriendo con Chávez y, sin ninguna duda, idéntica cosa ocurrirá con Fidel. Nuestros muertos nos dejan un legado imperecedero y sus valores y sus ideas –las famosas trincheras de Martí- son fecundas fuentes de inspiración para las luchas de hoy. Fidel, con su pasión quijotesca de “soñar sueños imposibles, luchar contra enemigos imbatibles y alcanzar la estrella inalcanzable” seguirá estando más presente que nunca en las luchas para abolir al capitalismo y, de ese modo, salvar la continuidad de la especie humana. Será, como Martí lo fue del Moncada, el autor intelectual de todos los asaltos que, en cualquier parte del mundo, se realicen contra las decrépitas murallas del capitalismo. Fidel sigue viviendo entre nosotros, sólo que de otra manera. Oímos su voz, quedamos deslumbrados por la exuberante gestualidad que acompaña su palabra, leemos miles de páginas con sus escritos y reflexiones. Todo ese verdadero tesoro político nos insufla la fe y la convicción necesarias para librar con éxito la batalla contra la dictadura del capital. Esa fe y esa convicción con las cuales Fidel emprendió con éxito la campaña en Sierra Maestra luego del desembarco del Granma el 2 de Diciembre de 1956; o cuando más de dos semanas más tarde de la desastrosa llegada a tierras cubanas Fidel se encuentra con Raúl y unos pocos combatientes más y le pregunta: «¿Cuántos fusiles traes?’ -‘Cinco’ respondió Raúl-. ‘Y dos que tengo yo, siete!» Satisfecho, dijo con absoluto convencimiento ante sus atónitos compañeros: «¡Ahora sí ganamos la guerra!», y la ganó ; o cuando aseguró que Cuba sobreviviría a los horrores del “período especial” agravado por el criminal bloqueo de Estados Unidos; o cuando dijo que el niño Elián volvería a Cuba, y volvió; o cuando afirmó que “los 5” volverían a Cuba, y volvieron. Ese gramsciano optimismo de la voluntad de Fidel, capaz de mover montañas, sigue siendo un patrimonio decisivo para la izquierda mundial. Y nos dio una prueba la noche del 29 de Noviembre en la que el pueblo habanero despedía sus cenizas y, ya extinto y todo, Fidel removió, en beneficio de Cuba y para sorpresa de Estados Unidos, las piezas del tablero geopolítico mundial al convocar a la Plaza de la Revolución a más de un centenar de representantes de gobiernos de todo el mundo, diecisiete de los cuales -entre ellos dos de los tres actores más significativos de la arena política internacional: China y Rusia- además hicieron uso de la palabra para homenajear su vida y su obra y para declarar su inconmovible solidaridad con la Revolución Cubana. Desde otro lugar Fidel sigue (y seguirá) siendo protagonista de la historia. Por eso en el título de esta nota me permití parafrasear el hermoso libro de Katiuska Blanco, Fidel: guerrillero del tiempo diciendo que sería el guerrillero de todos los tiempos que nos esperan. Y por eso, para recordar su historia y sus enseñanzas, sería bueno que la izquierda latinoamericana y caribeña declarase el 25 de Noviembre, día en que Fidel partió de Tuxpan con el Granma para, exactamente sesenta años después, iniciar su tránsito hacia la inmortalidad, el «Día Universal del Antiimperialismo.» Pocas fechas están más cargadas de significado revolucionario y antiimperialista que el 25 de Noviembre.

Publicado en Cuadernos Marxistas Nº 12 – Junio de 2017