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IDA Y VUELTA A LA SUJECIÓN DEL SUJETO

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Por Juan Disante

Un senador, durante el imperio romano, propuso en aquél parlamento uniformar a los esclavos: vestirlos a todos con una túnica gris a rayas. Parece que la intención era controlarlos más fácilmente. Las últimas etapas del esclavismo, con la aparición de los “libertos”, le ocasionó no pocos problemas al poder político, por lo que la identificación de los sometidos se hacía compleja. Pero, apenas llegó la idea a la cámara, la intervención de otro solitario senador derribó por tierra  la propuesta y entonces ese proyecto fue desechado unánimemente. Este avispado orador hizo ver al resto el posible peligro de que entonces los esclavos pudieran llegar a darse cuenta de cuántos eran y, de ese modo, alcanzar a constituirse en un sector social claramente diferenciado o en una comunidad política con verdadero poder de masa.

Hoy, pasado los siglos, los dominadores del mundo han tomado debida nota de aquella rancia enseñanza que largó al rodeo las razones elementales del viejo imperio. Los poderosos del mundo actual no han hecho otra cosa que exacerbar el individualismo para mejor controlarnos y seguir defendiendo sus privilegiadas posiciones con elecciones o coartadas ilegitimas. Han decidido culpabilizar a los subordinados por la “grieta” creada por éstos, por la falta de diálogos “democráticos” y por pretender mejoras.

Así es como los abusados hemos acabado por perder ese sexto sentido, o diría mejor, esa misma mística que permite a los enanos reconocerse unos a otros a primera vista. A ese sexto sentido de grupo, durante las revoluciones del siglo XX también se le llamó (y se le sigue llamando) conciencia de clase, lo contrario del individualismo, lo contrario de la avaricia.

El objetivo de este nuevo colonialismo cultural de época es convencernos que un despido laboral, perder la cobertura sanitaria o someterse a una rebaja salarial es algo que sólo les puede ocurrir a Otros. ¿Por qué? Porque son distintos a nosotros, porque nosotros somos únicos y porque a nosotros no nos va a ocurrir, por lo diestro que somos en usar el color de la ropa que se nos da la gana, gracias a las “libertades” que nos otorga el neoliberalismo; o leer por las mañanas el diario, ver los programas televisivos, que siempre le dan la razón a la parte más tonta de nuestro cerebro.

Esos medios, elegidos a conciencia, nos aconsejan no hacer el recuento de cuántos somos, ni caer en el riesgo de convertirnos en solidarios: “esa categoría líquida que ya no existe más”, según los actuales, rutilantes, oscurantistas entendidos.

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