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¿Por qué tiene que haber ricos?

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Por Juan J. Paz-y-Miño Cepeda / Historia y Presente – blog

Aunque mercantilistas y fisiócratas ya trataron sobre la economía política, la obra de Adam Smith (1723-1790) titulada Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776) es considerada como la primera en tratar la economía del capitalismo y en inaugurar, de este modo, la teoría económica, como rama especializada de las ciencias sociales.

Smith se propuso investigar cómo se produce la acumulación para la riqueza de una sociedad, pero no trató el contraste entre ricos y pobres. Sin embargo, logró entender que del trabajo del obrero provienen las ganancias del capitalista, aunque consideró a este hecho como una ley natural del sistema.

Fue Karl Marx (1818-1883) quien dio cuenta de la inconsistencia teórica de Smith y en su obra El Capital (1867) comprobó que, en efecto, siguiendo a Smith, del trabajo del obrero provienen las ganancias del capitalista, pero lo que Smith no investigó, Marx lo descubrió, pues opera un mecanismo que él denominó “plusvalía”. En otras palabras, el valor creado por los trabajadores en el proceso productivo, es superior al valor de su fuerza de trabajo y eso es lo que gratuitamente se apropia el capitalista por mantener la propiedad privada de los medios de producción.

De aquella época hasta la actualidad, las investigaciones sobre la riqueza y la pobreza sociales tienen un amplio desarrollo. Incluso se comprende mejor la diferencia entre países, como puede advertirse en el voluminoso y sugestivo estudio de David S. Landes (1924-2013), reconocido historiador y economista de Harvard, titulado La Riqueza y la Pobreza de las Naciones (con nueva edición 2018).

Desde 2010, la Cepal ha venido publicando diversos trabajos sobre el tema y en mayo de este año (2018) lanzó la obra La ineficiencia de la desigualdad (https://bit.ly/2KjOVWi), en la cual queda en claro que es precisamente la desigualdad en el reparto de la riqueza la que tiene impactos negativos para el desarrollo económico y social. Pocos años atrás, Thomas Piketty causaba un revuelo mundial con su obra El capital en el siglo XXI (2013), en el que demostró la tremenda desigualdad en cuanto al reparto de la riqueza, que tiende siempre a incrementarse. En definitiva, la economía funciona para el enriquecimiento de una elite que representa el 1% de la población mundial.

Desde hace años está muy claro que América Latina es la región más inequitativa del mundo. Es un problema que tiene origen histórico, pues su explicación se remonta a la época de la conquista y colonización de las poblaciones aborígenes y se ha reproducido bajo nuevos procesos durante la historia republicana. De acuerdo con esas experiencias, todo “modelo” de economía abierta, que confía en los valores de la empresa privada y del mercado libre, lo único que provoca es un agravamiento de la inequidad y de la concentración de la riqueza, como ocurrió en América Latina durante las décadas finales del siglo XX, cuando se impusieron la ideología neoliberal y los gobiernos empresariales.

En la historia latinoamericana, los gobiernos que fortalecieron las capacidades estatales y adoptaron explícitas políticas sociales, de redistribución de la riqueza mediante impuestos directos y orientación preferente por los pobres, solucionaron el problema de la inequidad, logrando avances significativos. Así ocurrió con los mal llamados “populismos” de los años 30 en adelante, con los “desarrollismos” de los 60 y 70 del pasado siglo, o con los gobiernos del ciclo progresista que caracterizaron a la región desde inicios del siglo XXI. En Ecuador, de acuerdo con la nota del Banco Mundial de abril 2017, entre 2006 y 2014 el PIB del Ecuador creció, en promedio al 4.3%, lo que permitió un mayor gasto público y sobre todo social y de inversiones; y gracias a ello, “la pobreza disminuyó del 37,6% al 22,5% y el coeficiente de desigualdad de Gini se redujo de 0,54 a 0,47 debido a que los ingresos de los segmentos más pobres de la población crecieron más rápido que el ingreso promedio”, aunque desde 2014, por una serie de fenómenos recesivos, la pobreza y el coeficiente de Gini permanecieron “básicamente estancados”, hasta el presente.

Entre avances y retrocesos (Ecuador vive hoy un ciclo de franco retroceso, cuyos índices empiezan a observarse, como lo demuestran las estadísticas del INEC), de acuerdo con un informe del Foro Económico Mundial (https://bit.ly/2ONRc1w) que analiza 30 países, tomaría entre 2 y 3 generaciones superar la pobreza existente en Dinamarca, Finlandia, Noruega o Suecia; pero 11 generaciones en Colombia y 9 en Sudáfrica o Brasil. No hay un dato específico sobre Ecuador, aunque también los datos del SRI dan cuenta de que 250 grupos económicos, vinculados a un puñado de familias, concentran la riqueza nacional.

El problema histórico no está solo en la pobreza, sino en la riqueza. Según un informe de Oxfam (Una economía al servicio del 1%), en 2015 sólo 62 personas poseían la mitad de la riqueza de todo el mundo. La pregunta que la humanidad actual debiera formular es ¿por qué tiene que haber ricos en el mundo?

Los ricos suponen que su riqueza proviene del trabajo personal. La historia y la economía demuestran que siempre proviene de acumulación socialmente generada. Por tanto, es necesario que la riqueza retorne a la sociedad que la origina. Y en ello las fórmulas a intentar son distintas. El mismo Piketty hace énfasis en los impuestos directos, que debieran alcanzar el 80% de los ingresos de los más ricos. La Cepal insiste en esos mismos impuestos directos y en las políticas estatales. Ecuador intentó regular los sueldos de los gerentes bancarios, lo que ocasionó un incendio contra el “correísmo”.

Sobre la base de que es necesario abolir la concentración de la riqueza y acabar con los ricos en el mundo, la economía contemporánea tiene mecanismos útiles y distintos a los del pasado. Desde luego, interesan los fuertes impuestos a los ricos; pero además sujetar sus ingresos al compás de los sueldos y salarios generales. Se requerirá la intervención del Estado con autoridad suficiente. Y todo ello, de una nueva correlación de fuerzas políticas que lo hagan viable, pues imponer el interés público y nacional a los intereses privados y empresariales, además, en forma permanente e irreversible, requerirá incluso del control del poder para un cambio radical de la misma sociedad.