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Regreso a la deuda: La venganza del pasado

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Por Gustavo Campana, periodista
En las 48 horas previas al debate en Diputados que aprobó endeudarnos por 12.500 millones de dólares, la televisión fue una vez más el territorio más amigable para su discurso. Esa fue, es y será, su geografía natural. Nadie incomoda, nadie molesta. A los que querían preguntar, se les pasó el antojo y todos los interlocutores prolijamente elegidos para discursear sin obstáculos, ofician de escenografía de un juego perverso.
En espacios que siente muy propios, Macri se convirtió en el primer presidente de la historia argentina, que no habló de hiperinflación como uno de los peores efectos que genera el capitalismo destituyente, sino que la prometió de manera extorsiva. Se transformó en el primer jefe de Estado que amenaza con ajustar, si no bajan un par de cuadros de las paredes del Congreso, que fueron colgados para defender la independencia económica.

Macri se convirtió en el primer presidente de la historia argentina, que no habló de hiperinflación como uno de los peores efectos que genera el capitalismo destituyente, sino que la prometió de manera extorsiva

El Gobierno nacional aspiraba llegar a la Rosada, desfilando sobre una crisis que nunca existió. La necesitaba como el agua y el aire, para poder aplicar remedios de enfermo terminal en paciente engripado.
En los dos desembarcos anteriores del neoliberalismo en la Argentina, se puso en marcha la receta que los Chicago Boys, con Milton Friedman a la cabeza, recomendaron para Chile ’73; cuando jaquearon el socialismo con desabastecimiento. Se aplicaron los mandamientos del manual de estilo, que se utilizó en el primer capítulo del efecto dominó de los golpes de Estado latinoamericanos; golpes que se ejecutaron para cambiar la matriz económica del continente.
A la Argentina económica del ’75 le rompieron todas las variables económicas, con el terremoto que significó el Rodrigazo. Y la década del ’90, se construyó a partir del golpe de mercado, inflación de tres dígitos y saqueos.
Mientras el macrismo pretende convertirse en el primer capítulo del tercer ciclo de endeudamiento externo, es necesario encontrar respuestas claves en el pasado. Reconstruir la metodología que utilizaron los agentes del modelo de colonia en el último medio siglo, no es apilar recuerdos…, es hablar del presente.
Soberanía política e independencia económica
En los años ’40, la Argentina rompió con un modelo que la aplastaba desde los tiempos de la “organización nacional”. Un libreto agro-exportador, que impedía el ingreso del país al mundo industrial. Soberanía cero, mano de obra sin derechos y represión. A partir de 1946, las cosas cambiaron y la transformación fue tan profunda, como veloz.
En una década, se sentaron las bases de un modelo que por 30 años, sus enemigos pudieron herir, pero no matar. Gozando de buena salud o agonizando, la receta que hablaba de fábricas, leyes laborales y sustitución de importaciones, nunca dejó de estar presente.
En los diez años posteriores al golpe de Estado del ’55, Argentina ingresó al Fondo Monetario Internacional, se frenó el desarrollo, aumentó la deuda externa, creció la conflictividad social, se proscribió a la mayoría y los militares volvieron al poder, cada vez que los intereses de las minorías necesitaron ajustar sus números. La domesticación de las variables, cuando era necesario y la transferencia de recursos, que se daba con cada interrupción constitucional, quedó en manos del staff de los centros financieros de poder (Alsogaray, los Alemann, Martínez de Hoz, Whebe, etc.).
Sin embargo, “democracias débiles” y elencos militares, no pudieron despegarse demasiado de aquel esquema que había fundado el primer peronismo: trabajadores, salarios, demanda comercial, respuesta industrial y sustitución de importaciones.
Después de la corta primavera camporista, llegó la tercera presidencia de Perón. En aquel ’73, todo había cambiado en muy poco tiempo. Casi un mes antes de su último juramento (11 de septiembre), Estados Unidos ordenó terminar los sueños continentales y derechizar el futuro del patio trasero.
En ese contexto de aridez política, precios y salarios, en la Argentina empezaban a discutir por la puja distributiva. El viejo líder pedía equilibrio, entre lo que pedían los trabajadores y lo que remarcaban los formadores de precios. Perón sabía que sin estabilidad, no era posible reconstruir el viejo modelo.
En el ministerio de Economía, lo acompañaba un hombre de izquierda. Gelbard se había transformado, en el gran garante de la transformación. Su plan estaba basado en crecimiento del mercado interno, sueldos altos, desarrollo de la producción (industrial y agropecuaria), distribución del Producto Bruto Interno en partes iguales y pacto social.
Perón sabía que a diferencia de la década del ’40, dialogar con nuestro mundo industrial era mucho más difícil. Las multinacionales gobernaban la economía argentina y no iba a ser tan fácil, convencerlas de un acuerdo pensando en el país.
