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El capitalismo y su verdadera cara

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Es hora del Plan Chocolate

Por NP
Cuando la propina es grande hasta el santo desconfía y en este caso ni siquiera es grande. La patología de las relaciones que establece el capital en su estado de mayor pureza.

“Propinas y changas” es la mejor salida que -tras dos años y medio en el gobierno- tiene para proponer a la situación crítica que provocó, el que se presentó como el “mejor equipo de los últimos cincuenta años”.

Si se la mira con piedad, la propuesta de Elisa Carrió suena a demasiado escasa como ejercicio intelectual, aunque también como respuesta práctica. Pero de ninguna manera desentona con el “pasaron cosas” que, después de rascar el fondo del tarro, encontró Mauricio Macri como última explicación a la crisis que atraviesa el país o con los disparates que prodiga habitualmente Gabriela Michetti.

Estos y otros, son dichos que van configurando un decálogo que, dentro de un tiempo, va a servir para reflejar el espíritu de una época. Frases que sus emisores pretenden canónicas y resultan sacralizadas por la massmedia hegemónica y sus principales voceros, que encuentran un terreno fértil entre un universo receptor ávido por hallar respuestas a la situación de violencia autoinfligida que toca su propio bolsillo.

Es que las cacerolas que hasta anteayer exigían “libertad”, que desde su particular mirada se materializaba en la posibilidad de que cualquiera compre los dólares que quiera, ahora empiezan a estar vacías y, cada vez más, los pocos que disfrutan de la “libertad” de comprar dólares –y muchos- lo hacen para transformar trabajo (y ausencia de trabajo) en divisa en fuga.

Por eso cada vez más Carrió ya que, después de todo, hace apenas siete meses fue votada por la mitad de quienes viven en la Ciudad de Buenos Aires que, así, aportaron a un porcentaje similar de argentinos que –en casi todo el país- ratificaron en las urnas al Gobierno Macri.

Pavadas y alquimias

Es que el capitalismo es un sistema económico y político, pero por encima de todo, es un sistema de relación humana. Por eso la crisis que lo afecta se expresa en todas las esferas de la relación humana y, en el caso de las economías periféricas, llega con mayor crudeza y patetismo.

Aquí debe quedar claro que las contradicciones existentes hacia adentro del tándem que ocupa La Rosada son secundarias y, en tal caso, se refieren a puntos de vista discrepantes en torno a cómo se puede hacer para mantener la gobernabilidad/legitimación, sin rozar siquiera la posibilidad de desacelerar el ritmo ascendente de la maximización de la tasa de ganancia de cada uno de sus integrantes.

Por eso es que tras treinta meses de ajuste, cuando a fuerza de sobreendeudamiento ya reventaron el crédito que les dejó “la pesada herencia”, a la hora de rascar la olla -en lo concreto y en los discursivo- echen mano a una combinación que va de la crueldad extrema a lo rocambolesco.

Y sí, cuando el tándem de poder que ocupa La Rosada no tiene ni un sólo índice económico positivo para mostrar, desde las propaladoras de su propia massmedia se recurre al Plan Chocolate y a cruzar los dedos para ver qué pasa.

Es que lejos de las pavadas y alquimias que trolls, economistas y vedetongas massmediáticas multipliquen en pantallas y redes sociales, la convicción y la realidad empíricamente comprobable, señala que cualquiera que mire desapasionadamente a la gestión de gobierno puede advertir para qué lado está -y decididamente- corrido el fiel de la balanza.

Pero también que para el mercado, es decir para aquellos sujetos individuales y colectivos que ganan y mucho en el momento de realización del capital, cada segundo de incertidumbre significa una millonada que embolsan.

Y esto es así porque para la clase que ocupa La Rosada, su “cambio cultural” no es otra cosa que un rediseño social funcional a la pugna entre facciones de la que participan sus integrantes -aunque sea tangencialmente-, que envuelve la dinámica del momento en que está el capitalismo, inmerso en su Segunda Crisis de Larga Duración.

Como ya explicó reiteradamente NP diario de noticias, deslocalización y financierización son dos de las principales manifestaciones emergentes de esa puja entre facciones, pero también lo son sus consecuencias prácticas que se verifican en el intento de destruir conceptualmente y en la práctica al proletariado, para resignificarlo en precariado y emprendurismo, entre otras formas que apuntan a horadar la consciencia de clase.

