MEMORIAS DEL PRIMER MUNDO

MEMORIAS DEL PRIMER MUNDO

310
0
Compartir

Por Ava Gomez y Alejandro Fierro

Latinoamérica y, en particular los países de la región en los que se han desempeñado gobiernos progresistas, son definidos mediáticamente a través de una serie de marcos asociados al subdesarrollo, al populismo, a la corrupción y a la inestabilidad política. Así, los medios de comunicación hegemónicos, se centran en lanzar mensajes a través de los cuales se construye la deslegitimación de estos movimientos y liderazgos.

Éste es un proceso que se da en dos sentidos. Primero, de Latinoamérica hacia fuera, enfocándose en los ‘peligros’ que asumen los partidos y movimientos progresistas de otras latitudes al estar vinculados con los ‘populistas’ y ‘corruptos’ de la región. Segundo, al interior de Latinoamérica, donde los medios manejados por las oligarquías de los países replican esta información, centrándose en la necesidad de la superación del ‘populismo de izquierdas’ que trajo la crisis a países otrora ‘pujantes y punteros’.

Estamos pues ante un marco discursivo que se articula al interior de un escenario globalizado, con fuertes rasgos de dependencia comunicacional entre los países ‘centrales’ y los ‘periféricos’, o dicho de otro modo, los discursos que se generan en España o Estados Unidos, son trasladados a los grandes conglomerados comunicacionales de América Latina, los cuales replican las lógicas discursivas que provienen de los países ‘ejemplares’.

Esto no es algo nuevo. Ya en los años setenta, Ariel Dorfman y Armand Mattelart, con su imprescindible obra Para leer al Pato Donald, centraban su análisis en las Industrias Culturales y en sus lógicas de dominio cultural. En particular, en las tiras cómicas que de Norteamérica se exportaban hacia Latinoamérica, con una intención doble: en primer lugar, expandir los ideales capitalistas y, en segundo lugar, rechazar todos los atisbos de cambio orientados por gobiernos de izquierda.

Actualmente, en una suerte de continua ligazón con el colonialismo cultural y comunicacional, Estados Unidos y Europa occidental se convierten y se establecen como los modelos a seguir en todos los niveles: económico, político, cultural y de ocio, incluso deportivo y en términos de eficiencia.

Los ejemplos en este sentido son muchos, pero quizá uno de los casos más llamativos es el de Felipe González –figura insigne del PSOE-, quien se ha convertido en punta de lanza en contra del gobierno venezolano, un protagonismo que ha sido exaltado con ahínco por el Grupo PRISA, con grandes intereses a nivel regional [1]. En este sentido, el diario El País ha sabido aclamar su labor aludiendo constantemente a su papel de “experto autorizado” en el país bolivariano, sobre el cual tanto él como la otra “pluma influyente” en América Latina, Mario Vargas Llosa, llevan a cabo análisis ciertamente parcializados.

img-1

Fuente: El País

El interés, como se destacó más arriba, no solo está centrado en Venezuela. El diario ABC de España[2], por ejemplo, pone su atención en la crisis del ‘populismo’ en América Latina, haciendo un repaso país por país, con un análisis tendencioso en el que se refiere a los jefes de Estado identificándolos con casos de corrupción, con comportamientos antidemocráticos y posicionando a los nuevos líderes conservadores (Mauricio Macri, en Argentina y Michel Temer, en Brasil) como los llamados a superar la crisis regional y a reunificar las relaciones disueltas por las previas diferencias ideológicas entre mandatarios.

img-2

img-3

Fuente: ABC

A su vez, este nuevo colonialismo rechaza la idea de crear una identidad política y cultural propia y se adhiere a los esquemas dominantes, abandonando así cualquier intento de conformar movimientos asociados a las diferentes dinámicas sociales, étnicas y enfoques críticos de América Latina. Contrario a ello, obvia esa riqueza y la remplaza por la homogenización de un discurso pragmático y técnico, que a su vez invisibiliza la correlación que hay entre el desarrollo de ese “Primer Mundo” y el subdesarrollo del resto del planeta.

