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Un mundo que muere y otro que surge

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Por Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

La reacción agresiva y belicosa que están teniendo las diferentes fuerzas reaccionarias de derecha en América Latina es impresionante. Más aún cuando muchos de los que reaccionan de esa forma no son, realmente, miembros de los reducidos y elitistas grupos que verdaderamente tienen el poder económico, grupos cada vez más ricos pero también más pequeños cuyos miembros más conspicuos seguramente nunca salen a ostentar su odio públicamente, y muy posiblemente ni se lleguen a enterar de los conflictos callejeros en los que se engarzan las clases medias de nuestro continente porque se encuentran en otra parte, literalmente, en una burbuja que los separa y aísla de ese mundo incierto, en el que hay que hacer prevalecer «la diferencia» que caracteriza a las clases medias de sus países de origen.

Como ya han mostrado algunos antropólogos y sociólogos que se ocupan del tema, las identidades sociales contemporáneas no sé construyen solamente a partir de factores económicos que se establecen a partir de  formas de incorporación al sistema productivo dominante, sino que hoy por hoy tienen cada vez más peso factores simbólicos, muchos de ellos asociados a la forma como se consume y las marcas socio-culturales que de ello se derivan.

Es decir, no sé trata solo de ser sino también de parecer. En un subcontinente en el que siguen prevaleciendo amplios contingentes de población en la pobreza; en el que el sistema nos remarca día a día que ser pobre es sinónimo de fracaso; que se fracasa porque se es inútil, falto de iniciativa, haragán, bueno para nada o, directamente, bobo; en el que el éxito social se mide en tanto y en cuanto se es capaz de tener cosas; en una sociedad de este tipo, es necesario ostentar que se cumplen con los parámetros valorados como positivos, que permiten la aceptación de los otros, el reconocimiento como un igual y, por lo tanto, el acceso a la comunidad de los elegidos, que es sinónimo de no ser pobre.

Históricamente, en América Latina las fronteras entre los pobres y las clases medias han estado marcadas por signos que son fácilmente identificables en  la cotidianidad. Signos que todos entienden porque están culturalmente arraigados, que no están escritos en ninguna parte ni normados en ninguna ley, pero que si se trasgreden inmediatamente de detectan y censuran. Signos a veces nimios, como saber quién tiene derecho a tratarme de usted o a tutearme; como saber a quién se le dice don y a quien señor; como saber quién está «fuera de lugar» en una cafetería, en un restaurante, en un centro comercial o en una iglesia.

Esos signos son los que hacen la diferencia, los que certifican que yo he logrado ser «otra cosa» distinta a esa masa, una cosa certificadamente exitosa y, por lo tanto, que valgo algo en la vida, que «soy alguien» que ha sabido hacerse «un lugar». En esta ideología son signos, además, que no solamente se logran con esfuerzo propio, sino que son parte de un patrimonio heredado, lo que quiere decir que forman parte de un haber colectivo, de un conjunto de símbolos socialmente constituidos en el pasado, pero no en cualquier pasado, sino en un pasado asociado con lo constitutivo, fundacional, cuando se pusieron las bases del pacto social que sustenta a la nación, que es el pacto primigenio intocable, sagrado, en donde encuentra expresión reconcentrada la noción de Patria, la misma a la que se celebra frente a los grandes monumentos, a la que se le componen y se le cantan himnos, y a la que si se le falta el respeto hay que defender hasta con la vida.

Cuando todo ese cuerpo de signos y símbolos es transgredido se comete un pecado que debe ser castigado y expiado para que la alteración del orden natural no lleve al destramamiento del sustrato otorgador de sentido. Mientras exista la transgresión se está en un estado de alteración social en el que prevalece la inestabilidad y la ansiedad por la incertidumbre.

En América Latina, con las medidas tomadas desde los gobiernos nacional populares de los primeros 15 años  del siglo XXI, se alteró ese orden «natural» de las cosas. Las clases medias fueron sometidas a un estrés socio-cultural inédito que potenció en ellas una alarma similar a la que se dispara intuitivamente cuando la vida está en peligro. Su respuesta tiene este rango, el de la supervivencia, y por lo tanto es superlativamente agresiva y rencorosa contra el peligro que identifican.

Se trata de dos mundos aparentemente contrapuestos, producto cada uno de modelos de sociedad distintos. El modelo emergente, sin embargo, está apenas en formación, no está acabado ni mucho menos. Modelos que se emparentaban con él desaparecieron y sumieron en la incertidumbre al campo de lo alternativo a lo dominante. Es, por lo tanto un modelo (sería mejor referirse a él en plural) con falencias múltiples, que tantea en muchos sentidos, inmerso además en un contexto mundial que le es por el momento adverso.

Pero el solo hecho que se haya manifestado entraña varios anuncios. Para lo dominante, uno de peligro. Para lo emergente una muestra de lo que se está gestando, de lo que es posible hacer si existen o se construyen ciertas condiciones.

Se trata de un movimiento subterráneo que ha emergido con fuerza, que ha mostrado su potencial pero que no ha logrado aún prevalecer. Sus características futuras son impredecibles porque las fuerzas que lo conforman son variopintas y no han alcanzado consensos en cuanto al posible proyecto alternativo.

Es imprescindible, sin embargo, que en tiempo relativamente corto logre prevalecer. El mundo humano está en una encrucijada vital que no tiene solo que ver con la estructura social sino con la supervivencia de la especie misma. El viejo modelo no está en la capacidad de dar las respuestas adecuadas y solo otro alternativo, diferente, podría, eventualmente, ofrecer las necesarias.

En este contexto, se seguirá teniendo la oposición violenta de las clases medias que se sienten amenazadas en su modo de vida pero no hay alternativa. Nos estamos aproximando a un período de cambios radicales, revolucionario que, como tal, será doloroso. Eso no vale solo para nosotros, los latinoamericanos, sino  también para otros lugares, como los Estados Unidos, a los que usualmente no asociamos con estos avatares.

 

El desorden  masivo y generalizado que vivimos hoy en América Latina tiene que ver con esto y es anuncio, tanteo, de otra cosa, de otro ordenamiento que no se sabe qué es pero que no es lo que hay, lo que prevalece, lo vigente.