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Semblanzas Abolicionistas – Diana Sacayan

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Por Silvina Perugino

En diciembre de 2001, en medio de un país convulsionado, empobrecido, devastado, Amancay Diana Sacayan cortaba rutas. En momentos donde la historia se repite, donde los poderosos coartan derechos y libertades, donde muchos y muchas dudan de la legitimidad de las protestas, Diana no dudaría ni un instante. Descendiente de Diaguitas y habitante de La Matanza desde muy corta edad sabía que los pueblos deben rebelarse para cumplir sus sueños, que la libertad es material y que se ejerce con la panza llena y con los derechos reconocidos. Por ello luchó toda su vida. Desde la más temprana adolescencia se reconoció travesti y enlazó la identidad de género y el feminismo con la lucha por la clase, incluso mucho antes que muchas feministas y muchos y muchas revolucionarios/as, que hoy aún dudan si la lucha de clases va antes que la de los género o vicerversa. Diana comprendió esa unidad desde el comienzo. Diana comprendió que el sistema capitalista es por definición patriarcal, incluso antes que el concepto “sistema patriarco-capitalista” empiece a desplegarse. Y nos enseñó que el ser travesti no es sólo plantarse contra el sistema binario de sexo-género sino también plantarse contra el sistema de opresión de la clase. Por eso se definía como travesti y piquetera. Incluso desde temprana edad también ponía en cuestión a la familia como institución del patriarco-capitalismo y decía que la familia era la familia en el lucha eran los compañeros y las compañeras con las que nos encontrábamos en la resistencia.

En ese 2001 tenía tan sólo 25 años y ya era una referente política. La conocí justo allí, en una de las manifestaciones en la ciudad de La Plata, donde miles y miles de personas venían uno y otro día a reclamar por sus derechos, los y las piqueteros y piqueteras, reclamando pan, tierra y trabajo. Diana militaba en el Movimiento Territorial de Liberación, brazo piquetero del Partido Comunista. En ese entonces León “Toto” Zimerman, abogado de Derechos Humanos y fundador de la CORREPI, era diputado provincial por el PC. Diana comenzó a ser su asesora en cuestiones de género hasta el año 2005, en ese transcurrir fundó el MAL Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación, nucleando mayoritariamente a travestis del conurbano para organizarse en pos de sus derechos. Había comenzado en esos momentos su trabajo en pos de la derogación de los artículos -que en el Código de Faltas- señalaban como una contravención “vestirse con ropas que no correspondían al sexo”. Esa lucha la ganó como tantas otras. También redactó declaraciones en post de lograr que en los hospitales públicos de la provincia de Buenos Aires, se llamara  las personas travestis y trans por sus nombres autopercibos, y logró el reconocimiento de ese derecho.

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Mientras tanto, repartía preservativos en las rutas del conurbano para que las travestis/trans y mujeres en situación de prostitución se cuidaran, y las organizaba para enfrentar al sistema prostituyente. Porque Diana sabía que la prostitución no es un trabajo. Lo decía una y otra vez, lo supo antes incluso que muchas feministas desde sus computadoras, desde sus escritorios o desde sus proyectos de investigación lo pudieran entender. Lo supo porque le puso el cuerpo, lo supo porque lo vio con sus ojos, lo supo porque fueron sus travas amigas las que dejaron su vida en el borde de la ruta, lo supo porque vio una y otra vez a las niñas travestis y a las niñas ser prostituídas una y otra vez, lo supo porque por organizarlas y por denunciar ese sistema prostituyente, cayó presa en Pontevedra. Una cárcel que duró varios meses y de la que pudo salir con la ayuda militante del abogado Eduardo Soarez.

Al salir, Diana volvió a la lucha. Continuó organizándose para enfrentar el sistema prostituyente, se pronunció una y otra vez en contra de la instalación de las “llamadas zonas rojas”, que lejos de ofrecer “seguridad” para las travestis/trans/mujeres en situación de prostitución, constituían la instauración de zonas liberadas para el proxenetismo y para que los prostituyentes hicieran lo que quisieran con los cuerpos femeninos y feminizados, nada más irreverente con el sistema policial, aquel viejo aliado al proxenetismo.

Diana fue reconocida internacionalmente, fue miembra de la IGLA (Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex), viajo a varias partes del mundo invitada a encuentros y conferencias. Fue co-fundadora del “El teje”, el primer periódico escrito por travestis y fue también redactora del el Suplemento Soy de Pagina 12. Y fue la primer travestis en afiliarse a la UTPBA, Unión de Trabajadores/as de Prensa de Buenos Aires.

