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El final de la línea invisible

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Mes a mes venimos analizando cómo la competencia inter-monopólica empuja a los capitales a reducir el tiempo de trabajo como medio de incrementar el excedente del que se apropia.

Este mes, la flamantemente fusionada con Du Pont, Dow Chemical, anunciaba el despido de 2.500 empleados en una reestructuración a nivel global que suprimirá el 4% de su fuerza laboral activa (LN 29/6). Microsoft, por su parte, informaba el cierre de su unidad en Finlandia, con el despido de 1.350 trabajadores (CR 12/7).

A su vez, la agencia estadística de la Unión Europea difundía los índices de desocupación. Mientras que el promedio de la zona euro ronda los 10,1% de desempleados y de la UE el 8,6%, países como Grecia o España continúan, luego de rescates, ajustes, y otro tipo de intentos de salvar la crisis, con tasas del 23 y 20% respectivamente (DW 29/7). En el mismo sentido, España registraba un récord en el ritmo de la emigración, con la salida de 98.934 personas en 2015, la más alta desde el comienzo de la crisis (DW 30/6).

En paralelo, el gobierno francés se rehusaba a modificar la ley de reforma laboral, cuyo rechazo masivo ya hemos analizado aquí en ocasiones anteriores, y finalmente se disponía a aprobarla sin someterla a la votación legislativa debida, dejando en claro las contradicciones cada vez más insalvables entre monopolios y democracias representativas (DW 30/6 y CR 6/7).

En esta misma línea deben leerse los datos citados de la columna de Castro en el matutino Clarín, acerca de la baja de la participación de la fuerza laboral en Estados Unidos, del 67, 2% en 2000 al 62,1% en 2015. Es decir que apenas el 60% de las personas en edad laboral en el país del sueño americano trabaja o busca empleo; casi el 40% desistió de participar del mercado laboral estadounidense. Ese es el marco en que se inscriben las encuestas difundidas este mes, en medio de la contienda electoral, acerca de que del 2014 para acá, un 76% de los sondeados por The Wall Street Journal/NBC News piensa que la generación de sus hijos va a estar peor que la suya, el porcentaje más alto en un cuarto de siglo (LN 22/7).

Sobre este hecho incuestionable, el analista económico estrella de La Nación, ex directivo de Barclays, ex economista del FMI, el BID y el Banco Mundial, ex director del think-thank CIPPEC y flamante directivo en el Banco de Inversión y Comercio Exterior designado por el macrismo, Eduardo Levy Yeyati, publicaba un análisis en el matutino de la familia Mitre que merece detenernos a analizar.

Para empezar, la tecnología sustituye trabajo. Al comienzo, afecta el trabajo más fácilmente automatizable (…). Si un robot hace por 5 pesos el trabajo que un trabajador de calificación media hace por 10, a este trabajador le quedan dos opciones: trabajar por 5 pesos o dejar su trabajo al robot. De modo que cae el salario o la cantidad de empleos (o ambas cosas) en ocupaciones digitalizables, ahuecando la demanda laboral en este segmento y empobreciendo a la clase media. Sin embargo, el ahuecamiento es sólo la primera etapa (…). El aprendizaje de la máquina está acortando distancias aun en actividades más ‘humanas’ ¿Cómo vamos de la abundancia tecnológica a la pobreza y la inequidad? Simple. Una máquina que sustituye trabajo aumenta la productividad del capital (y el ingreso del dueño del capital), pero reduce el precio del trabajo que sustituye (y el ingreso del dueño del trabajo). Por eso, librada a su propia dinámica, la innovación tecnológica tiene como consecuencia una abundancia mal distribuida. Una ‘desigualdad tecnológica’ que genera una paradoja de la concentración. Lo que nos lleva al final de la línea invisible: la implosión del capitalismo (…). Más allá de la humorada, lo cierto es que el mismo sistema capitalista que sustituye empleo con robots necesita que los trabajadores sustituidos sigan consumiendo. Una respuesta instintiva a este dilema de la abundancia sin empleo sería reducir la jornada laboral (…). Pero trabajar media jornada implica ganar medio salario. Por eso, aunque la jornada reducida ayuda a distribuir la menguante demanda de empleo, no termina de resolver el problema de la concentración del ingreso. De ahí que hoy vuelva a surgir con fuerza, entre tecnólogos y pensadores sombríos, una idea a la vez antigua e innovadora: un ingreso universal que complemente un trabajo de menos horas y menos salario y que atenúe así la desigualdad tecnológica, a la vez que ayuda a sostener la demanda, motor esencial del capitalismo” (LN 21/7).