100,50 por ciento

La crisis monetaria y cambiaria ya es financiera y, lo que es peor pero inexorable, se acumula con un peso letal a la que desde hace mucho se expresa en la canasta familiar básica, sobre todo la de los productos que consumen los sectores de mayor vulnerabilidad socioeconómica.

De acuerdo al Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (Isepci), desde que Macri es presidente, en el Gran Buenos Aires el precio los productos de la canasta básica de alimentos, aumentó un 100,50 por ciento. En 2016 subió un 43,88, al año siguiente 19,21 y el resto, esto es alrededor de un treinta por ciento, corresponde al semestre inicial de 2018.

Y si esto le parece terrible, siéntese porque todavía queda algo más. Son los productos de primera necesidad, aquellos que consumen -porque no les queda otra- las personas en estado de vulnerabilidad socioeconómica, los que más aumentaron.

Ahí está el aceite que trepó un 153 por ciento, el azúcar 130, la harina, los huevos y las arvejas 125, al tiempo que lo que se paga para comer carnaza creció un 109. Y, entre verduras y frutas, también las tradicionalmente más populares pican en punta: el precio de las naranjas se incrementó 180 por ciento, el de las mandarinas 150 y la lechuga 309.

Pero esto no es todo. El trabajo publicado recientemente por el Isepci, que firman Isaac Rudnik y Marcelo Maqueda, hace hincapié en que el precio de los alimentos acompañó a la evolución del precio del dólar, que se catapultó desde abril de este año. Y advierte que “los precios de los alimentos están lejos de estabilizarse mientras que el equilibrio del valor del dólar continúa siendo sumamente frágil”, por lo que “esta carrera por ahora sigue a paso firme”.

En este contexto el Gobierno Cambiemos persiste en construir su discurso en torno al mito del “déficit cero” y, para ello, reprograma metas y chapotea en el cortísimo plazo.

El Banco Central comandado por el representante de la banca JP Morgan en el gobierno, Luis Caputo, profundiza la timba entre corrida de dólar y tasa. Ayer las letras en pesos del Central con vencimiento en julio se catapultaron otros novecientos puntos básicos, tras el anuncio de la nueva suba de los encajes bancarios en tres puntos porcentuales para los depósitos en pesos que realizó, en un desesperado intento para controlar la liquidez del mercado cambiario, que llevó a las Lebac a trepar otra vez, ahora hasta el 61 por ciento anual.

Mientras tanto, desde el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM), los datos que llegan le proponen un baño de realidad al ejecutivo, aunque más no sea con agua tibia y tamizado por la piadosa mirada de consultoras amigas.

Los analistas que habitualmente consulta el Central -los que tienen su misma mirada- hablan del 30/30, esto es que prevén un escenario en el que persiste la alta inflación y caída del PBI, donde el contexto lo señala una inflación del treinta por ciento y dólar a treinta pesos.

Con estos datos, desde La Rosada se entusiasman con que la inflación vuelva a ubicarse en un rango del dos por ciento mensual durante el último trimestre para llegar a fin de año con una inflación núcleo del 1,5 mensual.

Por otro lado, hoy el gobierno presentó al Congreso un adelanto del Proyecto de Ley del Presupuesto 2019 que prevé un crecimiento del dos por ciento, una inflación del 17 y la libre flotación del dólar.

Vale recordar que, de acuerdo al Presupuesto 2018 la inflación se iba a ubicar entre el ocho y el doce por ciento, al tiempo que el PBI crecería un 3,5 y el precio del dólar se colocaría en 19,3 pesos. A sólo seis meses nadie sueña con una inflación por debajo de los treinta puntos, tampoco con que este año Argentina crezca y el propio proyecto de presupuesto 2019 habla de que se va a garantizar la libre flotación de la divisa estadounidense, pero ni siquiera se anima a ponerle precio promedio para el próximo año.

Está claro que el camino elegido es el mismo que el primer día de gobierno y, si con lo hecho hasta este momento se llegó a la situación actual ¿por qué ahora cambiarían los resultados?

Entonces lo que se puede esperar es que se continúe por el mismo camino hasta que la búsqueda del “déficit cero” pueda empezar a dar resultados positivos, pero como consecuencia la profundización de la contracción de demanda interna, previo paso por una situación de recesión e inflación y un costo social letal.

