Inicio Internacionales Para la política de nuestra América

Para la política de nuestra América

278
0

¿Cuándo un partido deviene «necesario» históricamente? Cuando las condiciones para su «triunfo», para su ineludible transformarse en Estado están al menos en vías de formación y dejan prever normalmente su desarrollo ulterior.
Antonio Gramsci[1]

Por Guillermo Castro H. /  Con Nuestra América

En efecto, la lectura del Programa y los Estatutos de aquella organización creada en 1892, recuerdan de inmediato –en esta región tan rica en demagogos y caudillos– la observación de Antonio Gramsci en el sentido de que “en la época moderna” el nuevo dirigente no podría ser ya un héroe personal, “sino un partido político”, que en cada momento dado y en las diversas relaciones internas de las diferentes naciones intenta crear “un nuevo tipo de Estado”.

Si bien ese partido sería sin duda “la expresión de un grupo social y nada más que de un sólo grupo social”, en determinadas condiciones históricas podría ejercer “una función de equilibrio y de arbitraje entre los intereses del propio grupo y el de los demás grupos”, para que el desarrollo de su base social se produjera “con el consentimiento y con la ayuda de los grupos aliados y en ciertos casos, con el de los grupos adversarios más hostiles.” Así, añadía, el significado y el peso histórico de un partido dependerían de la medida en que su actividad hubiera influido o influyeraa “en la determinación de la historia de un país.”

La existencia de un partido, por otra parte, requiere de tres elementos fundamentales. En primer lugar, “hombres comunes, medios, que ofrecen como participación su disciplina y su fidelidad, mas no el espíritu creador y con alta capacidad de organización.” En segundo, “el elemento de cohesión principal, centralizado en el campo nacional, que transforma en potente y eficiente a un conjunto de fuerzas que abandonadas a sí mismas contarían cero o poco más.” Y el tercero, un “elemento medio, que articula el primero y el segundo en un sentido no sólo “’físico’ sino moral e intelectual.”

En cada sociedad, la eficacia del partido dependerá de la proporción adecuada de estos elementos. El máximo de esa eficacia, dice, tendrá lugar con el surgimiento de una férrea convicción colectiva sobre la necesidad de una determinada solución de los problemas vitales. En esa tarea, el segundo elemento dejará además “un fermento que le permita regenerarse”, como lo hiciera el legado martiano el 26 de julio de 1953, para renovar el proceso de formación y liberación nacional del pueblo cubano, en curso desde el 10 de octubre de 1868.

A esta luz se facilita comprender que el Partido Revolucionario Cubano no naciera ni “de la vehemencia pasajera, ni del deseo vociferante e incapaz, ni de la ambición temible; sino”

del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la república, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana. Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de fuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano.[2]

No correspondía a un hombre solo, por virtuoso que fuera, la tarea de transformar a un pueblo entero en un sujeto político dotado de conciencia propia, y de la capacidad para ejercerla. Martí, por el contrario, veía en el pueblo el producto “de muchas voluntades, viles o puras, francas o torvas, impedidas por la timidez o precipitadas por la ignorancia”, para cuya construcción política había que

deponer mucho, que atar mucho, que sacrificar mucho, que apearse de la fantasía, que echar pie a tierra con la patria revuelta, alzando por el cuello a los pecadores, vista el pecado paño o rusia: hay que sacar de lo profundo las virtudes, sin caer en el error de desconocerlas porque vengan en ropaje humilde, ni de negarlas porque se acompañen de la riqueza y la cultura.[3]

De ese deponer y ese atar nació así “un partido de revolución,” para seguir “la vía radical de los padres y criar raíces nuevas”, que facilitaran a los revolucionarios “poner en obra política, alta y sostenida, su entusiasmo romántico disperso,” y mostrarse “juntos en un plan inexpugnable para la obra alta y sostenida, juntos, en una organización sencilla y sana, ¡para recoger y fundir la revolución ambiente!”[4]

En esa “revolución ambiente”, los partidos que “vienen a ser el molde visible del alma de un pueblo, y su brazo y su voz”, contribuyen además a enriquecer el proceso de forja de una cultura y una identidad colectivas, más y mejor articuladas tanto a las necesidades de la nación como a las transformaciones en curso en el sistema mundial. Así, en tiempos en que el Estado liberal oligárquico alcanzaba sus mayores logros y el imperialismo emergía como la nueva fuerza ordenadora del sistema mundial, el Partido Revolucionario Cubano podía señalar que

En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, –mero fortín de la Roma americana;–y si libres, –y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora–serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada, y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio–por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles, –hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.

           Y de allí desprendía una advertencia tan vigente hoy como entonces:

“Un error en Cuba”, decía Martí, “es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba, se levanta para todos los tiempos.”

Quien lo dude, pregunte al Norte “revuelto y brutal, que nos desprecia”, y a quienes desprecian a sus propios pueblos en la casa que debería ser común. De boca de horno será hoy la claridad de la respuesta.

[1] Antonio Gramsci: Notas sobre Maquiavelo, sobre política y el Estado Moderno. El moderno Príncipe. (Fragmentos) www.gramsci.org.ar

[2] “El Partido Revolucionario Cubano”. Patria, Nueva York, 3 de abril de 1892. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975. I: 366.

[3] «El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución y el deber de Cuba en América» Patria, Nueva York, 17 de abril de 1894. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. III: 138-143.

[4] “La proclamación del Partido Revolucionario Cubano el 10 de abril”. Patria, Nueva York, 16 de abril de 1892. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. I: 388 – 389.