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Un certificado de defunción demasiado anticipado

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Francis Fukiyama anunció el fin de la historia ¿tenía razón? ¿al mundo no le quedan causas por las que luchar? ¿el capitalismo es la solución? Foto: Getty Images.

Por Moisés Saab

Hace más de un cuarto de siglo el teórico estadounidense Francis Fukuyama lanzó un reto de alto riesgo con su propuesta del fin de la historia tras el desplome de la URSS y de la comunidad socialista de Europa, lo que, a su entender, implicaba la muerte del socialismo como alternativa al sistema capitalista mundial.

En esencia su formulación establecía que a los países llamados de la periferia y aquellos en vías de desarrollo no le quedaba más alternativa que ajustarse a los preceptos del capitalismo y de la democracia liberal burguesa, en una suerte de fatalismo de política ficción.

Era de esperar de alguien que, al momento de escribir su opúsculo, era jefe de planificación política del Departamento de Estado y, ahora, es miembro de la American Endowment for Democracy, una entidad notoria por su óptica conservadora.

El concepto estaba adornado con una idealización  de los resultados de semejante ordenamiento planetario ya que implicaba, según sus palabras que el comentarista cita ahora:

“El fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas”.

Poco faltó para que el enunciado se acompañara con cantos de Aleluya en campos florecidos de amapolas, paseos de unicornios rosados y ambrosía, la bebida de los dioses, a cantina abierta todo el día.

Como por arte de magia mezclada con alquimia, la pobreza, el analfabetismo, y las muertes por hambrunas y enfermedades curables desaparecerían de África, de una extensa de zona de Asia y de América Latina gracias a la buena voluntad de las transnacionales, la redistribución equitativa de la riqueza, al fin, sería un hecho y la lucha de clases ingresaría en los museos.

Pero la historia, terca, guardaba algunas sorpresas para el neohegeliano Fukuyama, entre ellas la invasión de Iraq por Estados Unidos y el surgimiento y expansión del extremismo islamista que esta propició, junto a la llegada a la presidencia de su país de un fenómeno llamado Donald Trump, quien, aunque es probable que ni siquiera sepa de la existencia del filósofo devenido agorero, es la negación viva de su hipótesis.

Otro acontecimiento, la alianza estratégica suscrita en fecha reciente por China y Rusia, aunque en modo alguno puede equipararse a la estrategia propugnada por los partidos comunistas desde las primeras décadas del siglo pasado con la victoria de la revolución bolchevique en Rusia, desmiente la esencia del planteamiento de Fukuyama en tanto en cuanto propone una alternativa a esa democracia a la que se le suma el apellido de liberal, aunque tenga poco de alguna de las dos.

Esa convergencia estaba predeterminada por el devenir histórico, incluso en los momentos de mayor acritud entre Beijing y Moscú en las décadas de los años 50 y 60 del pasado siglo

Dos frases célebres signan esas diferencias armónicas, como se les llamó en su momento: una del presidente Mao Zedong, quien opuesto a la coexistencia pacífica con Estados Unidos afirmó que “el imperialismo es un tigre de papel” y el entonces líder soviético le respondió con sorna: “Sí, pero con colmillos atómicos”.

En ese sentido vale citar el posterior surgimiento de agrupaciones cuya intención es proteger los intereses de los países en vías de desarrollo frente a la hegemonía del capitalismo en su fase más agresiva, entre ellas el Grupo de los 77 más China, antes aún el Movimiento de Países No Alineados, con todo y su heterogeneidad, además del Brics, que dinamitan la base del sistema filosófico propuesto por Fukuyama, valga la analogía explosiva.

Hic et nunc es una locución latina que significa “aquí y ahora” y cuyo propósito es llamar la atención sobre la necesidad de pensar los hechos desde la realidad y no dejarse llevar por teorizaciones y planteamientos abstractos, en orden a conducir un discurso hacia sus aspectos prácticos y concretos sin lugar a generalizaciones y abstracciones.

Es en ese vocablo, realidad, en el que residen hechos que anuncian una fase de la historia, que no acaba, porque forma parte del desarrollo de la humanidad que ha transitado desde los rudimentarios ordenamientos políticos de la edad de piedra, hasta los actuales.

Durante el feudalismo los señores tenían un derecho llamado de pernada, que les permitía disfrutar de las delicias virginales antes de los esponsales de las doncellas, por insultante que ello resultara a los futuros esposos, obligados a tragarse el insulto.

La revolución francesa de fines del siglo XVIII, que abrió la fase de las revoluciones burguesas, terminó con esa práctica, entre otras más onerosas para los hasta entonces siervos, y liberó colosales fuerzas productivas que dieron un impulso decisivo al desarrollo humano y de ideas políticas como el socialismo en sus diversas variantes, con el marxismo a la cabeza.

Ahora, la emergencia de estados con filosofías y objetivos bien definidos,  contrarios al hegemonismo erosiona la posibilidad del mundo unipolar que anunció Fukuyama.

Y, como prueba al canto, está la pujanza de China, con una plataforma a varias décadas vista, plasmada en los resultados del XIX Congreso de su Partido Comunista y el decidido enfrentamiento de Rusia a las sanciones estadounidenses y europeas apoyada,  por sus enormes recursos naturales.

En resumen, que los próximos años serán testigos de una modificación de la fisionomía del mundo en el cual, la acción de aquellos que en varias esquinas del planeta no se conforman con el actual estado de cosas, será decisiva en el curso de la historia cuyo fin se proclamó con demasiada anticipación.

Fuente: Cuba Debate