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Cien años de la Semana Trágica y del asesinato de Rosa Luxemburgo

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Por Marcelo F. Rodríguez1

En estos días se cumplen cien años de la sangrienta represión contra el movimiento obrero conocida como la Semana Trágica en la ciudad de Buenos Aires y del asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en Berlín.

¿Qué tienen en común estos hechos? El accionar represivo y asesino contra obreros, obreras y militantes que lucharon por sus derechos y la revolución enfrentando al poder del capital.

Resulta un acto de total justicia recordar y homenajear a estos luchadores en estos tiempos en que las derechas se muestran envalentonadas en buena parte del mundo.

Basta ver a Donald Trump agitar nuevamente el fantasma del comunismo en su enfrentamiento con China y a una Europa donde los grupos filonazis crecen impulsando la xenofobia contra los migrantes y se imponen políticas represivas.

Ver como en nuestro continente los gobiernos de derecha atacan constantemente a Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, impulsando bloqueos y campañas de desestabilización para provocar sus caídas, mientras en Brasil, en un acto de extrema transparencia reaccionaria Jair Bolsonaro propone “limpiar” las estructuras estatales brasileras de simpatizantes del PT y anuncia persecución para los comunistas mientras un ministro suyo manda a los indios a vivir a Bolivia.

En nuestro país, el gobierno de Mauricio Macri continua en su política de ajuste, entrega, saqueo y represión contra el pueblo argentino y, para dar solo algunos ejemplos, avanza en un plan de militarización en acuerdo con EEUU e Israel, vuelve a proponer la baja de la edad de imputabilidad a la vez que desfinancia la educación y se propone cerrar profesorados, defiende el “gatillo fácil”, carga con los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel entre otros y mantiene presos y presas políticas como Milagro Sala, mientras ensaya alquimias electorales para reelegirse este año.

Por eso, estos dos aniversarios que nos recuerdan, por si hacía falta, la coherencia asesina de las derechas en su permanente tarea de sojuzgar y explotar al movimiento obrero y la vigencia de la lucha de clases.

El 7 de enero de 1919 comenzó la feroz represión contra los obreros de los Talleres Metalúrgicos Vasena, en la ciudad de Buenos Aires, quienes desde principios de diciembre de 1918, venían organizando huelgas para exigir la reducción de la jornada laboral de 11 a 8 horas, mejores condiciones de salubridad, la vigencia del descanso dominical y aumento de salarios.

La respuesta de la patronal no se hizo esperar. Como bien señaló Osvaldo Bayer:

La respuesta del poder fue bala y más bala. Con los uniformados de siempre. Esta vez ya con la ayuda de los muchachos del barrio Norte, las guardias blancas, la llamada después `Liga Patriótica Argentina´. Salieron a matar `anarquistas, rusos, judíos y enemigos de la Patria´. Las calles de Buenos Aires quedaron teñidas de sangre obrera”.

A la represión, llevada adelante por la policía, el ejército y rompehuelgas, se sumo un grupo de de la oligarquía argentina que, aterrada por la fuerza de la protesta y el peligro de que se instale un “soviet obrero” en Buenos Aires inspirado en la reciente revolución bolchevique, se propuso aplastar la conspiración judeo-maximalista y anarquista formando la “Liga Patriótica”, responsable de cientos de asesinatos y de haber llevado adelante una cacería de ciudadanos judíos en el barrio de Once en lo que se conoce como el primer pogrom que tuvo lugar en América Latina.

El testimonio de José Mendelsohn en Di Idische Tzaitung (La Gaceta Israelita), del 10 de enero de 1919 es elocuente: “En la comisaría 7ª, los soldados, vigilantes y jueces encerraban en los baños a los presos (en su mayoría judíos) para orinarles en la boca. Los torturadores gritaban: `¡viva la patria, mueran los maximalistas y todos los extranjeros!´”.

Al finalizar la huelga el 14 de enero, la patronal cedió un acuerdo con el aval del gobierno radical de Yrigoyen en el cual se otorgaba la libertad a los más de dos mil presos, un aumento salarial de entre un 20 y un 40 %, según las categorías, el establecimiento de una jornada laboral de nueve horas y la reincorporación de los huelguistas despedidos. 

El saldo fue, según diversas fuentes, de entre 700 y 1300 muertos y más de 4000 heridos. Como decía Bayer, Las calles de Buenos Aires quedaron teñidas de sangre obrera.

Un día después de haber finalizado la Semana Trágica en Buenos Aires, el 15 de enero de 1919, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, eran asesinados en Berlín.