En diciembre de 1973, la crisis internacional del petróleo cuadriplicó los precios del barril y la inflación encontró una gran excusa para volver. El Mercado Común Europeo se cerró para las carnes argentinas y aumentaron los subsidios a la producción agrícola. Lentamente comenzó la especulación de los formadores de precios. Desabastecimiento y mercado negro, iniciaron el principio del fin.
El neoliberalismo se presenta en sociedad
Cuando murió Perón, el “Lopezreguismo” se encargó del trabajo sucio. Renunciaron a Gelbard y entre el 21 de octubre de 1974 y el 2 de junio de 1975, José Alfredo Gómez Morales, fue el encargado de disciplinar los números, con un ajuste ortodoxo.
Pero sus medidas, fueron de vuelo corto. No alcanzaban para hablar de desastre. El nivel de pérdida del poder adquisitivo de los salarios, tenía que ser mayor. La caída de la participación de los trabajadores en el PBI, necesitaba ser mucho más espectacular.  Y una devaluación que llevó el valor del dólar de 10 a 15,4 pesosm era muy tibia.
Los liberales necesitaban un volantazo más brusco, para licuar sus deudas con una devalución gigante, generar una transferencia de recursos inédita y hacer estallar el viejo modelo, basado en el salario como motor de la economía, en mil pedazos…
La derecha le pidió un hombre a López Rega y el ministro de Bienestar Social, les prestó por un mes y medio, a Celestino Rodrigo. Un egresado del Nacional Buenos Aires, que se recibió de ingeniero en la UBA. Colaborador del general Savio en el desarrollo de la siderurgia estatal, presidente del Banco Nacional de Desarrollo, en el primer peronismo y que en la década del ’70, fue gestor de la alianza petrolera con Libia.
El nuevo titular del Palacio de Hacienda, juró como tercer ministro de Economía del gobierno justicialista 1973-1976, en el despacho presidencial de María Estela Martínez de Perón. No hizo anuncios, pero dijo que “las medidas que vamos a implementar serán necesariamente severas y durante un corto tiempo provocarán desconcierto en algunos y reacciones en otros. Pero el mal tiene remedio”.
Al día siguiente, 3 de junio de 1974, el nuevo ministro encendió la primera señal de lo que vendría. Antes de irse a casa, reunió a los periodistas acreditados en el ministerio y les anticipó: “Mañana me matan o empezamos a hacer las cosas bien”.
El 4 de junio del ’74, apareció el Rodrigazo. Una fuerte devaluación del 160% para el cambio comercial, 100% para el financiero y cinco días de feriado cambiario. La inflación llegó hasta tres dígitos anuales y los precios nominales subieron un 183% al finalizar 1975.
Los combustibles subieron 181%; la energía 75% y las tarifas de otros servicios públicos, entre 40 y 75%. Se decidió aumentar o liberar, según los plazos, las tasas de interés para depósitos bancarios. Pero en los días siguientes, continuaron las malas noticias. El boleto de colectivo pasó de 1 a 1,50 pesos y los pasajes de tren, subieron entre el 80 y 120%.
Detrás de estas medidas, estaba Ricardo Mansueto Zinn. Un liberal que había ocupado cargos en las dictaduras de Levingston y Lanusse y que era el número dos de Rodrigo. Zinn era parte del Grupo Azcuénaga, los civiles que lideraba Martínez de Hoz y que sabían que solo haciendo volar el país por el aire, podían implantar su proyecto desindustrializador, basado en endeudamiento externo.
“La caída del salario real es un ingrediente necesario para el éxito de este esquema económico”, señaló un documento de FIEL, al analizar el plan.
El Rodrigazo, la primera señal del neoliberalismo argentino, fue una estampida inflacionaria para licuar la deuda privada, para romper el control de precios y beneficiar a las compañías exportadoras, a través de una devaluación.
Después del golpe, Rodrigo estuvo preso cuatro años. Zinn ocupó la Secretaría de Coordinación Económica, en tiempos de Martínez de Hoz. Luego fue gerente del Grupo Macri y terminó secundando a Estenssoro en la YPF de Menem.
Celestino Rodrigo fue el elegido para hacer el trabajo sucio y después lo olvidaron en la cárcel. Las medidas que anunció la dictadura, el 2 de abril de 1976, lejos de romper con la política económica que impuso el Rodrigazo, la profundizaron: archivaron al Estado, mataron y condenaron al exilió a cientos de miles de argentinos, destruyeron la industria nacional, generaron la deuda externa más cruel de nuestra historia, dejaron sin protección a millones de personas ante la voracidad sin límites del poder económico y crearon la marginalidad.
Así se presentaron en sociedad, hace poco más de 40 años. Al proyecto, después lo perfeccionaron: terrorismo de Estado, tablita cambiaria, apertura indiscriminada de importaciones, convertibilidad, desocupación, privatizaciones, flexibilización laboral, Plan Brady, blindaje, megacanje, etc., etc.
Hoy, sin herencia negra del kirchnerismo económico, el neoliberalismo tiene la necesidad de inventar un país de ficción que justifique la crueldad. Y para el que se oponga, tienen preparado “hiperinflación y ajuste”.

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