Diana no dudó en apoyar al gobierno de Néstor y de Cristina, Diana como el gran cuadro político que es, leyó el momento histórico y rápidamente optó por apoyar un proceso político que, a pesar de algunas diferencias con su línea ideológica, necesitaba del compromiso de todas para poder profundizarse. Y no sólo lo apoyó, no lo apoyó desde la obsecuencia, desde el conformismo, lo hizo desde la posición crítica, lo hizo impulsando políticas inclusivas, programas de salud, programas educativos, leyes nacionales, provinciales, ordenanzas municipales.

Así Diana, trabajó por la aprobación de la Ley de Identidad de Género, junto a su entrañable amiga Lohana Berkins, con quien conformaba un núcleo político de referencia para el feminismo en general y para la comunidad LGTBI en particular. Y un día Diana recibió el DNI de manos de la entonces presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner, a la que en el medio del acto de entrega de DNIs, no dudó ni un instante en hacerle una broma y hacerla reír a carcajadas. Así era Diana. Diana, esa Diana que había sufrido las peores injusticias, la que había pasado hambre, la que había pasado noches bajo cero prostituyéndose en la ruta, a la que le tajearon el cuerpo, a la que molieron a palos, te hacia reír, te hacia una broma. El dolor ese dolor para hacerlo soportable lo hacía carcajada, te lo entregaba con una sonrisa, con sarcasmo, con ironía, Diana no te hacia llorar, te hacía reír. Qué tiempos estos para llevar a la práctica ese aprendizaje.

Diana fue impulsora de la ley 14.783 de Cupo Laboral Travesti/trans aprobada en la provincia de Buenos Aires, y que fuera presentada por la Diputada Karina Nazabal (FPV). Una ley de claro fundamento abolicionista, una ley que busca que el Estado se haga carne del sufrimiento de miles y miles de travestis y trans que, expulsadas de sus familias y de la comunidad educativa, deben necesariamente caer en la calle para sobrevivir, una ley que habla de trabajo digno. Diana pensaba en la construcción de un Estado que fuera a abrazar a sus hermanas travestis, y les reconociera sus derechos.

Diana no dudó en denunciar una y otra vez a las proxenetas que dicen ser feministas, y recibiendo fondos de países extranjeros, de primer mundo, hacen campañas en post del sistema prostituyente, justificando ese destino para miles y miles de mujeres, travestis y trans pobres, negando el verdadero reclamo que es el reconocimiento de derechos, instalando un discurso que mezcla libertad con liberalismo.

A Diana la mataban en octubre de 2015 mientras la policía provincial reprimía, por primera vez en doce años, el Encuentro Nacional de Mujeres en Mar del Plata, la misma ciudad que por estas horas recibe al genocida en sus calles. Su muerte nos anunció tempranamente el final de una etapa de nuestra argentina. Su muerte nos dio una primera oscuridad en un presente donde el odio va ganando terreno. Eso lo palpamos, lo sentimos, ese dolor tan grande, esa angustia desmesurada, incontrolable, de saberla sin vida en esta tierra, anunciaba tiempos difíciles. Sabíamos que esa muerte era más que una muerte en sí misma, sabíamos de la huerfandad que nos dejaba, de la soledad en la que nos sumergía y fue el inicio de un país, que decidió al menos por un tiempo, volver a su pasado. Volver a ese momento donde Diana andaba piqueteando con  piedras en las manos y el coraje salvaje que se tiene a los 25. Es que la historia gira, hasta que un día deje de hacerlo.  Y entonces,  Diana vuelve irremediablemente, insoportablemente vuelve, con sus piquetes, con sus travas matanceras, en formas de piedras, de manifestaciones, de banderas, de luchas abolicionistas, cada día que se instaure una injusticia, vuelve y esta con nosotras, inútil buscarla en otro lado que no sea la calle, inútil buscarla en otro lado que no sea en la rebeldía de este pueblo que tarde o temprano va a encontrar el camino de su liberación. Vuelve y vuelve hasta de las formas más impensadas, vuelve hecha canciones, pinturasm cuentos, vuelve hasta en formas de altares de bolsillos, altares de diosas paganas, que se encienden en las casas pero que alumbran las calles, que se encienden en nuestras casas y alumbran nuestros días.

Este altar de bolsillo, que elegí encender hoy, que es el día de su cumpleaños, pero este altar de esta diosa pagana, no se enciende para pensamientos mágicos, no le pedimos deseos al cielo, cada llama que se encienda en tu nombre es una llama para encender los hechos en la tierra, esa llama es la llama de la irresurrección, la llama de la insurgencia, la llama revolucionaria, una llama que debe encender la lucha de nuestro pueblo, para siempre.