Algo de esto se vio en 2002. Si se llega hasta ahí se habrá consumado la fase inicial de la tarea que vino a perpetrar el Gobierno Cambiemos, esto es, el establecimiento de un escenario ideal para la construcción del “cambio cultural”. Porque con contracción extrema en la oferta de trabajo, sin salario básico y con convenios laborales que sean sólo papel pintado ¿alguien va a reclamar por los derechos laborales adquiridos y la paritaria?

Y es aquí donde este cruel postulado enunciado por Carrió tiene un sentido profundo en términos de economía política. El capitalismo socializa pérdidas y privatiza ganancias es un postulado básico para comprender de qué va todo esto que está pasando, pero explica también por qué desde la mirada de una clase social que se queda con casi todo, el trabajo y el salario se reducen a cuestiones de caridad y propina.

La semana pasada, el propio Indec reconoció que subió el índice de Gini -que señala la brecha entre los que más y menos ingresos perciben- se ubicó durante el período enero-marzo en 0,440 puntos, contra 0,437 unidades que presentaba en igual trimestre de 2017.

Asimismo, de acuerdo al informe de Evolución de la Distribución del Ingreso que confecciona ese organismo, seis de cada diez trabajadores asalariados -esto es más de 8,3 millones de personas- no cubren la canasta básica total que es la que marca la línea de pobreza.

Y, la medición de ingresos por hogar, destaca que el cuarenta por ciento de personas que viven en Argentina no alcanza los recursos necesarios para quedar por encima de la línea de pobreza.

Es que de esto va ese “volver al mundo” que no es otra cosa que insertarse en el lugar que se le asigna a una formación capitalista de segunda línea -como es Argentina- en el contexto del nuevo orden capitalista global, cualquiera sea la definición de la puja abierta por el liderazgo de ese escenario en términos geopolíticos, geoeconómicos y geoestratégicos.

Esto es, un escenario que debe aceptar la deslocalización y la financierización, es decir, trabajadores degradados del proletariado al precariado, sin convenios ni estructura de salud, educación y pensiones, pública y universal.

Un escenario en el que el trabajo no puede transformase en capital social y se acota al papel de garantizar el aparato estatal ligado a la clase dominante y, sobre todo, a transformarse en divisa que fuga hacia las casas matrices de las empresas deslocalizadas. Pero también en capital financiero que drena por la misma cloaca.

1984

¿Cómo es posible que -como dice el gobierno- haya subido la ración de chocolate si esta semana recibí treinta gramos y la semana pasada cuarenta?, se preguntaba Winston Smith, el personaje de la novela de George Orwell, 1984, cuando comenzaba a hacerle ruido aquello que, hasta entonces y como la mayoría, admitía sin cuestionar.

Para explicar esto, el autor echó mano a un mecanismo original, algo que llamó Doble Pensar por el que, aunque la constatación empírica decía que había menos chocolate arriba de la mesa, todos aceptaban y estaban convencidos de que la ración se había incrementado ¡Y no lo hacían para evitarse problemas o quedar bien con el gobierno, se lo creían!

Para apuntalar su ficción, Orwell recurre a algo que denomina neolengua, una forma basada en la degradación del idioma. Una retórica de discursiva hueca, un lenguaje retórico plagado de tópicos que se repetían hasta el hartazgo. Y esa era una clave central: su propia pobreza le daba fuerza porque cualquiera podía hacer suya la neolengua sin necesidad de reflexionar ni un poco sobre lo que estaba repitiendo.

Es interesante releer 1984 en los días que corren y cuando desde el staff gobernante -y su massmedia- se hace gala de algo que se parece mucho a esta neolengua.

Hay quienes, desde una mirada reduccionista, podrán pensar que todo esto tiene que ver con extravíos de integrantes del gobierno que comienzan a verse superados por una realidad adversa.

Pero esa línea de reflexión, puede inhibir la posibilidad de advertir que la cosa pasa por la aplicación del capitalismo que, en estadios como el que atraviesa aquí y ahora, no puede ocultar su esencia patológica que despliega con total impunidad –entre otras herramientas- por medio de la massmedia y la industria cultural hegemónica que, a cada momento, trabajan para generar incertidumbre.

Por eso, una de las claves está en evitar caer en la telaraña de incertidumbre que se propone y, para ello, nada mejor que hablar sobre lo evidente y con herramientas propias.

Porque del otro lado, lo que queda es subsistencia, propina y menos chocolate sobre la mesa.

Fuente: Nuestra Propuesta