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Período negro, destino abierto

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Por Guillermo Castro H. / Desde Ciudad Panamá

“En política”, solía decir el General Omar Torrijos, “no hay sorpresas, sino sorprendidos.” Su razón parece comprobarse a la luz de lo que Immanuel Wallerstein (1930 – 2019) nos advirtiera en 1994 sobre las contradicciones internas que conducían al sistema mundial hacia la crisis global que hoy enfrenta.[1] Aquella reflexión estuvo dedicada en particular a la formación y crisis del liberalismo como geocultura del sistema mundial entre 1848 y 1989, y a la contribución de esa crisis al proceso de desintegración de ese sistema. Hoy, cuando las movilizaciones de protesta recorren del mundo desde Hong Kong a Bagdad, Beirut, Barcelona y Santiago de Chile resalta en ella su perspectiva histórica.

Wallerstein empezaba entonces por recordarnos que para fines del siglo XVIII el sistema mundial constituía una estructura que incluía ya una división del trabajo para la transferencia de plusvalía desde las zonas periféricas a las centrales, y un sistema político compuesto por “estados que se declaraban soberanos”, pero carecía aún de “de una geocultura legitimadora”. Esa geocultura vino a ser forjada a partir de dos ideas característica de la Ilustración: que “el cambio político era algo normal, no excepcional; y que la soberanía residía en el ‘pueblo’, no en un soberano.”

Desde allí, el liberalismo emergió en el siglo XIX ante el conservadurismo y el socialismo como la ideología más adecuada “para dar a la economía-mundo capitalista una geocultura viable”, haciendo del centrismo “una estrategia activa”, sustentada por la premisa ilustrada de que “el pensamiento y la acción racionales eran el camino hacia la salvación, hacia el progreso”, mediante «el cambio político normal».

Ese cambio, debía ser guiado por “los más educados, los más cualificados, los más sabios”: hombres que – como Winston Churchill o John F. Kennedy, por ejemplo – podían ser a un tiempo “favorables al laissez-faire y a las leyes fabriles”, según conviniera a lo realmente fundamental: “el progreso deliberado y mesurado hacia la buena sociedad”, apaciguando a las clases trabajadoras sin afectar “los elementos esenciales del sistema capitalista.” De este modo, el liberalismo no fue por necesidad “antiestatista”, pero si fue antidemocrático, pues al concentrar el poder en aquella “meritocracia” evitaba los riesgos de “el poder de todo el pueblo, la democracia”.

Para fines del siglo XIX, el liberalismo garantizó a los trabajadores rurales y urbanos del mundo Noratlántico el sufragio universal, el comienzo del Estado de bienestar y una identidad nacional, todo ello bajo el envoltorio del «reformismo racional». Sin embargo, para entonces las clases peligrosas del mundo no europeo comenzaban a agitarse políticamente, desde México a Afganistán, Egipto, Persia la India y China, y el «normal cambio político» y la «soberanía» pasaron a ser aspiraciones de los pueblos del mundo entero.

A partir de ese momento, los liberales se preocuparon por “la extensión del concepto de reformismo racional” al conjunto del sistema-mundo, desde Woodrow Wilson y su «autodeterminación de las naciones», hasta Harry Truman con su Punto IV, destinado a favorecer el «desarrollo económico de los países subdesarrollados», tras la Segunda Guerra Mundial. La universalización del liberalismo en el siglo XX, sin embargo, se tornó más complejo con el ascenso de los movimientos de liberación nacional de las décadas de 1960 y 1970, que reclamaban para sus pueblos las virtudes “del programa liberal de autodeterminación de las naciones y desarrollo económico de los países subdesarrollados.”

A partir de allí, junto a un primer mundo liberal, con su derecha conservadora y su izquierda socialdemócrata, se constituyeron un segundo mundo, socialista, y un tercero integrado por movimientos de liberación nacional triunfantes en Asia, África, de América latina y de Oriente Medio. Tal fue la estructura geopolítica dominante en el periodo de la Guerra Fría. Esa estructura, cuestionada por el ciclo de protestas que recorrió el sistema mundial desde París a Checoslovaquia, a Estados Unidos a México entre 1968 y 1973, terminó siendo la principal víctima de aquella contienda.

En efecto, el derrumbe de la Unión Soviética y su esfera de influencia en 1989 privó al liberalismo de la izquierda que le permitía actuar como centro. Esto provocó su corrimiento hacia la derecha, arrastrando consigo a la socialdemocracia, y sentando la situación política que vino a encontrar expresión en el neoliberalismo conservador, que en nuestra América adquirió un claro carácter oligárquico. Con ello, ante la idea hegeliana de que todo lo real es racional, y todo lo racional es real, emergió nuevamente la filosofía de la praxis para reafirmar que lo históricamente necesario es racional, y puede tornarse en real, hasta que deja de ser necesario, y se torna por tanto irreal.

Para Wallerstein, los acontecimientos de 1989 dieron paso a un “Período Negro” que podría prolongarse hasta algún momento entre 2014 y 2039. Ese período, dijo, se expresaría en realidades nuevas, como “la extensión de la mecanización de la producción; la eliminación de las restricciones espaciales para el intercambio de mercancías y de información; la desruralización del mundo; un ecosistema próximo al agotamiento; el alto de grado de monetarización del proceso de trabajo, y el consumismo, entendido como una mercantilización del consumo muy extendida”. Todo ello generaría contradicciones que acentuarían la protesta social y la lucha de clases, y podría abrir paso a “una lucha masiva que tomaría incluso la forma de una guerra civil, tanto a nivel mundial como en cada estado.”

Hoy, aquel Período Negro desemboca en la crisis del neoliberalismo. Desde Wallerstein, podemos plantearnos alcanzar “un sistema histórico relativamente igualitario y totalmente democrático”, sustentado por “un sentido más moderado y equilibrado de la historia y de su evaluación cultural mediante una aguda y constante lucha política y cultural” contra el carácter eurocéntrico de la geocultura liberal. Y si esto “puede parecer demasiado vago,”

es tan concreto como puede serlo cuando nos encontramos en el centro de un torbellino. Primero, asegúrense de hacia qué orilla quieren nadar. Y después, traten de lograr que todos sus esfuerzos inmediatos les conduzcan hacia ella. Si quieren una mayor precisión, podrían no encontrarla y ahogarse mientras la buscan.

Conocemos nuestra orilla desde que Martí publicara “Nuestra América”, en 1891. Nunca como ahora ha sido tan claro y visible hacia dónde encaminarnos.

[1] Wallerstein, Immanuel, 1994: “Agonías del capitalismo”. Avispar Iniciativa Socialista, nº31, octubre 1994. Publicado originalmente por New Left Review, nº 204. Tomado de www.rebelion.org, 16 junio 2001.