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SEAMOS LIBRES, lo demás no importa nada

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Aquel 19 de febrero de 1826, hacía solo 11 días que Bernardino Rivadavia se había convertido en el primer presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La Guerra con Brasil que se extendió hasta el ’28, apuró la necesidad de un cargo que hasta ese momento no existía: un hombre con bastón de mando y banda presidencial, que represente a un país en formación.

Ese país estaba partido en mil pedazos por sus luchas internas y el camino que recorrió Don Bernardino, en un año y medio de gobierno, no fue precisamente el de la unidad con el interior profundo. Su tiempo político, estuvo marcado a fuego por el centralismo unitario que reinaba en la aristocracia porteña.

En ese caluroso verano porteño del ’26, en la ciudad dueña del puerto el poder ya no soñaba con palabras como independencia, soberanía o patria. El inventor de la deuda externa, prometía primer mundo con las libras del empréstito de la Baring Brothers y apuntaba convertir a este punto del planeta, en una colonia próspera a las órdenes de Londres.

Aquel 19 de febrero de 1826, la ciudad no advirtió que habían regresado los últimos hombres que pelearon casi 14 años a las órdenes de San Martín, justamente por esos años, el gran enemigo de Rivadavia. El general había partido hacia su exilio europeo en el ’24, después de dejar a sus granaderos en manos de Bolívar; fruto del histórico mano a mano de Guayaquil. A miles de kilómetros de distancia, triunfó la soledad a la que fue condenado el padre de la patria por el gobierno de Rivadavia.

El ejército sanmartinano al que se le debía todo, había sido abandonado a su suerte por Buenos Aires. Sin recursos, cansado de tanto andar, pero cargados de gloria; sus hombres se quedaron peleando hasta la última batalla. No obstante, en el camino habían perdido a su general y el sueño de una tierra libre se quedó huérfano.

Aquel 19 de febrero de 1826 y después de un mes de marcha desde Mendoza, llegaron a la Plaza de Mayo en 23 carretas, los restos del Regimiento de Granaderos a Caballo, lo que quedaba del gran Ejército de los Andes. El único documento periodístico que lo prueba, son algunas líneas en la Gaceta Mercantil: “Retornan al mando del coronel José Félix Bogado. A sus órdenes llegan 78 hombres, entre ellos había seis que hicieron toda la campaña, desde San Lorenzo hasta Ayacucho: Paulino Rojas, Francisco Olmos, Segundo Patricio Gómez, Damasio Rosales, Francisco Vargas, y Miguel Chepoya”.

Nadie conoce en Buenos Aires, a estos seis apellidos. Nadie cree tener ninguna deuda con aquellos soldados sucios, repletos de cicatrices y heridas en el alma, que atan sus caballos en los palenques de Plaza de Mayo.

Lo que quedaba del regimiento regresó a su antiguo cuartel del Retiro, para depositar sus armas: 86 sables, 55 lanzas, 84 morriones y 102 monturas. Poco después el grupo fue disuelto, pasando algunos de sus jefes y oficiales, a cuerpos de reciente creación o paradójicamente, a integrar las respectivas escoltas de dos grandes enemigos de la gesta sanmartiniana: Rivadavia y el general Alvear.

Atrás había quedado un proceso militar, basado en una concepción geopolítica que no atendía alternativas: no habrá independencia americana del dominio español, hasta la erradicación total del imperio que se posó sobre el continente, durante casi 300 años.

La pequeña gran aldea recibió con una cruel indiferencia opositora en 1826, a los héroes anónimos del Regimiento de Granaderos, porque las diferencias entre los dos modelos de país, es tan vieja como la patria. 

En aquel 1826, lo que después fue la República Argentina, hacía un rato largo que ya peleaba por liberarse de los buitres de adentro: los agentes de la dependencia y los creadores de la deuda externa. San Martín se había exiliado de su patria, porque el poder central quería que su ejército se abrace a la teoría del enemigo interno, que se incorpore a una especie de primer capítulo de la “Doctrina de la seguridad nacional”.

Los diarios que constituían aquella prensa hegemónica, no hablaron del regreso de los granaderos y construyeron como en el presente, una realidad paralela donde se grita lo que no importa discutir y se silencian los temas fundamentales.

El 7 de febrero pasado, Macri participó de la conmemoración oficial del 203° aniversario del combate de San Lorenzo, la única batalla que libró el General José de San Martín en territorio argentino, el 3 de febrero de 1813. Ese día, un correntino de piel oscura, al que algunas voces de Buenos Aires acusaban de espía español, selló su compromiso con la pelea por la independencia de la Patria Grande.

El 7 de febrero, volvió a reinar la formalidad por encima de lo real, porque con protocolo y ceremonial, no alcanza. Para homenajear al padre del cruce de los Andes (el proyecto geopolítico que marcó el principio del fin, para 300 años de saqueo, genocidio y sometimiento político y económico), hay que apropiarse de cada una de sus palabras antes de la batalla de Chacabuco: “¡Soldados! Todos y cada uno de ustedes conocen el esfuerzo y las dificultades por las que hemos pasado. Llegar hasta aquí es bastante, pero nunca es suficiente. El enemigo espera y espera bien armado, señores.

Son la esperanza de la América, cada uno de ustedes lleva consigo lo más importante, ¡la libertad! Trescientos años de masacre y de barbarie tiñen nuestra tierra de sangre, pero hemos venido a decir ¡basta!, ¡se acabó!

libertad

Soldados, se me llena el corazón al ver a tantos guerreros dispuestos, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos recordarán este momento con orgullo, porque les dejaremos una tierra digna de ser vivida. Donde puedan sembrar, crecer y prosperar, libres de toda cadena, donde cada hombre pueda decidir su destino sin importar su color, su linaje, su procedencia. Porque todos somos iguales ante el Supremo, así como somos iguales ante la muerte, porque cualquier hijo de mujer merece ser libre de una vez y para siempre. ¡Seamos libres, que lo demás no importa nada!”.

Ningún integrante del gabinete fue capaz de gritarle al imperialismo en San Lorenzo, “¡basta!, ¡se acabó!” El presidente no hizo propio, aquel sueño de una patria “donde puedan sembrar, crecer y prosperar, libres de toda cadena, donde cada hombre pueda decidir su destino sin importar su color, su linaje, su procedencia”.

Nadie abandonó las órdenes del ceremonial para gritar, “seamos libres, que lo demás no importa nada”…

Gustavo Campana

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