La descripción del proceso es certera: no abarca sólo a los empleos de baja calificación y alta reiteración sino que está en avance y se proyecta sobre el conjunto de las actividades laborales. También es de destacar el señalamiento del camino a una implosión del capitalismo, que proviene no de matutinos progresistas ni analistas cubanos, sino de un economista cuyo currículum/prontuario ya hemos presentado anteriormente.

Sin embargo, hay que remarcar nuevamente que el problema de la desigualdad no radica en la tecnología, ni el de la exclusión de los trabajadores en la implementación de robots. Suponer que si el robot produce por 5, el trabajador o rebaja su salario a 5 o deja su trabajo al robot, o en el mismo sentido, que trabajar media jornada implica ganar medio salario, parte del orden vigente como el único orden de cosas posible. Es decir, supone no cuestionar la apropiación del enorme grado de desarrollo de las fuerzas productivas manifiesto en la robotización.

Por otra parte, el problema que no puede resolver el capitalismo es presentado desde la esfera del consumo y no de la producción. En palabras del analista, el escollo es que los trabajadores por fuera del sistema no consumen, y que si no consumen, no hay demanda suficiente para motorizar el sistema. En parte, cuando describe los efectos de la robotización puede hallarse una llave para detrabar el siguiente eslabón de la cadena de razonamiento. “Una máquina que sustituye trabajo aumenta la productividad del capital (y el ingreso del dueño del capital), pero reduce el precio del trabajo que sustituye (y el ingreso del dueño del trabajo)”. El precio de la fuerza de trabajo depende del costo de reproducir la vida de los obreros. Que ese precio caiga es resultado en verdad del abaratamiento del conjunto de las mercancías, por la reducción del tiempo de trabajo necesario para producirlas y la menor cantidad de valor creado en el proceso productivo, es decir, de fuerza de trabajo contenida en cada mercancía.

Por lo tanto, y partiendo de que la ganancia del empresario reside en la apropiación del trabajo excedente, que no retribuye al obrero, la caída del valor implica una tendencia al declive de sus ganancias; que puede ser suplida momentáneamente por el incremento en la escala y las cantidades producidas (de ahí que el mundo en que vivimos tenga excedentes de productos por doquier y que su ritmo vital lo marque el pulso de la competencia entre grandes pulpos económicos por el control de los mercados), pero que más temprano que tarde en los tiempos que corren lleva al decrecimiento inexorable de las ganancias. Es la competencia lo que genera ello, como inexorable ley intrínseca del desarrollo del capital, la necesidad de reproducirse en escala ampliada. No es un problema del consumo, por lo tanto aunque encontraran la forma de que la población sobrante improductiva pudiera consumir, el problema nodal seguiría sin resolverse.

Fuente: Revista Análisis de Coyuntura
Fuentes consultadas: EE.UU.: Wall Street Journal (WSJ). Gran Bretaña: The Economist (TE). Alemania: Deutsche Welle (DW); China: Xinhua (XH); Rusia: Russia Today (RT); Irn: HispanTV (HTV) Venezuela: Telesur (TS). Cuba: Cubadebate (CD). Argentina: Clarín (CL); Crónica (CA); Cronista Comercial (CR); La Nación (LN); Miradas al Sur (MS); Página 12 (P12); Tiempo Argentino (TA).

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