Cabe recordar que la construcción de una identidad latinoamericana de raíz popular fue uno de los principales instrumentos de lucha en la irrupción plebeya en la política del subcontinente que comienza a finales del siglo XX con la primera victoria electoral de Hugo Chávez. La valorización de lo propio, pero siempre asociado a las clases populares, era un elemento antagónico al imaginario de las clases altas, vinculado siempre a Europa y Estados Unidos.

Los países con procesos más avanzados -Venezuela, Bolivia y Ecuador, principalmente- lograron introducir en el terreno de batalla un nuevo concepto para disputar: la Patria. Ese significante ha sido fijado tradicionalmente por la derecha. Era una amalgama más o menos difusa de recuerdos de la gesta independentista, grandilocuencia nacionalista, el mito desarrollista como horizonte (este último ejemplificado hasta el paroxismo por la divisa de la bandera brasileña “Orden y progreso”) y la sacrosanta unidad de la patria por encima de las divisiones de clase.

Los movimientos de emancipación lograron resignificar el concepto, apropiándoselo para el proyecto popular. La Patria, desde ese momento, quedaba circunscrito a lo popular. Ya no había que buscar fuera los referentes. Tampoco valían las interpretaciones neutras que invisibilizaran las lacerantes desigualdades en favor de unos mínimos comunes denominadores abstractos.

Se crearon de esta forma los ejes de disputa popular-antipopular, pueblo-oligarquía, patriota-antipatriota. Bajo esta resignificación, los liderazgos progresistas despojaban de su condición patriótica a los dirigentes de la derecha, procedentes de las clases altas y medias-altas. El término “antipatriota”, dirigido a la oligarquía política y empresarial, cobra su sentido a la luz de esta resignificación.

El eje de disputa atravesó fronteras para poner los cimientos de una integración latinoamericana basada en el valor de lo propio y popular. Diversidad cultural pero con la base común popular. Es la readaptación del sueño de Bolívar al siglo XXI; es el “bolivarianismo” que esgrimiera Chávez.

La sutil alfombra de la hegemonía se había deslizado, siquiera unos centímetros. La derecha empezó a salpicar su mensaje con apelaciones a lo popular, con palabras utilizadas en barrios y favelas, dichos de la calle… Incluso cambiaron su vestuario. Henrique Capriles no dudó en utilizar el chándal con los colores de la bandera venezolana, hasta entonces seña distintiva del chavismo. Este éxito es el que ha llevado a la derecha a tratar de reorientar el marco conceptual a su favor, dirigiendo la mirada, otra vez, a referentes externos.

Este marco discursivo se complementa, como se ha visto, con el ascenso de nuevos perfiles políticos “desideologizados” (aunque con una manifiesta ideología neo-conservadora). Así, predomina en los medios de comunicación las hazañas de liderazgos ‘eficientes’, midiéndose todo en relación con los cánones eurocéntricos y su derivado estadounidense. Por otra parte, se abandonan los liderazgos carismáticos, que son identificados con el mesianismo populista trufado de ideología. De esta forma se sustituye por el líder-gestor, líder empresario, líder-eficiente, que sacrifica el carisma personal por la eficiencia de su gestión.

Estos nuevos discursos usan los medios de comunicación de las nuevas generaciones para establecer esquemas sencillos relacionados con valores “coloridos” como la alegría, la felicidad, la naturaleza, la interconexión… que se manifiestan como el antónimo de los “grisáceos”, “tristes” y aislados países subdesarrollados, asolados por la pobreza y la corrupción.

[1] En especial por sus intereses relacionados con el sector de la radio, donde la empresa es subsidiaria del Grupo Latino de Radio, holding empresarial que agrupa a varias de las empresas radiales más importantes de la región.

Fuente: Celag

 

No hay comentarios

Dejar una respuesta