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Los medios de comunicación y la batalla cultural

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Por Marcelo F. Rodríguez

En 1920, Antonio Gramsci recordaba el momento cuando un año atrás, con un reducido grupo de personas, se hallaban reunidos para dar inicio a la revista L´ Ordine Nuovo: “ninguno de nosotros (seguramente) pensaba en cambiar la faz del mundo, en renovar los corazones y las mentes de las masas humanas, o en iniciar un nuevo ciclo histórico. Ninguno de nosotros […] se hacía ilusiones acerca del éxito de la empresa. ¿Quiénes éramos nosotros? ¿Qué representábamos? ¿Qué nuevas ideas encarnábamos? Lo único que nos unía en aquellas reuniones nuestras, era el sentimiento nacido de una vaga pasión por una vaga cultura proletaria. Queríamos hacer algo. Estábamos desesperados, desorientados inmersos en la excitación de la vida de aquellos meses después del armisticio, cuando en la sociedad italiana el cataclismo parecía inminente”.
Gramsci y sus compañeros, interpelados por la realidad política de la Italia pos Primera Guerra Mundial, experimentaron la necesidad de intervenir directamente en el conflicto social en desarrollo y, para eso, ponían en marcha una revista desde la cual propagar sus ideas, librar la batalla cultural, ya que Gramsci entendía la cultura no como algo dado, sino como una construcción que había que realizar activamente, si se aspiraba a disputar la hegemonía.
La batalla cultural, la lucha por el sentido y la hegemonía es uno de los aspectos centrales de toda construcción política y en ella, los medios de comunicación juegan un papel central.
Hoy, los medios audiovisuales se han convertido en el principal vehículo de expresión cultural. El protagonismo que los medios de comunicación concentrados tienen en la sociedad, el poder económico que representan y la injerencia directa que tienen en la tematización de la agenda política, sobre la forma de representación de la realidad, hace de este uno de los debates más complejos e importantes que debemos enfrentar.
Cotidianamente vemos cómo desde los medios se imponen los temas de “actualidad”, pero el problema no se acaba en lo que los medios muestran como temas importantes, sino también en lo que callan, en lo que para ellos, los “dueños de la información”, no es noticia o no conviene que lo sea.
Una clara muestra de esto es el llamado “apagón informativo” que en estos días los grandes medios realizan sobre la magnitud que están tomando los despidos tanto en la administración pública como en el sector privado, y las consecuencias de las medidas económicas y represivas tomadas por el gobierno.
Es bien sabido que la tan mentada “libertad de prensa” por la cual los medios monopólicos se rasgan las vestiduras, no es más, como corresponde en el sistema capitalista, que la acérrima defensa de intereses económicos y corporativos. O dicho de otro modo, lo que temen perder o ver disminuida es su  “libertad de empresa”.
Para ellos, cualquier intento de debatir el papel de los medios, su democratización y la apertura de los mismos a sectores sociales e intereses que no sean los propios, como se buscó con la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, usualmente llamada Ley de Medios, es un liso y llano intento de cercenar esta “libertad” y dicen esto sin sonrojarse mientras en estos días, por ejemplo, Cablevisión levanta a Telesur de su grilla.
Analizando el accionar de los medios en Venezuela, el ensayista venezolano Luis Britto García realiza una descripción que resulta más que oportuna para caracterizar el papel de las corporaciones mediáticas en nuestro continente:
“Medios que actúan como partidos políticos, como tribunales, como jueces y partes, como legisladores que validan e invalidan constituciones o leyes. Publicaciones que llaman al golpe de Estado, a la guerra civil, a la discriminación étnica y racial. Canales que confiscan lo político, nombran y destituyen a las dirigencias partidarias, crean y desaparecen partidos, les redactan estrategias y programas”.
Poco queda por agregar a estas palabras.
No es casual que entre las primeras medidas del gobierno de Macri se busque “volver todo a la normalidad” en materia comunicacional, o sea, lisa y llanamente, al control total de la misma por los grandes medios de comunicación, en defensa de sus intereses políticos y económicos. Las corporaciones mediáticas despliegan toda su influencia para mantener sus prebendas, su poder de influencia sobre la sociedad y sobre todo, sus ganancias.
Enfrentar a las corporaciones mediáticas que llevan adelante una coordinada tarea de desgaste y desestabilización a los gobiernos que no se ajustan obedientemente a sus intereses y garantizar una verdadera democratización de la producción y acceso a la información es parte fundamental de la batalla política y cultural que llevamos adelante.
Es por eso que pensar y poner en marcha una alternativa comunicacional a la forma de la comunicación oficial ejercida por los medios masivos de comunicación de masas comerciales, es una necesidad y una tarea impostergable si queremos pensar en aportar a la transformación del conjunto de la sociedad.

Marcelo F. Rodríguez: Sociólogo, Director Adjunto del CEFMA.-

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