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Hacia la indigencia estructural

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Por NP

¿Qué hay detrás de los números del Indec?

El proyecto económico-social de la derecha basado en tarifazos, pérdida del poder adquisitivo del salario y destrucción de fuentes de trabajo de calidad en un contexto de fuerte flexibilización desemboca en un fortalecimiento de la indigencia en nuestro país. Si la pobreza estructural, ratificada en los informes elaborados por el mismo organismo que coordina Jorge Todesca, es un fenómeno presente a lo largo de la historia argentina, la indigencia comienza a consolidarse en el marco de una realidad económica que ahoga a los que menos tienen

La contabilidad creativa del gobierno y la “astucia informativa” de los principales medios de comunicación del país presentaron una noticia que, a primera vista, parecía confirmar la aparición de los primeros brotes verdes que el gabinete económico viene prometiendo desde el segundo semestre de 2016. Según se pudo leer en las portadas de los dos matutinos más importantes del país sobre el cierre de la semana pasada, 600 mil personas habrían salido de la pobreza en el primer semestre del 2017 ¿Esto fue así realmente? ¿Cuál es el punto de partida para semejante afirmación en un contexto de contracción del consumo y pérdida del poder adquisitivo del salario?

Según informó el Indec durante la primera mitad del año el índice de pobreza para todo el país fue un 28,6 por ciento. Comparado con los guarismos del segundo semestre del 2016 -el peor año en materia económica desde la debacle del 2001-, el informe oficial presentó una leve mejoría, ya que el año pasado cerró con un índice de pobreza de 30,3 por ciento, es decir, un descenso del 1,7 ¿Cómo se explica este descenso en medio de tarifazos, inflación galopante, pérdida del poder adquisitivo del salario y destrucción de las fuentes de trabajo? ¿Que esconden las cifras oficiales diseñadas por Jorge Todesca, director del Indec?

En primer lugar hay que recordar que la primer mitad del año pasado transcurrió en medio de un “apagón estadístico” por parte del instituto que no elaboró estadísticas ni informes respecto a los índices de pobreza e indigencia ya que se encontraba “diseñando” una nueva metodología.

El trabajo encargado al flamante director demoró casualmente el tiempo que tardó en impactar los tarifazos, que incluyeron aumentos confiscatorios de más del 500 por ciento para una franja enorme de la población que, sólo teniendo en cuenta está variable, pasó a engrosar el número de pobres en el país, aunque el gobierno nunca informó de cuantos se trató realmente.

Con alzas en las tarifas de los servicios públicos y con la devaluación e inflación más alta desde la crisis del 2001 a esta parte, la realidad económico-social de los sectores populares se vio fuertemente deteriorada, aumentando sensiblemente la carestía de la vida, lo que redundó en una abrupta caída del consumo que llevó al cierre de miles de comercios como así también de pequeñas y medianas empresas. Esto se vio reflejado en un incremento estrepitoso del desempleo en los principales conglomerados urbanos del país.

De esta manera el 2016 culminó con más de 10 puntos de desempleo en todo el territorio nacional -en los sectores más bajos el índice escaló hasta el 14-, con más del 30 por ciento de la población sumergida en la pobreza y con niveles de indigencia alarmantes como en el Gran Córdoba (casi 11 por ciento) o Concordia (8,7). En total, en Argentina el porcentaje de indigentes, es decir de personas que no llegaron si quiera a satisfacer las necesidades mínimas para la subsistencia, superaba el 6 por ciento.

Heterogeneidad de la pobreza

Una de las explicaciones a esta leve mejoría presentada por el Indec respecto al primer semestre del 2017 hay que buscarla en dos fenómenos: en el “apagón estadístico” durante la primera mitad del 2016 y en la profunda crisis social en la que quedó sumergida gran parte de la población tras los tarifazos y la devaluación. Es por ello que, tal como valoró Agustín Salvia -Director del Observatorio de la Deuda Social en la Argentina perteneciente a la Universidad Católica Argentina- si hay menos pobres es por qué la situación fue tan calamitosa en el 2016 que una leve mejoría en un sector de la población se vio reflejado en el informe estadístico.

En otras palabras, lo que se está evidenciando es una fuerte “heterogeneidad” de la pobreza. Así lo sostiene el sociólogo e investigador del Conicet Daniel Schteingart, quien explicó que “los pobres extremos profundizan su condición de escasez, en tanto que los que están justo por debajo de la línea de pobreza mejoran su situación”.

