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8M/8 Militantes/8 Miradas. Octava Entrega: Silvina Perugino

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8M/8 Militantes/8 Miradas.

Octava Entrega: Silvina Perugino*.

Nosotras: entre el deseo y la voluntad.

Hemos transcurrido el segundo paro internacional de mujeres. Tan solo un año, donde el feminismo y el movimiento de mujeres de argentina, pudo revertir el día festivo, romper, quebrantar ese sentido común objetivizante hasta el hartazgo de nuestro ser. Ese día de complacencias con cada quien que se le ocurriera deslizar a viva voz su Feliz día mujer! Como si hubiera un feliz día posible en medio de tanta muerte, en medio de tanta violencia. Ese día para “salir a cenar” con el mismo que te hostiga todo el año, ese día para “pasar en familia” y cargar con los quehaceres pre y post evento, como siempre. Ese feliz día para los demás.

Pienso en las obreras que salieron a reclamar por sus derechos ese 8 de marzo de 1857, y en las que en 1911 también reclamaron por sus derechos como trabajadoras y fueron prendidas fuego. O en las mujeres que en la Segunda Conferencia Internacional Socialista proclamaron “El día de la mujer trabajadora”. Conjeturo que cuando esa moción fue aprobada, esas mujeres festejaron, ese festejo en la lucha, ese festejo por lo logrado, por ese deseo convertido en realidad. Si las mujeres de la textil de NY no hubieran sido asesinadas, si hubieran conseguido lo que reclamaban hubieran festejado, supongo que sería como cuando nosotras festejamos cada encuentro, cada marcha, cada logro, cada lucha. Porque una festeja cuando logra algo que desea. Allí el festejo se vuelve inconmensurable.

El tema está en el deseo. Ese deseo que nos fueron moldeando a fuego y patriarcado, ese deseo tan simple de cumplir cuando tiene todos los requisitos del sistema: ese deseo de tener novio, de casarse, de ser madre, de criar niños, ese deseo que ahí está listo para ser cumplido y festejado; pero que se vuelve inadmisible cuando pasa por la luz del feminismo, ese deseo de juntarse con las otras, de exigir igual sueldo a igual tarea, el deseo de compartir las tareas domésticas, el deseo de militar en política, de ser parte de la mesa chica de la agrupación, el deseo de tener espacios sólo de mujeres, el deseo de no compartir espacios con machos violentos, el deseo que dejen de pegarnos, el deseo que dejen de matarnos. El de reclamar esto en el espacio público, y de marchar. El deseo de marchar solo con mujeres. Sólo entre nosotras.

Y allí los deseos se tornan inalcanzables. Es que el patriarcado también se defiende. Esa toma del espacio público, ese corrimiento por cuatros horas de los varones del espacio que ellos mismo crearon a su imagen y semejanza, sólo para ellos, es tan irreverente, es tan inadmisible, que hasta los más compañeros, los más feministas, no logran entender, y es una disputa que están más que dispuestos a dar. Para transitar ese espacio público debemos entonces transitarlo con ellos, así se legitima, solas aún no tenemos legitimidad para transitarlo, solas no tenemos capacidad para transitarlos, solas podemos creer que ese espacio definitivamente nos pertenece, por ello resultan necesario allí, uno, dos, diez, veinte de ellos para que recordemos que se trata de una concesión.

Y entonces ese deseo de encontrarnos entre nosotras, tendrá que transformarse en voluntad. Esa voluntad política inquebrantable que asume de una vez y para siempre el desafío de cumplir con esos deseos. Esa voluntad que asume de una vez y para siempre el desafío de correr a los machos violentos de los espacios, de ocupar las mesas de decisiones, de dejar de ser complaciente con un sistema que nos asesina, que nos prostituye, que nos violenta; porque sólo con esa voluntad políticas vamos a ser capaces de plantar un mojón, porque sin esa voluntad política vamos a ser sólo un buen momento.

Porque no nos puede mover sólo el deseo. Es necesario transformar ese deseo en voluntad. Y eso está pasando, cuando en medio de la marcha, además de los abrazos y las risas estan presentes las conversaciones para generar las estrategias que protejan a una compañera agredida y se logre sacar al macho violento de la organización, cuando elegimos no “cuidar” nuestro lugarcito y denunciar las violencias a las que estamos sometidas, cuando no nos bancamos ni siquiera un chiste, y poco nos importan las reprimendas políticas, cuando estamos dispuestas a desnudar los nudos del patriarcado que van desde nuestra familia, hasta las esferas más altas del poder. Ese deseo se transforma en voluntad cuando nos miramos a los ojos con las compañeras de lucha y sabemos que detrás de esa mirada hay un acuerdo incondicional de ir juntas hasta donde sea necesario. Cuando nos miramos y sabemos que sin feminismo no habrá justicia social, y ese feminismo será entonces necesariamente revolucionario, en todos los órdenes, revolucionario en el sentido estricto de la palabra. Y ese es el momento donde el deseo se transforma definitivamente en voluntad. Porque esta revolución ya está en marcha, y va a ser feminista, y va a ser anticapitalista, y la vamos a hacer las mujeres, las travas, las lesbianas; y la haremos las mujeres, las travas, las lesbianas, que tengamos la voluntad política de hacerla.

 

*Abogada, Feminista, Integrante del Equipo Interdisciplinario de la Secretaría de Género de la Facultad de Comunicación Social y Periodismo UNLP.