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El voto del domingo y el día después

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Por Nuestra Propuesta

Un resultado que puede terminar de acomodar el escenario de representación que comenzó a reconstruirse tras 2001. Dos variantes, un sistema y claro desafío. No puede dar lo mismo.

“Tenemos la única fuerza invencible, que es la fuerza del pueblo”, reflexionó Cristina Fernández ante un estadio de Racing Club colmado, ayer, en una jornada que según aseveró, fue un día peronista. Y sin decirlo, en una deducción lógica de estas dos premisas fuerza que atravesaron el discurso, dejó en claro que desde su perspectiva, peronismo y pueblo tienen un carácter simbiótico y excluyente.

Es que metida de lleno en la interna que protagoniza una diáspora justicialista en la que no queda claro dónde está la metrópoli, la candidata de Unidad Ciudadana (UC) salió a fidelizar el voto del PJ que le disputan, en listas del panperonismo, dos que fueron integrantes de su gabinete y una tercera que fue ministra de Néstor Kirchner que, esta vez, prueba suerte ni más ni menos que a la cabeza de la nómina que Cambiemos postula para ocupar bancas de diputados por la provincia de Buenos Aires.

Por eso es que nadie debió sorprenderse cuando, sin dudarlo, la ex presidenta recalcó que si Perón y Evita estuvieran vivos, votarían a UC. Y es más: “Evita votaría a Cristina, Perón a Taiana”, fue lo que remarcó apelando a lo más profundo de aquello que suele denominarse “mística peronista”.

Es que lejos del tono ciudadano que le imprimió a la campaña, para el cierre buscó interpelar el sentimiento peronista, quizás esperanzada en que el voto disperso pueda sumar para conformar un bloque que, según se encargó de aclarar durante los últimos meses, debería operar como una visión alternativa al que constituye Cambiemos. Eso sí un espacio peronista y liderado por la ahora candidata a senadora nacional.

Es que, de alguna manera, lo que busca Cristina Fernández es resucitar el tejido de alianzas tácticas que contribuyó a que fuera reelecta presidenta con el 54 por ciento de los votos. Pero desde entonces pasaron algunos años y no sólo eso.

Es verdad que el putsch destituyente que acosó al segundo mandato de Cristina Fernández comenzó en el mismo diciembre de 2011. Pero también lo es que hubo razones medulares de tipo endógeno que, poco a poco, condujeron a ese gobierno a un verdadero atolladero.

Es cierto que desde diciembre de 2015 el tándem de poder real, ahora en La Rosada y desde siempre enquistado en el Poder Judicial, utiliza su capítulo massmediático y los tribunales para hostigar a la ex presidenta y, por extensión, a quienes integran su espacio político.

Pero también es verdad que en su presidencia no se intentó siquiera cuestionar la matriz de relación simbiótica que existe entre el Estado Liberal Burgués y la corporación, un vínculo que necesariamente deviene en corrupción.

Que quede claro, ahora el gobierno está ocupado en primera persona por los sectores más concentrados del capital, aquellos que históricamente vivieron fagocitando al Estado mediante la obra pública y la prebenda. Y, en esta etapa, diversifican su cartera de negocios y maximizan su tasa de ganancia a partir de los beneficios que otorga un escenario global que fomenta la financierización y la reprimarización de la matriz económica de nuestro país.

Pero lejos de combatirlos, durante el gobierno de Cristina Fernández, estos mismos sectores crecieron exponencialmente y lo hicieron en un contexto en el que hubo altos cargos gubernamentales que se involucraron en casos de corrupción.

Es evidente que con el ariete de la massmedia dominante, el tándem de poder que gobierna desde diciembre de 2015 lleva adelante una feroz campaña destinada a poner en cuestión, sobre todo, lo bueno que se hizo desde el gobierno entre 2003 y 2015. Pero no quedan dudas que la mejor defensa contra cualquier acusación de corrupción, es no ser corrupto.

Recetas

“El domingo se define si se consolida el cambio en la provincia o vuelve el camino de la violencia y los barra bravas custodiando los actos”, señaló María Eugenia Vidal, quien desde hace rato se toma vacaciones como gobernadora para meterse en la campaña como si fuera la verdadera candidata.

Los dichos de Vidal llegan a sólo cinco días de que en un allanamiento realizado en la vivienda del jefe de campaña de Cambiemos en Malvinas Argentinas, Néstor Berardozzi, se encontrara casi un centenar de armas de guerra. El arsenal no estaba declarado y fue hallado en el marco de una investigación por un pedido de coimas.

También en momentos en que otro de sus muchachos, el intendente de Pilar, Nicolás Ducoté, está en el ojo del huracán a raíz de vínculos con el narcotráfico que, por medio de un empresario llamado Mateo Corvo Doulsec, llegan hasta José Bayron Piedrahíta Ceballos, sobreviviente de la generación de narcos que acompañó a Pablo Escobar Gaviria.