Lo que queda claro es que si la pobreza es un problema estructural en la Argentina atribuible a las condiciones en las que se desarrolla el capitalismo en nuestro país, ahora con el proyecto económico-social del macrismo el eje se corre hacia abajo, siendo la indigencia uno de los fenómenos que más se viene consolidando desde diciembre de 2015 a esta parte ¿vamos hacia una indigencia estructural?

Los índices de indigencia -escalón inferior al de la pobreza- siguen siendo mayores a los números que “heredó” Mauricio Macri cuando se sentó en el sillón de Rivadavia. Como si fuera poco, el mismo informe del Indec confirma que comparado con el segundo semestre del 2016 la indigencia aumentó. En otras palabras, sin eufemismos, el gobierno nacional logró reducir la pobreza aumentando la indigencia, apelando a una especie de malthussianismo social moderno donde si lo que importa es la cantidad de pobres, mejor esconderlos debajo de la alfombra y empujarlos a la pobreza extrema.

Los datos son elocuentes: si por un lado, respecto al mismo período del año pasado -primer semestre- la población en situación de pobreza descendió al 28,6 por ciento, lo que data de un descenso de 3,6 puntos, por el otro, más de dos millones de personas persisten sumergidas en la indigencia.

La leve mejoría en el índice de pobreza no se debe a los brotes verdes ni a una recuperación económica estructural. El rebote estadístico que se puede observar en algunas dimensiones de la economía se debe a que “el 2016 fue desastroso y crítico” para los sectores populares y el país en general.

Contabilidad creativa

Una de las patas necesarias para la implementación del proyecto económico social del macrismo en Argentina es la contabilidad creativa de Todesca al frente del Indec. Los propósitos planteado por el tándem del poder real necesitan “mostrar resultados” en medio del ajuste, la entrega y la represión. Tarea difícil para cualquiera que no cuente con la complicidad del aparato mediático y de gran parte de la oposición en el Congreso nacional. Sin embargo, en la actualidad argentina, esa dificultad no se le presenta al gobierno nacional, el cual maneja casi la totalidad del mapa mediático -la compra de Indalo Media por parte del Grupo Terranova coloca al gobierno en un escenario de excepcionalidad sin precendentes- y disciplina a gobernadores, senadores y dirigentes de la oposición con la billetera del Tesoro Nacional.

Este es el contexto que permite al Indec diseñar su metodología de medición sin cuestionamientos y, por ende, que no sean cuestionados los informes elaborados en base a esa metodología engañosa.

Más allá de las cuestiones técnicas en torno al diseño de las variables utilizadas y como se conforman las canastas básicas que establecen los límites entre la pobreza y la indigencia, lo cierto es que ambas siguen siendo una realidad estructural presente y fortalecida en el escenario económico argentino.

Lo que el gobierno no puede esconder es la pobreza estructural y el inmoral crecimiento de la indigencia desde que Macri asumió la primera magistratura. Para ser claros y hablar con números sobre la mesa: la pobreza afecta a 11,3 millones de habitantes y la indigencia impacta en 2,4 millones de personas. Vale destacar que los niveles de indigencia se explican, fundamentalmente, por el empeoramiento sistemático de la situación social en el conurbano bonaerense, donde el índice escaló desde el 6,4 por ciento al 7,1.

Los datos estadísticos difundidos por el Indec confirman, una vez más, que en el capitalismo la cantidad de personas que ingresan y salen de la pobreza puede ser flexible según las coyunturas económicas pero que de la indigencia, una vez que se cae en ella, es mucho más difícil. El mito de la movilidad social ascendente sintetizado en el american life dream es una realidad bastante alejada para las millones de personas que no logran satisfacer sus necesidades básicas.

Pero el problema no culmina allí. Si son más de dos millones los indigentes en todo el país, hay motivos suficientes para pensar que en el corto plazo ese número se puede engrosar sensiblemente: más de la mitad de los asalariados cobra menos de 10 mil pesos, cuando la canasta básica para no ser pobre es de 15.245 pesos, mientras que la que define el nivel de indigencia se ubica en 6.247. Si se tiene en cuenta que la pérdida del poder adquisitivo ronda los siete puntos y que el trabajo informal crece en detrimento del empleo registrado, el escenario es desalentador y permite preguntarse, con fundamentos de sobra ¿la Argentina recorre un camino inexorable hacia la indigencia estructural?