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La más grave amenaza para nuestra América

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Por André Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

En un discurso pronunciado el pasado 10 de abril ante la Asamblea Nacional de Cuba, al proclamarse la nueva Constitución de la República, Raúl Castro advirtió que “el actual Gobierno de los Estados Unidos y su ambición hegemónica hacia la región, plantean la amenaza más perentoria de las últimas cinco décadas a la paz, la seguridad y el bienestar de Latinoamérica y el Caribe”. Sus palabras, que no se circunscribían sólo al contexto cubano, sino que alcanzaban resonancia continental, hacían eco de otro mensaje, el del 1 de enero de este año, en la celebración del 60 aniversario del triunfo de la Revolución Cubana, cuando exhortó a sus compatriotas a “prepararnos meticulosamente con anticipación para todos los escenarios, incluyendo los peores”, dadas las intenciones expresas del gobierno de los Estados Unidos de “retrotraer la historia” a las épocas más siniestras de aplicación de la Doctrina Monroe, estrechando “el cerco imperial en torno Venezuela, Nicaragua y nuestro país”.

Las recientes sanciones decretadas arbitrariamente por el presidente Donald Trump contra Venezuela, que en la práctica formalizan el bloqueo económico total al país suramericano –algo que se venía preparando desde hace varios años-, no solo ratifican la gravedad del diagnóstico expuesto por Castro, sino que también dan cuenta de los enormes peligros para el futuro de nuestra América que se desprenden de la nueva correlación de fuerzas en la política interamericana.

El ensañamiento del imperio norteamericano contra el proceso político de la Revolución Bolivariana, contra el presidente Nicolás Maduro y, en general, contra el pueblo venezolano –sin distinción de afinidades y militancias en cualesquiera de los bandos que hoy se confrontan a lo interno de la sociedad-, alcanza con esta medida dimensiones de locura, rapiña y barbarie, inéditas en más de medio siglo. Retrata el talante inhumano de la administración Trump, su prepotencia basada en los delirios supremacistas y de predestinación, y sobre todo, su desprecio por el diálogo que conduce a la convivencia civilizada y a la construcción de verdadera democracia.

Dirigida por criminales de guerra, que se regodean en la impunidad mientras ejercen cargos públicos, la diplomacia estadounidense decidió dinamitar las negociaciones que avanzaban los representantes del gobierno venezolano y la oposición. Washington, pues, declara que no quiere la paz: sólo el sometimiento a su voluntad y la destrucción de todo aquello que, con aciertos y errores, ha logrado construir el chavismo en estos años de revolución. John Bolton, el asesor de seguridad de Trump, no ha tenido empacho en reivindicar públicamente esta medida como continuidad del historial injerencista norteamericano, alegando que el bloqueo “funcionó en Panamá, en Nicaragua, y lo hará en Venezuela y Cuba”.

Pero acaso lo que más duela -aunque tampoco debería sorprendernos- es que el bloqueo imperial sea celebrado por ciudadanos latinoamericanos: en primer lugar, por los líderes de la derecha radical venezolana, encabezados por el títere Juan Guiadó; luego, por sus pares en los otros países de la región; y finalmente, por el puñado de gobiernos que, articulados en el nefasto Grupo de Lima, siguen obedientes y sumisos los mandatos de la Casa Blanca.

“Un bloqueo se apoya en la complicidad de países que deberían ser fraternos y se convierten en fratricidas”, dijo con acierto el intelectual Luis Britto, evocando las similitudes entre la coyuntura actual y las acciones diplomáticas y militares de los gobiernos latinoamericanos que, por obra u omisión, respaldaron el último bloqueo imperialista que sufrió Venezuela en 1902, cuando Inglaterra, Alemania e Italia desplegaron sus flotas para exigir al gobierno de Cipriano Castro el pago de la deuda externa contraída por sus antecesores. “Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás”, había escrito José Martí en su ensayo Nuestra América (1891). Y no le faltaba razón: la traición también corre por la sangre de las élites de nuestros países, que no han titubeado, ni ayer ni hoy, en manchar sus manos con la sangre “del hermano castigado más allá de sus culpas”.

Aquel conflicto entre potencias europeas y Venezuela se dirimió por medio de las gestiones diplomáticas de los Estados Unidos, que aprovecharon la ocasión para forzar una negociación de las partes favorable a sus intereses; pocos meses después, el presidente Theodore Roosevelt declararía su recordado corolario a la Doctrina Monroe, con el cual Washington se arrogó el derecho de ejercer de policía internacional ante la insolvencia de cualquiera de los países americanos. Se trató, pues, de una maniobra del imperialismo para limpiar de competidores su patio trasero, en virtud de la cual se sucedieron, en cuestión de tres décadas –hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial-, intervenciones militares en Centroamérica y el Caribe para asegurar la penetración de los capitales monopólicos y afianzar sus pretensiones geopolíticas. ¿Asistimos al inicio de una nueva escalada intervencionista de los Estados Unidos, que blande una vez más la espada amenazante de la Doctrina Monroe contra los empeños de soberanía, independencia y autodeterminación de los pueblos de América Latina? ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar en su ofensiva?

He aquí una de las grandes cuestiones latentes a partir de este giro en las agresiones a Venezuela, que al menos deja claro, para la opinión pública mundial, una verdad incuestionable: el imperialismo ni desapareció, ni pasó de moda, ni es un delirio de intelectuales trasnochados tras la caída del muro de Berlín y el supuesto fin de la guerra fría. Las entrañas del monstruo no se han saciado. En cambio, es cada vez más cierto lo que nos dejó dicho Ernesto Guevara: “no se puede confiar en el imperialismo, pero ni tantito así, nada”.