Oradora encendida, polemista implacable, trabajadora incansable y llena de amor propio, “Rosa la Roja” –como la llamaban sus detractores– se encontraba empeñada en una empresa teñida de originalidad para su época.

La experiencia vivida en carne propia de la situación de opresión y sobreexplotación sufrida en su doble condición de mujer y judía, fue convertida por ella en una vía de acceso clara y definitiva a la experiencia de la necesidad de la revolución comunista integrando los contenidos de estas problemáticas en sus análisis sobre la explotación de clase en el sistema social capitalista.

Es así que Rosa Luxemburgo emprendió una tarea cuya necesidad otros no atinaban siquiera a vislumbrar: el rescate de la radicalidad comunista como condición de existencia y eficacia no solo del movimiento revolucionario, sino del movimiento obrero sin más.

Esta idea constituyó el eje central de una serie de artículos en los cuales polemiza con las posturas revisionistas de Eduard Bernstein que luego fueron recopilados bajo el título de ¿Reforma social o Revolución?

En ellos, Rosa planteaba que el “arribo a metas mínimas e inmediatas o de transición por parte del partido revolucionario del proletariado, solo es efectivo políticamente si está organizado de tal manera que anticipa o hace presentes, en el contexto histórico concreto, las metas máximas del movimiento revolucionario, a saber: la conquista del poder, la abolición del capitalismo y la propiedad privada, de las clases y del Estado, logrando la instauración de la comunidad democrática”. Este rescate de la radicalidad comunista guió siempre la actividad y el discurso político de Rosa Luxemburgo.

En 1907, Rosa participó en Stuttgart en el Congreso de la II Internacional, donde se hace un llamamiento a la clase obrera para que se oponga a la inminente guerra interimperialista, llamado que se repite en el Congreso de Basilea de 1912.

Sin embargo, arrastrado por la ola nacionalista impulsada por la burguesía en Alemania, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) termina votando en el Parlamento los créditos de guerra, con la sola oposición de la izquierda del Partido representada por Karl Liebknecht, quien luego sería asesinado junto a Rosa.

La capitulación de la socialdemocracia fue para Rosa Luxemburgo un golpe terrible. La traición de un partido del cual se sentía parte, por el cual había luchado, y cuyo programa político y antimilitarismo fueron decisivamente impulsados por ella a lo largo de años la impulsaron a organizar la resistencia a la guerra y al militarismo desde la Liga Espartaquista.

Las consecuentes campañas públicas emprendidas por Rosa contra el militarismo y la guerra imperialista dieron lugar a que fuera detenida poco antes de la Primera Guerra Mundial, bajo el cargo de Traición a la Patria. Por este mismo motivo, permaneció bajo prisión preventiva desde 1915 hasta fines de 1918.

Rosa Luxemburgo fue asesinada en Berlín, junto a Karl Liebknecht, el 15 de enero de 1919, a los 48 años, dos meses después de haber sido liberada y dos semanas después de haber pronunciado su último discurso en el Congreso fundacional del Partido Comunista Alemán.

Su vigorosa intervención en los debates de la época, su inclaudicable compromiso con la causa del socialismo, la coherencia con que llevó adelante el debate teórico y la militancia revolucionaria hacen de Rosa uno de los referentes más importantes del pensamiento revolucionario comunista.

A cien años de estos sucesos, la memoria de los asesinados y reprimidos en la Semana Trágica y en tantas luchas obreras en la historia sigue legándonos su mensaje, un mensaje de lucha inclaudicable, de fortaleza para enfrentar estos tiempos difíciles tal como lo hizo Rosa Luxemburgo en su último artículo, escrito el día previo a su asesinato:

¿Qué nos enseña toda la historia de las revoluciones modernas y del socialismo? La primera llamarada de la lucha de clases en Europa, el levantamiento de los tejedores de seda de Lyon en 1831, acabó con una severa derrota. El movimiento cartista en Inglaterra también acabó con una derrota. La insurrección del proletariado de París, en los días de junio de 1848, finalizó con una derrota asoladora. La Comuna de París se cerró con una terrible derrota. Todo el camino que conduce al socialismo -si se consideran las luchas revolucionarias- está sembrado de grandes derrotas.

Y, sin embargo, ¡ese mismo camino conduce, paso a paso, ineluctablemente, a la victoria final! ¡Dónde estaríamos nosotros hoy sin esas «derrotas», de las que hemos sacado conocimiento, fuerza, idealismo!”

[…] “`El orden reina en Berlín´…pobres imbéciles. El orden de ustedes está construido sobre la arena. Mañana la revolución volverá a levantarse y tronará con sus trompetas: yo fui, soy y seré.”

 Sociólogo. Director del CEFMA (1)