Está claro que a la hora de buscar patotas, sería mejor que la gobernadora Vidal abriera su propio placar. Y también que las propuestas y acción de gobierno de Cambiemos y Cristina Fernández lejos están de ser lo mismo ¿Pero el escenario que conforman estas fuerzas, es el único posible?

Una de las prioridades de los gobiernos que encabezaron Néstor Kichner y Cristina Fernández fue reconstruir el sistema de representación política que había terminado de estallar en diciembre de 2001. Y lo hicieron siempre a partir de un diseño que -desde su perspectiva- facilitaría la supremacía peronista.

Por eso apostaron al PRO, un partido que con cierta miopía desde el círculo íntimo kirchnerista se señalaba como “una fuerza que se acababa en la General Paz”.

Hoy, con una base social construida a partir de la destrucción de la UCR y parte de lo que se desgranó del PJ, Cambiemos es una fuerza política nacional con arraigado desarrollo territorial y con capacidad de generar movimiento de masas.

Esto, entre otras cosas, le permite -tal como hasta hace poco lo hiciera el kirchnerismo- soñar con ser destinado a cumplir con el destino manifiesto, algo que en este caso se sintetiza en el “cambio cultural” que constantemente pregona Mauricio Macri y toda su tropa.

Así, Cambiemos completó y se convirtió en el factor de más peso en este diseño de representación política que devino de 2001. El otro jugador es el PJ, aún inmerso en su propio proceso de definición interna que, en el mejor de los casos, puede convertirlo en una suerte de dique a lo peor que viene con Cambiemos, pero sólo eso.

¿Pero por qué desde el gobierno el kirchnerismo buscó recomponer el sistema de representación política, aun cuando ahí podría estar el germen de su declinación como espacio hegemónico?

Ni Néstor Kirchner ni Cristina Fernández nunca cuestionaron -ni de lejos- a las relaciones capitalistas. Por el contrario el paradigma explícito de sus gobiernos fue la construcción de un “capitalismo serio”.

Pero no sólo es cuestión de paradigmas. Durante los doce años de sus gestiones se expandieron derechos humanos, civiles y ciudadanos, al tiempo que se usaron herramientas y poder estatal para laudar, casi siempre a favor del trabajo en casos de controversia con el capital.

Asimismo, se utilizaron recursos estatales como motor de desarrollo y como herramienta contracíclica para mantener el nivel de producción y empleo en épocas de vacas flacas, aunque en estos casos, los recursos -por ejemplo en forma de Repro- siempre se inyectaron en la economía por medio de las patronales.

Y este es un caso clave que exhibe los límites del proceso que lideraron esas dos presidencias en las que la relación trabajo-capital se mantuvo intacta, a punto tal que -cuando lo hubo- el excedente no se utilizó para fomentar tipos de asociación que eludan el vínculo que el capitalismo reserva para capital y trabajo. Y mucho menos se cuestionó a la propiedad.

Aquellos casos en los que se avanzó hacia formas de propiedad colectiva y autogestión de la economía fueron excepcionales y resultaron de situaciones extremas: cuando la permanencia de la patronal fue una alternativa viable, siempre fue la primera opción.

Es que en la cosmovisión kirchnerista, la única forma de generar trabajo y riqueza, es dentro de los márgenes del capitalismo, pero para eso, es preciso avanzar hacia un “capitalismo bueno” ¿Pero será posible que exista ese tipo de capitalismo?

En el momento de definir su identidad, el kirchnerismo pudo elegir el camino hacia la izquierda, pero está lejos de su cosmovisión, también pudo optar por abroquelar a todo el universo del PJ para construir una suerte de barrera reformista ante el putsch restaurador apoyado desde el extranjero por centros del poder capitalista más duro.

Pero eligió avanzar en un esquema de construcción que le fue haciendo perder masa crítica y, así, se abonó un campo orégano para el desembarco de Cambiemos y el asentamiento de un diseño de representación política que presenta serias posibilidades de terminar de consolidarse.

Así las cosas, con muchas de las cartas ya echadas y de cara al lunes, es prudente pensar que quizá no sea inexorable ese carácter simbiótico que, presumiblemente, uniría a pueblo y peronismo. Y que, en tal caso, sea un momento propicio para reflexionar en la pertinencia de construir, desde la propia identidad e historia, un partido capaz de posicionarse ante este escenario de representación política que apuntala al Estado Liberal Burgués, no como un actor de alternancia, sino de ruptura. Porque, después de todo, es muy probable que si se insiste con las mismas recetas, se obtengan idénticos resultados.