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Tradición y Barbarie

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Fotógrafo: Carlos Brigo

Por Carlos Caramello

La imagen es casi desoladora. Con sus trajes típicos y su rituales intactos, las familias (casi todas bolivianas, casi todas humildes) van llegando al Cementerio de Flores para honrar a sus muertos en este Día en que se los recuerda. Traen, como todos los años, flores. Pero también las comidas que sus muertos preferían; instrumentos musicales para ofrecerles las canciones que disfrutaban; poemas para cantarles las memorias.

En el ingreso son detenidos. No se puede entrar con comida (que quedará allí… que ya no van a poder recuperar). A qué vienen. No se puede cantar en el Cementerio. No… no… no.

La celebración se hace trizas. Un fotógrafo (quizá el mejor reportero gráfico que hay en este momento) intenta tomar algunas imágenes pero tampoco puede. Está prohibido. Es más, está prohibido no saber que está prohibido.

Se rompen las sonrisas en los rostros. Se quiebra la magia. El Día de Muertos, tan importante en la cultura y tradición de la Comunidad Boliviana, no puede celebrarse como debiera. Como dice una mujer que puede tener mil años, “es el día que les festejamos a los seres queridos que han fallecido. Les brindamos cariño, recuerdos, flores, su comida y bebida favorita”. Pero no acá. No en el Cementerio de Flores, a donde año tras año, unos 50.000 bolivianos y argentinos descendientes de bolivianos, van a recordar a sus muertos entre el mediodía del 1 y el mediodía del 2 de noviembre, porque en esas 24 horas, “los ajayus (¿espíritus?) regresan de sus montañas para convivir durante con sus familiares y amigos”.

Este año no hubo apxata (la mesa-altar donde se le ofrecen al muerto las comidas y bebidas), ni canciones, ni tan siquiera un tantawawa (bizcocho con forma humana y colorido rostro que representa al fallecido). Solo les dejaron entrar su dolor. Un dolor doble, por las pérdidas y por la imposibilidad de honrar a los muertos según sus tradiciones.

Lo que sí hubieron fueron guardias, controles, custodiando desde lejos la barbarie, enfundados en sus ridículos uniformes de fibra sintética y colores flúo, copiados de vaya a saber qué fuerza de seguridad extranjera. Ellos y ellas, tan contentos, mirando desde lejos, atentos y vigilantes, seguramente creyendo que son centro europeos destinados a cuidar a los indios… sin comprender que la verdadera barbarie son ellos. Y que la Civilización es la Cultura y la Herencia.

Alguna vez, Rigoberta Menchú, advirtió: “Los indígenas estamos dispuestos a combinar tradición con modernidad, pero no a cualquier precio.”

Y está bien. Porque la tradición es guia, es camino. No viene del Pasado, no se construye con la Historia… “la Tradición es la Eternidad”.

Pero esto ni Macri ni sus custodias del presente lo saben.

Carlos Caramello

(La foto se la debemos a Carlos Brigo, un tipo brillante, y no sólo como fotógrafo. La idea de “represión virtual de las tradiciones” se la debemos a este gobierno de CEOs que no entienden más de hacer daño”.